miércoles, 3 de febrero de 2010

LITTLE BECKY, Escuela de Escritura Alternativa de Ada Menéndez y María Paseli


He asistido, más o menos de cerca, a la formación de alguna que otra escuela de escritura y, en general, salvo en casos aislados de profesores con demasiado ego ─de esos que, más que una escuela, intentan crear una secta o un club de fans─, no me parecen mal… para empezar. Por eso le presté atención al enlace que me remitió una amiga hace días. A través de él, visité el blog de la Escuela de Escritura Alternativa LITTLE BECKY, fundada por la escritora asturiana Ada Menéndez, que ofrece una propuesta literaria nueva.

No conozco esta escuela personalmente, puesto que ni siquiera ha acabado de nacer, pero me gusta ver germinar semillas y estaré al tanto de su evolución. Abrirá sus puertas ─reales y online─a mediados de este mes y ofrecerá talleres de ilustración (impartidos por María Paseli), literatura infantil-juvenil, escritura creativa, land art literario, poesía alternativa, mujer y poesía y poesía erótica… Algunos de estos talleres prometen recuperar a la niña o al niño que llevamos dentro e instruirnos en las imágenes poéticas; hablarnos de las personas y cosas para las que escribimos; del realismo sucio; de la poesía canalla; de la poseía visual, sonora, perfopoesía, spoken word, polipoesía… no suena mal.

Personalmente, los retos que un aula de escritura creativa puede proponerle a un autor siempre me han resultado apasionantes. ¿No es tentador que alguien nos obligue a ir en busca de una idea? Yo creo que sí; porque, al final, la idea se encuentra y las palabras empiezan a brotar para formar una obra literaria; o sea, un tesoro. Al final, muchos de estos talleres pueden proporcionarnos herramientas para construir ese texto que antes no sabía cómo escapar de la nada. Si escuelas literarias ─como LYTTLE BECKY─ consiguen que llenemos un papel en blanco con una acción y con una trama, con mensajes, personajes y diálogos (como si el papel fuese el tablero de un juego tan vital como el literario), bienvenidas sean las reglas de la gramática y todo lo que quieran enseñarnos. ¿Habrá algo más absorbente que aprender a dosificar el tiempo y la tensión narrativa?; ¿algo más apasionante que abrir y cerrar fronteras entre la realidad y ficción?; ¿algo más conmovedor que reconocer nuestra propia voz al escuchar aquello que decimos? La creación nos acaba creando a nosotros mismos… eso creo.

Estudien, analicen y decidan si una escuela es el camino que quieren elegir para romper el hielo literario (o pictórico, en el caso de la ilustración). Si es así, tengan en cuenta que a una escuela hay que pedirle varias cosas:

●profesores honestos (de los que no se guardan nada en exclusiva para sus propios libros);
●que nos ofrezca mucho material de trabajo e interesantes propuestas de ejercicios creativos;
●que nos remita comentarios constructivos para nuestros escritos;
●que nos haga participar en foros o reuniones (aunque sólo sean reuniones con nosotros mismos);
●que alimente nuestra creatividad y encuentre nuestra inspiración con métodos diversos;
●que nos oriente en los modos de difundir nuestra obra: Internet, blog, redes sociales, poesía en los bares, centros sociales okupados, librerías independientes, acciones callejeras y urbanas, colectivos artísticos, poesía solidaria, medios de información alternativos, espacios abiertos y cerrados de nuestra población, oído a oído, editoriales independientes, autoedición, coedición, libros electrónicos, portales digitales…
●que nos ayude a construir nuestro propio camino, alimentando nuevas visiones y formas de entender la creación literaria... ¿Que por qué?, pues porque en el mundo no sólo existen los cuatro escritores de éxito que publican, ni tampoco son únicas sus cuatro formas de hacer literatura. Hay por ahí otras muchas voces heterogéneas con visiones personalísimas de lo literario que también deberían ser escuchadas…

Más información sobre LYTTLE BECKY y sus métodos, programación, tarifas, duración de los cursos, horarios, funcionamiento de los talleres online y presenciales, etc., etc., en:
http://escrituralternativa.blogspot.com; escrituralternativa@gmail.com, o en los teléfonos 91 256 78 71 y 617 32 42 73

jueves, 21 de enero de 2010

“El perfume. Historia de un asesinato”, Patrick Süskind

“En el siglo XVIII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombres abominables y geniales. Aquí relataremos su historia. Se llamaba Jean-Baptiste Grenouille y si su nombre, a diferencia del de otros monstruos geniales como De Sade, Napoleón, etcétera, ha caído en el olvido, no se debe en modo alguno a que Grenouille fuese a la zaga de estos hombres célebres y tenebrosos en altanería, desprecio por sus semejantes, inmoralidad, en una palabra impiedad, sino a que su genio y su única ambición se limitaban a un terreno que no deja huellas en la historia: el efímero mundo de los olores”. “El perfume. Historia de un asesinato”, Patrick Süskind.______________________________________________________
“El perfume. Historia de un asesinato” ─en su día, un éxito clamoroso─ es un libro tan personal como un perfume. Su originalidad no sólo reside en que prefiera las descripciones olfativas a las visuales, o en que se sumerja en el poco trillado mundo de los olores, sino en que su aire fabuloso mezcla el realismo, el surrealismo y el género fantástico.

A través del olfato casi animal de su protagonista, Jean-Baptiste Grenouille, el autor desarrolla el tema del olor humano (de cómo marginamos lo que nos “huele” a “diferente”). El contexto es el negocio de la perfumería en la Francia del siglo XVIII.

Además del libro que nos ocupa, su primera novela, el escritor y guionista alemán Patrick Süskind (Ansbach, Baviera, 1949) es autor de “El contrabajo”, “La paloma”, “La historia del señor Sommer”, “Tres historias y una consideración”, “Sobre el amor y la muerte”, etc.
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EL LIBRO DE LOS OLORES
“El perfume” es el mayor coto de olores del mundo. Me lo regalaron con una rosa entre sus páginas en el ochenta y algo, porque en aquel entonces yo pretendía escribir la historia de una perfumista y la pobreza de mi lenguaje no alcanzaba a describir la riqueza del olfato. Recuerdo que abrí el libro y, al hundir la nariz en su olor a rosa y papel nuevo, encontré muchos olores más. Mientras un caos indescriptible de fragancias ─aceites esenciales, tinturas, extractos, bálsamos, resinas…─ hacía que las damas se desmayasen en aquellas perfumerías, en las calles aquellas ─sin alcantarillas, ni Don Limpio que valiera─ reinaba un hedor ante el que nos habríamos desmayado nosotros. Por eso, cuando la historia lo requería, aquellas páginas olían a estiércol, a orinal, a sangre coagulada, a cuerno quemado, a nube de esperma, a aliento pútrido, a viejo enfermo...; en cambio, con el aire de otro lado, la narración olía a jardín de Arabia, a vino de Málaga, a retama, a azahar, a junquillos, a caramelo, a humo tornasolado, a mar, a bosque, a brea, a agujas de pino, a lluvia de mayo…

Dividida en cuatro partes, la novela narraba el periplo del protagonista a lo largo de su vida. En la primera parte (sus primeros 18 años, en París), el niño Grenouille viajó de unos brazos a otros. Nadie quería quedárselo porque no emitía ningún olor y, sin embargo, olfateaba a todo el mundo como si viese con la nariz. Su madre intentó dejarlo morir entre el pescado podrido del mercado en que dio a luz. Tampoco lo querían bajo su techo ni policías ni frailes ni nodrizas ni compañeros de orfanato. Hasta Grimal, el curtidor, que nunca había tenido un aprendiz tan diestro con los venenos, negoció con gusto su traspaso.

El giro más importante de esta 1ª parte ─hilo conductor de la historia─ ocurría cuando, a los 13 años, Grenouille quedó fascinado con la fragancia de una muchacha y enamorado de ese olor hormonal que enamora y que él consideró belleza pura. Cometió su primer crimen para olerla mejor (como el lobo de Caperucita) y, en ese instante, supo cuál sería su meta: crear un perfume tan excepcional como el de su primera víctima. Por eso aprendió con el maître Baldini el alfa y el omega de la perfumería. Pero hasta Baldini, que se salvó de la ruina gracias a su portentosa nariz, respiró con alivio cuando lo vio marchar, a los dieciocho años.

También a mí me ponía nerviosa ese espeluznante protagonista. Me habría molestado ser escudriñada por alguien que no revelaba nada de sí mismo y cuya nariz, sin embargo, apuntaba hacia ti como una planta carnívora. Mis ojos brillaban con una rara vigilancia cuando presentía que él andaba cerca, como si fuese a aparecer un sapo. La maestría de Patrick Süskind para hacer que me interesase un tipo a quien no le interesaba nadie debió de parecerme puro milagro. Grenouille no tenía piedad, pero para aprender a pensar con la nariz, no se podía encontrar mejor aliado. Conocía todos los olores del mundo y era un gran arquitecto de edificios olfativos, aunque destruyese para construir.

Me retiré a mi cuarto acompañada por la mejor nariz de París y rogué no ser molestada bajo ningún concepto. Allí, mientras él se convertía en un maestro de la destilación, yo ─que también había encontrado la brújula que orientaría la caótica espiral de mi alma: escribir una historia embriagadora─ echaba sus palabras aromáticas en el alambique de mi bloc de notas.

En la segunda parte, el periplo de Grenouille era interior. Abandonó París con su título de oficial de artesano debajo del brazo y comenzó su viaje hacia Grasse con idea de aprender los métodos de extracción de fragancias delicadas que necesitaría para su obra maestra (el olor de la muchacha); sin embargo, alejarse del asfixiante clima humano supuso para él tal liberación, que subió a la montaña de la soledad, se encogió en el vientre de una cueva, y se olvidó de su meta. Sólo quería disfrutar del silencio olfativo de los montes de Cantal; y yo, que también soy un poco esteparia, leía sobre aquellos desolados paisajes sin bajar a comer siquiera.

Mientras el gran Grenouille interior exterminaba en su memoria los olores de sus conocidos y recreaba después, en el recuerdo, la fragancia de la niña estrangulada, fue creciendo tanto mi hambre que me habría comido un murciélago. La orgía de “zaratustrismo” no habría acabado nunca si aquel vengador que se creía Dios Todopoderoso no se hubiera dado cuenta de lo que todos sabíamos ─segundo giro importante─: él, que todo lo olfateaba, no olía a nada en absoluto.

Tras siete años de aislamiento, ese galeote fugado volvió al mundo y accedió a someterse a los experimentos de Taillade-Espinade, un aristócrata que trataba de demostrar su extravagante teoría del “fluido letal”. Finalmente, purificado con corrientes de aire, lavado con agua de lluvia y jabón de Potosí, alimentado, afeitado, empolvado, y engalanado con terciopelo, Grenouille parecía un hombre distinguido. Parecía un hombre. Pero lo parecía, sobre todo, porque se había creado un perfume que olía a hombre perfumado. La confianza de su olor a humanidad le hizo volver a su meta de crear un aroma sobrehumano; sólo que, ahora, no lo haría por amor al arte; ahora lo haría para que los demás lo amasen a él.

En la tercera parte, Grenouille llegó a Grasse cargado con su amor propio, con su olor propio y con su meta: crear una fragancia aún mejor que la de la niña que mató en París; una fragancia como la de Laure, recién olfateada en Grasse. Se apoderaría de ella dos años después, cuando la muchacha hubiese madurado y él hubiese averiguado cómo extraerle el olor sin destruirlo. Durante ese tiempo, limó sus técnicas, perfeccionó sus métodos y afiló las armas que necesitaba. Mientras yo desenredaba el ovillo literario, él solucionaba problemas de perfumería. Porque la fragancia de Laure duraría más si la usaba mezclada, como nota central, con la de otras doncellas. Y, ya, nada, a crear. A pegar garrotazos y a cortar cabelleras.

El final de esta tercera parte también fue para mí un mazazo en la nuca. No sabía qué pensar. Sí, la obra tiene un aire fabuloso y el autor me había avisado del milagro. Gracias al perfume, amarían al asesino con locura. Lo que no alcanzaba a creer, a pesar del surrealismo que de pronto aparecía, era que nadie se librase del hechizo, ni siquiera el padre de su última víctima. Una gotita mágica, y todos en celo. No hay filtro de amor más potente ni en “Tristán e Isolda”. Si hablamos de verosimilitud, una gota de unanimidad equivale a una catástrofe, creo yo. Para mí, la novela habría sido más verosímil si entre todos aquellos “todos”, hubiera habido un “casi”, por lo menos... Pero no estoy segura de si esto habría ayudado, porque, del surrealismo se pasa, en la cuarta parte, al género fantástico.

Cuando acabé la lectura, me abaniqué con el libro y permanecí todavía un rato en cuclillas, para sobreponerme. ¡Resultaba tan agradable haber perdido de vista al inodoro Grenouille! Iba a lanzarlo lejos de mí, cuando un súbito olor a plato hindú despertó mi hambre, cuidadosamente olvidada. Mi boca era succionada hacia aquel olor tan rico. Ensalada de pétalos de rosa. Hundí la cara entre las páginas y, ¡ajá!, ahí estaba la flor. La olí hasta marchitarla por completo. Decididamente, tenía que comérmela. Miré a mi alrededor, por si me observaba alguien, y caí como granizo sobre los pétalos prensados y sobre las páginas impregnadas con su aroma. A la panza con ellas. ¿Devorar a un libro entero? Podía ser; una vez, después de un examen, me comí una chuleta… Media hora más tarde, hasta la última fibra de Grenouille ─aquel amoroso monstruo, aquel ángel monstruoso─ había desaparecido de la faz de la tierra.

miércoles, 13 de enero de 2010

“Mi entorno nevado”, Carmen Montalbán


“Carmen Montalbán en la noche nevada”. Foto: Eduardo Poncela.


He estado estos días jugando con la nieve de Madrid.



“Muñeco de nieve”. Foto: E. Poncela.
Había nieve en mi tendedero.
“Frío fuera”. Foto: C. Montalbán.
En el patio de mi casa.
“Patio particular”. Foto: Eduardo Poncela.

Nieve en mi paseo.
“Arroyo Meaques nevado”. Fotos: Eduardo Poncela.

En mi árbol.

Nieve en la Carretera de Extremadura.
“Nieve en la Nacional V”. Foto: Carmen Montalbán.

Espero que la nieve os traiga bienes para este nuevo año. Aquí va un puñado.
“Puñado de nieve”. Foto: Carmen Montalbán.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Haidar, yo también estoy contigo. Carmen Montalbán


Aminetu, yo también estoy contigo. Estoy con las personas, no con los intereses y las tensiones de los poderes. Estoy con los derechos humanos, no con las instituciones que los violan; estoy con los pueblos, no con los gobiernos que los ignoran; estoy con los hombres, con las mujeres, con los niños y con las niñas que lo único que quieren es que les dejen vivir, no con el rey que rabió y demás engendros.



─Ésa es mi casa de Dajla, hija ─me explicó mi abuela─, pero no está en este Dajla. Está en la comarca de Río de Oro del Sahara Occidental, nuestro país.
─¿Nuestro país, abuela?
Me parece que a mi abuela le sentó mal mi pregunta. Se puso un poco más recta y dijo, con energía:
─¿Crees que no eres del Sahara Occidental porque hayas nacido aquí? Yo nací a la orilla del mar, Baraka, y tengo raíces más hondas que esas macetas. Raíces para mí y para mis hijos. Y para los hijitos que tengas tú, cuando los tengas.

Estás en la luna”, Carmen Montalbán.

viernes, 11 de diciembre de 2009

“LACIMURGA” ENTREVISTA A CARMEN MONTALBÁN




A continuación, transcribo una entrevista que ha sido publicada en LACIMURGA, la revista del I.E.S. Pedro Alfonso de Orellana, de Orellana la Vieja (Badajoz), en el número 9 de su segunda época.

Vicente Gómez Ruiz y Eduardo Collado Méndez, alumnos de 4º ESO A (a quienes felicito desde aquí, por su excelente trabajo), me entrevistaron durante mi
encuentro con su Instituto, en un reciente viaje a Extremadura.

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LACIMURGA 09
Entrevista a la escritora Carmen Montalbán, autora de Estás en la luna

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Por Vicente Gómez Ruiz y Eduardo Collado Méndez
Alumnos de 4º ESO A

Como es habitual, en nuestro centro, el I.E.S. Pedro Alfonso de Orellana, se realizan encuentros literarios con los autores de algunos de los libros que leemos a lo largo del curso.

En este caso se trata de la autora del libro Estás en la luna, de Carmen Montalbán:

P: Cuéntenos algo sobre su biografía, estudios…
R: Estudié magisterio. Soy profesora de educación infantil, pero no me he dedicado a la educación; salvo a la educación de adultos, durante algunos años. Empecé en una emisora de radio, luego me fui a Madrid, a una revista de decoración. Trabajé en prensa como redactora y como profesora de corrección de estilo… y, mientras tanto, escribiendo. Me había marchado con la intención de dedicarme de lleno a escribir. El problema es que es muy difícil ganarse la vida con la literatura, pero se pueden buscar caminos que se le parezcan y que te puedan dar de comer.P: ¿Cómo surgió la idea de Estás en la luna?R: Después de mi viaje al Sahara, a los campos de refugiados de Tinduf; tras observar la diferente mirada de los niños y los ancianos a la situación en que viven. Los ancianos están preocupados con el regreso a su tierra, el antiguo Sahara español; una tierra que los chiquillos nunca han pisado. Sí, yo creo que es eso lo que más me inspiró: la diferente fuerza con que las raíces tiran de unos ancianos que no quieren olvidar y de unos niños que viven su infancia como debe vivirse la infancia, con toda la felicidad y despreocupación que pueden.
P: ¿Cómo se le ocurrió el título Estás en la luna?
R
: Me lo sugirió, en principio, la complicidad entre Bahía ─la abuela─ y Baraka ─la nieta─. Cuando, de forma oral, Bahía le transmite sus recuerdos a Baraka, ambas empiezan a pensar en el regreso. Mientras tanto, la madre y las tías de la niña, que van a lo práctico, les dicen que están en la luna. Pero el título no sólo surge de ahí. Surge también de la enfermedad de la abuela, el alzheimer, que hace que Bahía lo pierda todo y esté un poco en la luna; surge del sueño del abuelo Abdulá de pisar la luna, y del último viaje de la casita blanca, que va a parar, finalmente, a la luna.
P: ¿La historia que cuenta en el libro es real o ficticia?
R:
Totalmente ficticia. La historia del pueblo saharaui es real, pero la de los personajes es inventada.
P: ¿Ha vivido algo parecido a lo que cuenta en el libro?
R:
He vivido de cerca la enfermedad del alzheimer. Mi padre lo padeció… Y, en cuanto a los objetos de la novela, yo también he tenido un baúl. Heredé el baúl de mi abuelo; que no tenía palmeras, como el de Bahía, sino bellotas. Una noche me asomé a la puerta y no encontré la luna, y esa misma noche soñé que la luna se había perdido y que yo la encontraba en el baúl de mi abuelo.
P: ¿Le costó mucho escribir este libro?
R:
No, ha sido realmente fácil. Estuve un año largo sin ponerme a escribirlo, pero con él en la cabeza. Por fin, cuando me puse a ello, lo fui creando a tirones de necesidad. La verdad es que ha sido el libro que menos trabajoso me ha resultado. Conseguir una escritura de fácil lectura no es nada fácil, pero, en este caso, no me ha costado demasiado esfuerzo.
P: ¿Cómo surgieron los personajes de la novela?
R:
Iban surgiendo según escribía. Necesitaba una niña y una anciana. Usé el nombre de la pequeña de la familia que me acogió ─Baraka─, pero sólo el nombre. El nombre de Bahía también es de ese pueblo, creo que de chico, pero me gustaba la idea de llamar a la abuela Bahía, ya que tuvo una casita en la Bahía, y con Bahía se quedó.
P: ¿Cuántos libros ha escrito usted?
R:
Que estén publicados, dos, Estás en la luna y La casa del manzano. Aparte de ellos, en el cajón de mi escritorio, tengo otras dos novelas, El perro de los esclavos y Ven a buscarme. Reconozco que el primero fue una especie de experimento en el que jugué a ponerle al lector complicaciones. En cuanto a Ven a buscarme, no llegó a publicarse por su extensión, seiscientas páginas. Estaba ultimando una novela más cuando, tras tres años de trabajo, y sin copias de papel, se me quemó el ordenador en una tormenta eléctrica. Quería ser una comedia y me estaba resultando complicado encontrar la sencillez de la que hablábamos antes y que, en Estás en la luna, ha salido por sí sola.
P: ¿Cuál de sus libros le satisface más?
R:
No sé decir. Es como elegir el hijo al que quieres más. En principio, siempre estás más a gusto con el último trabajo que haces; pero, luego, cuando pasa un tiempo, todas tus obras se igualan otra vez. Pero, sí, de momento, estoy contenta con esta novela, Estás en la luna, que acaba de nacer.
P: ¿Seguirá escribiendo?
R:
Sí, eso espero. El escritor nunca lo deja. Lo que pasa es que la vida tira de ti de muchas maneras para que hagas otras cosas; pero también hay que escribir. Es como una droga. Si no escribo en mucho tiempo, el “mono” me ataca los nervios.
P: ¿Con cuántos años empezó a escribir?
R: Más o menos a los 12 años empecé a no tenerles pánico a las redacciones del colegio y a disfrutar haciéndolas. Más tarde, estudiando Magisterio en Badajoz, me dediqué más en serio a escribir cuentos.
P: ¿Tuvo algún apoyo cuando comenzó a escribir?
R:
Lo cierto es que empecé a una edad complicada, porque tenía que empezar a pensar en buscar trabajo. La mayoría de los consejos que recibí iban en ese camino: que encontrase un trabajo y que ya escribiría; que, primero, fuese a lo práctico. Pese a todo, mis padres sí que me apoyaron mucho. Hasta entonces, se habían visto apurados para sacar adelante a sus cinco hijos y no habían tenido tiempo ni condiciones adecuadas para leer por placer. Pero, cuando yo empecé con mis primeros cuentos, los hijos ya estábamos criados, y empezábamos a darles el respiro suficiente como para volver a la literatura. Fue muy emocionante para mí verles disfrutar de aquellos primeros relatos míos. Leían mis manuscritos con mucho interés y con mucho orgullo. Recuerdo que en uno de ellos, el que luego originó mi novela La casa del manzano, vi a mi madre llorar de moción. La actitud que tenían mi padre y ella ante mis manuscritos me alentó mucho. Los esperaban con una avidez que me animaba a escribir cuentos nuevos.
P: ¿Cuáles han sido sus autores preferidos?
R:
Mi autor del alma es
García Márquez, estoy enamorada de todo lo que escribe ese mago de las palabras; pero mi obra favorita no es suya, es Pedro Páramo, de Juan Rulfo. El ambiente fantasmal de esa historia siempre me ha fascinado.
P: ¿Usted conocía a la ilustradora del libro?
R: No, no la conocía. Es una pintora gallega que se llama
Pilar Millán. La eligió la editorial por el estilo de su obra y, sobre todo, por su amor a África. Casi todos sus temas giran alrededor de África. Yo vi sus primeros cuadros después de que saliera el libro.
P: ¿La ha llegado a conocer personalmente?
R:
Sí, hemos quedado alguna vez, y me parece una persona encantadora. Espero ir alguna vez con ella a África.


Aquí finaliza la entrevista. GRACIAS, Carmen, por dedicarnos su tiempo, y ya sabe dónde tiene una nueva cantera de lectores. Hasta pronto. Hasta siempre.

viernes, 6 de noviembre de 2009

“EL INFORME DE BRODECK”, Philippe Claudel


Cuando me regalaron “El informe de Brodeck”, de Philippe Claudel, lo miré con atención, no fuera a ser que estuviera soñando, y lo estreché contra mi pecho, como si hubiera encontrado un tesoro. Seguramente, solté un grito. Después eché el cerrojo y saqué la libreta para apuntar las frases más bonitas. No soy ninguna lumbrera, pero se me había ocurrido darle a mi comentario forma de informe. No me lo ha encargado nadie, es sólo que siempre ando rebuscando, del derecho y del revés, la verdad de los libros que me caen en las manos. Puede que vuelva sobre ello más adelante.______________________________________________________
EL INFORME DE CARMEN MONTALBÁN
AUTOR
Philippe Claudel (Nancy, Francia, 1962), considerado uno de los mejores novelistas franceses de su generación, publicó su primer libro, “Meuse l'oubli”, a los 37 años. Su novela “J'abandonne” recibió el Premio Francia Televisión 2000; el libro de relatos “Petites mécaniques” obtuvo el Premio Goncourt de Novela 2003; “Almas grises”, su quinta novela, fue galardonada con el Premio Renaudot 2003, y su última novela, “El informe de Brodeck”, de la que ahora me ocupo, fue Premio Goncourt des Lycéens 2007.
(Ver, en este mismo blog, mi comentario de su preciosa novela breve “La nieta del señor Linh”)

Además de novelista y guionista de cine, Claudel ha sido profesor de Antropología Cultural y Literatura en la Universidad de Nancy.


TEMA: consecuencias de la guerra en el alma humana.
Como decía aquel antiguo poema, “la guerra destapa y destruye”; es una devoradora de almas que nos transforma en animales sin conciencia o nos revela que ya lo éramos. Antes o después, acabamos ahogándonos en el río de cadáveres en que hayamos nadado. Porque la guerra es porfiada. Cuando baja el telón de su espectáculo grotesco, lo que acaba es el hombre: el monstruo se queda dentro de nosotros. Al actor, colgado boca abajo, se le cae la máscara, se contempla a sí mismo y echa las tripas. Nada importa si nuestro papel ha sido el de verdugo o el de víctima; mucho después de que la guerra haya terminado, seguimos cojeando del mismo pie: la atrocidad. Vivir será un castigo. O nos convertimos en dioses caídos y espantajos empapados en alcohol, o perdemos pie en la realidad y nos vemos obligados a vagar lejos, entre vacíos negros y pesadillas.
CONTENIDOApenas un año después de una guerra, los hombres de un pequeño pueblo de montaña cometen un acto de crueldad incalificable ─un Ereigniës en su dialecto─: asesinan en grupo al único extranjero del lugar, a quien llaman el Anderer ─el Otro─. Brodeck, el único inocente, recibe el encargo de redactar un informe sobre lo sucedido. Debe explicar lo que pasó desde la llegada del Anderer y por qué no les había quedado más remedio que matarlo. Aunque no le conviene saber demasiado, Brodeck se ve obligado a interrogar a los culpables y a sí mismo, lo que supone una amenaza para él y su familia.
REFERENCIAS ESPACIALES Y TEMPORALES
Las parábolas van más allá de una anécdota y una identidad concretas; quizás por ello, no sabremos nunca el nombre del Anderer (que puede no ser nadie o ser todo el mundo); quizás por ello, en esta novela no se dice explícitamente de qué guerras se habla (aunque lo adivinemos) ni dónde ni cuándo, ni lo que cree o defiende cada cual: eso sólo conseguiría que nos pusiéramos de parte de alguno de los bandos. El único enemigo, aquí, es la guerra, que pasa por encima de la humanidad entera como una enorme rueda de molino.
NOVELA DE BRODECK
Al día siguiente de la muerte del Anderer, el narrador-protagonista, Brodeck, inicia el informe y, lo que es más importante, la novela que leemos. Quizás necesite aligerar el corazón del peso que lleva y la muerte del Anderer ─el Ereigniës─ sea la piedra que remueve el estanque de su memoria, pero este Ereigniës no es el único que hace que sus recuerdos choquen unos con otros, como guijarros en un torrente. La mente de Brodeck avanza, retrocede, se bloquea, se encabrita, o huye zigzagueando como un animal acosado porque ese asesinato no es la única piedra que le ha caído encima. En torno a esos otros actos vergonzosos de barbarie (que pueden acabar en guerras o proceder de ellas) está estructurada ─desestructurada─ su vida. [
APÉNDICE I]INFORME DE BRODECK
Debo confesar que me siento perdida. La razón por la que le encargan que explique lo ocurrido al único inocente del asesinato se me escapa entre los dedos. ¿Para que los lectores comprendan y perdonen, para que los autores se perdonen a sí mismos o para que sea Brodeck quien comprenda que, si se mete en honduras, puede acabar como el Anderer?

El esfuerzo que se le pide es inhumano, porque ya nadie se comporta con él como antes y porque empieza a inquietarle que a él no le hubieran citado en la fonda aquella noche siniestra. Los lectores de la novela no leeremos ese informe, pero sí las averiguaciones que hace Brodeck para encadenar los sucesos ocurridos desde la llegada del Anderer hasta su asesinato. Trataré de simplificarlos por orden cronológico. No prometo nada. [APÉNDICE II]
OPINIÓN PERSONAL
Durante mi lectura, me di cuenta de que estaba asistiendo al fenómeno de la narración como si fuera un truco de magia. No sé si será porque Claudel crea un ambiente rutilante, como de manto de hada, pero yo tenía la sensación de que, en algún momento, mientras anotaba en mi cuaderno sus palabras de luz múltiple, desaparecería el libro y aparecería una muñeca muerta o algo por el estilo. No sé por qué razón pensé en “Los otros” ─otros otros─, aquella película de Alejandro Amenábar en que parece que hay fantasmas en la casa y, al final, son los protagonistas los que resultan estar muertos. ¿Y si Brodeck no hubiera regresado? ¿Y si Poupchette no hubiera nacido? ¿Y si Emélia no hubiera salido jamás del granero? ¿Y si lo que se sienta en la silla de la cocina no e Fédorine, sino su ausencia? ¿Y si no queda ni un alma en el pueblo? ¿Habrá existido el Anderer siquiera?

Pensarán que estoy mal de la azotea o que soy como esos animales que se ponen nerviosos con los golpes de viento, pero las pistas están ahí, si quieren verlas: los sueños que alejan a Brodeck del mundo; el viejo que lo ayudó a su regreso del campo; la inmaculada sonrisa del Anderer; el asunto de los zorros muertos; el perro sin amo; esa la carretera a la que a nadie se le ocurriría ir jamás; los senderos que pierden el trazado; el fantasma de un prado que no ha acabado de reencarnarse en ciénaga, y, sobre todo, la curiosa historia de Bilissi, aquel pobre sastre que abrazaba el aire sin darse cuenta de que jamás de los jamases había tenido una hija. Claudel siempre mira más allá de las cosas. Su sutileza es tal, que no acabo de ver si la verdad va por ahí. No sé a qué carta quedarme y no quiero saberlo: prefiero la duda. La guerra nos rodea de muertos que ya nunca nos abandonan. Ese mensaje, llevado en “La nieta del señor Linh” hasta sus últimas consecuencias, aquí es una de las lecturas que se pueden hacer (yo, al menos, la he hecho). Que cada lector comprenda lo que quiera. Lo que a mí me importa ahora es que, si el narrador va por ahí creyendo que lleva de la mano a su hija, es verdad para él, y como verdad la acepto. Esté en el estado en que esté ─cuerdo o loco; vivo o muerto─, lo que importa es que Brodeck puede contarlo. Luego, ya, sí; luego, ya, una vez que termina su informe y su novela, el pueblo se borrará de su mente, como se borró el pueblo desde el que había llegado. Luego, ya, tampoco el Anderer se quedará en la historia (me refiero a la historia de ese pueblo, no a la nuestra). No quedará ni rastro de él, ni siquiera un nombre para recordarlo.

Por mi parte, después de terminar la lectura, me encasqueté la gorra hasta las cejas, agité la mano para desentumecerla, y me quedé en mi escondite, inmóvil, un buen rato. Ya había cerrado el libro, pero seguía abrazada a él. Tenía la sensación de continuar sumergida en un mar a la vez oscuro y deslumbrante. El autor me acababa de decir algo muy serio: que, después de una guerra, todos podemos acabar matando ángeles. En medio de su clima misterioso, el mensaje restalla igual que un látigo en la grupa de un jamelgo, pero la voz con que nos lo da es como un agradable bordoneo de guijarros en un río cristalino. Claudel le toma al pulso al mundo para echar la guerra a escobazos, y da gloria cómo lo hace. Es como si dominase una lengua mágica. Aún siento en mis oídos la música de sus palabras ─agudas y brillantes como esquirlas─ y en mis manos el dolor de haberlas copiado. Mis novelas están sin escribir y yo aquí, apunta que te apuntará. Espero que el autor no se lo tome a mal (desde aquí, le pido disculpas) pero, para hacer este comentario, he acabado copiando su libro entero. No podía parar. Creo que no me he dejado ni una palabra.
AGRADECIMIENTOS
Bien, ya me he explayado. Ahora sólo me queda decirle a Philippe Claudel que se lo agradezco infinito y recordarles a ustedes que mi nombre es Carmen, Carmen Montalbán. Recuérdenlo, por favor.
BIBLIOGRAFÍA
CLAUDEL, Philippe. El informe de Brodeck. Soriano Marco, José Antonio (trad.). Barcelona: Salamandra, 2008. 280 p. ISBN: 978-84-9838-186-3

BIOGRAFÍA DE BRODECK HASTA LA LLEGADA DEL ANDERER

APÉNDICE I de El informe de Carmen Montalbán”, acerca de la novela “El informe de Brodeck”, de Philippe Claudel.
1) I Guerra (I Ereigniës). A los 4 años, Brodeck vaga abandonado entre las ruinas y los muertos que la guerra ha dejado en su pueblo, en el vientre podrido de Europa. La vieja Fédorine lo sube a su carreta, entre relucientes manzanas rojas, y se lo lleva lejos de ese lugar, del que, pronto, no quedará nada. Sin otra opción que mirar adelante, encuentran un pueblecito de 400 almas entre cimas y abetales. Es un paraíso de nieve inmaculada y hierba tierna en que se oye la risa de las hadas. Sus lugareños tienen la simpatía de un cardo borriquero, pero son hospitalarios, porque no han sufrido aún ninguna guerra.

2) Barbarie en la ciudad. Cuando Brodeck crece, el pueblo lo manda a estudiar al país vecino, donde se enamora de Emélia. La ciudad, al borde del caos, le resulta hostil. Los parados exigen pan y trabajo. Los extranjeros empiezan a ser mal vistos. La barbarie se desata (II Ereigniës) y la multitud forma alborotos demenciales, transformada en un monstruo que revienta cráneos a bastonazos.

3) II Guerra. Brodeck vuelve al pueblo ─con Emélia─ porque cree que las montañas formarán una muralla segura, pero incluso este rincón es ocupado por un escuadrón de los vencedores. El capitán domina su reino de terror haciendo rodar una cabeza (III Ereigniës) y exigiéndoles a los demás que, para no acabar también como ocas degolladas, limpien el pueblo de extranjeros. Brodeck será una de las dos víctimas de esa limpieza, que es producto del miedo de los demás.

4) El vagón. IV Ereigniës. Brodeck lo protagoniza ─como verdugo─ la quinta noche de viaje en el vagón atestado de un tren, camino de no sabe dónde. Va muerto de sed, dando bandazos contra una joven madre que oculta entre la ropa una garrafa de agua. Es al mal trago de ese vagón adonde la mente de Brodeck se empeña en llegar a través de su novela.

5) El campo de exterminio. El viaje en tren lo lleva a un campo en el que vivirá atado a una estaca, convertido en el perro Brodeck. Son tantos los Ereigniës que sufre allí (al menos, un ahorcamiento al día) que prefiero no contabilizarlos. Si sigue vivo, es porque desea volver con Emélia.

6) El regreso. Acabada la guerra, casi dos años después de su detención, Brodeck regresa al pueblo. Sus delatores lo miran con estupor y borran su nombre del monumento a los muertos. El escuadrón se ha ido. Brodeck empieza a zurcir su pasado y su presente junto a Emélia, Fédorine y una preciosa niña que antes no conocía, Poupchette. Evita las multitudes, escribe informes sobre la fauna y la flora del bosque, y sobrevive del único modo que existe para sobrevivir allí: procurando no hacerse notar y parecer tosco como un cencerro. Ya sabe lo que le hicieron a Emélia (V Ereigniës), cuya mente está en el abismo desde entonces, pero Brodeck no quiere saber quién se lo hizo. El perdón es el comienzo de la vida.
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