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lunes, 1 de marzo de 2010

LA PSICOLOGÍA DE LOS NÚMEROS PRIMOS


Corolario de mi lectura de “La soledad de los números primos”, de Paolo Giordano.

● Casi todos los números primos tienen un pasado digno de contar, pero se lo callan.
● En sus almas se esconde un secreto terrible que los condena a la soledad. Mejor dicho, se condenan: son ellos quienes se encierran dentro de sí mismos.
● Para no descubrir en sus ojos la huella del drama, no quieren ni mirarse en los espejos.
● La vida es para ellos una potencia oscura y el sueño les produce imágenes caóticas.
● A fuerza de no encontrar la paz, sus mentes ni siquiera parecen racionales.
● Casi siempre, dudan de casi todo; especialmente, de sí mismos.
● Después de su primera decisión fatídica, son incapaces de optar por nada. Cuanto más se debaten, más se enredan.
● No hacen lo más natural del mundo ─ni comen palomitas en el cine ni bailan en las fiestas─, lo cual resulta un poco sospechoso.
● Sus sonrisas son rachas de viento helado.
● Su aire ausente se debe a que suelen ir lidiando con fantasmas.
● Antes de colocarse en el centro de ningún corro, prefieren imaginarse en una maqueta inmensa llena de seres inanimados.
● A los vivos los ven como a través de un velo.
● No pronuncian su nombre, salvo para recordárselo a ellos mismos.
● No te miran a la cara, porque tus ojos les resultan incisivos y tus ademanes aparatosos.
● Cerca de ti, no saben andar erguidos.
● Si te fijas en ellos, se les pone una expresión de “Tierra, trágame”. Por eso levantan la silla ─cuando han de moverla─ y hablan ─cuando han de hablar─ como si les pinchara la saliva.
● Son capaces de no respirar, con tal de no hacer ruido.
● Si han de estrechar tu mano, lo hacen blandamente, para que no los sientas.
● Si pasan a tu lado, lo hacen encogidos, para que no los veas.
● Han cavado un abismo a su alrededor. Si intentas ayudarlos, te despeñas.
● Ellos, nada. Ellos, nunca.
● Son seres que jamás cuentan contigo ni echan cabos al mar, pidiendo ayuda.

● Su vida seguirá, pero sólo después de que la cure el tiempo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

BIOGRAFÍA DE BRODECK HASTA LA LLEGADA DEL ANDERER

APÉNDICE I de “El informe de Carmen Montalbán”, acerca de la novela “El informe de Brodeck”, de Philippe Claudel.
1) I Guerra (I Ereigniës). A los 4 años, Brodeck vaga abandonado entre las ruinas y los muertos que la guerra ha dejado en su pueblo, en el vientre podrido de Europa. La vieja Fédorine lo sube a su carreta, entre relucientes manzanas rojas, y se lo lleva lejos de ese lugar, del que, pronto, no quedará nada. Sin otra opción que mirar adelante, encuentran un pueblecito de 400 almas entre cimas y abetales. Es un paraíso de nieve inmaculada y hierba tierna en que se oye la risa de las hadas. Sus lugareños tienen la simpatía de un cardo borriquero, pero son hospitalarios, porque no han sufrido aún ninguna guerra.

2) Barbarie en la ciudad. Cuando Brodeck crece, el pueblo lo manda a estudiar al país vecino, donde se enamora de Emélia. La ciudad, al borde del caos, le resulta hostil. Los parados exigen pan y trabajo. Los extranjeros empiezan a ser mal vistos. La barbarie se desata (II Ereigniës) y la multitud forma alborotos demenciales, transformada en un monstruo que revienta cráneos a bastonazos.

3) II Guerra. Brodeck vuelve al pueblo ─con Emélia─ porque cree que las montañas formarán una muralla segura, pero incluso este rincón es ocupado por un escuadrón de los vencedores. El capitán domina su reino de terror haciendo rodar una cabeza (III Ereigniës) y exigiéndoles a los demás que, para no acabar también como ocas degolladas, limpien el pueblo de extranjeros. Brodeck será una de las dos víctimas de esa limpieza, que es producto del miedo de los demás.

4) El vagón. IV Ereigniës. Brodeck lo protagoniza ─como verdugo─ la quinta noche de viaje en el vagón atestado de un tren, camino de no sabe dónde. Va muerto de sed, dando bandazos contra una joven madre que oculta entre la ropa una garrafa de agua. Es al mal trago de ese vagón adonde la mente de Brodeck se empeña en llegar a través de su novela.

5) El campo de exterminio. El viaje en tren lo lleva a un campo en el que vivirá atado a una estaca, convertido en el perro Brodeck. Son tantos los Ereigniës que sufre allí (al menos, un ahorcamiento al día) que prefiero no contabilizarlos. Si sigue vivo, es porque desea volver con Emélia.

6) El regreso. Acabada la guerra, casi dos años después de su detención, Brodeck regresa al pueblo. Sus delatores lo miran con estupor y borran su nombre del monumento a los muertos. El escuadrón se ha ido. Brodeck empieza a zurcir su pasado y su presente junto a Emélia, Fédorine y una preciosa niña que antes no conocía, Poupchette. Evita las multitudes, escribe informes sobre la fauna y la flora del bosque, y sobrevive del único modo que existe para sobrevivir allí: procurando no hacerse notar y parecer tosco como un cencerro. Ya sabe lo que le hicieron a Emélia (V Ereigniës), cuya mente está en el abismo desde entonces, pero Brodeck no quiere saber quién se lo hizo. El perdón es el comienzo de la vida.
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ENCADENAMIENTO DE LOS HECHOS EN EL INFORME DE BRODECK

Apéndice II de “El informe de Carmen Montalbán”, acerca de la novela “El informe de Brodeck”, de Philippe Claudel

1) Llegada del Anderer. 13 de mayo. Llega por la carretera de la frontera, a caballo y muy cargado, pero no vende nada ni se ha extraviado. Desde la guerra, es la única persona que visita el pueblo. Es un personaje curiosísimo: parece fuera del tiempo, el espacio y la gravedad y llama por su nombre a su yegua y a su asno (el señor Sócrates y la señorita Julia).

2) Acto en su honor. 10 de junio. Se organiza para darle la bienvenida y averiguar algo sobre él. El Anderer escucha sonriente el discurso del alcalde, da las gracias y se inclina ceremoniosamente, pero no se presenta. La gente sigue sin saber cómo se llama, de dónde viene ni a qué.

3) Desconfianza en aumento. A medida que se prolonga su estancia en el pueblo, su silencio cada vez da más que hablar. Brodeck charla con él por primera vez el 10 de julio. El Anderer se confiesa amante de los paisajes y los retratos, y le pregunta el nombre de las cimas. Brodeck se las nombra ─no son ningún secreto─ para que él las anote en su cuaderno, pero eso le trae problemas con los lugareños desconfiados, que no paran de darle vueltas a lo que pueda estar tramando el Anderer.

4) Hecatombe de los dibujos. 24 de agosto. El Anderer convoca en la taberna a los hombres del pueblo para hacerles un homenaje mostrándoles sus retratos y sus paisajes. Invita a beber a todo el mundo. Los retratados, ya borrachos, no se gustan. Se ven a sí mismos ─lo que son y lo que han hecho─ y, bramando como animales, rompen los dibujos en mil pedazos.

5) Salvajada contra las bestias. 3 de septiembre. Alguien quiere darle a entender al Anderer que debe marcharse y, para conseguirlo, paradójicamente, comete una salvajada contra su yegua y contra su asno. Las muestras de dolor del Anderer hielan la sangre. Pero, salvo a él, esa crueldad no escandaliza a nadie. Se llega a decir que sus animales sólo podían ser criaturas del diablo y, como tal, empieza a temerse al dueño; sobre todo, después de la puesta de sol, cuando sale a chillar “¡Asesinos!” ante todas las puertas.

6) VI Ereigniës. Comienzos del otoño. Brodeck llega a la fonda por mantequilla y comprende que esos 40 hombres, a los que conoce desde hace años, acaban de matar al Anderer. Con la ira, la vergüenza y el miedo en el rostro, resultan más feos que una horda de bárbaros.
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lunes, 15 de junio de 2009

“Ejercicios de estilo”, Raymond Queneau

El escritor francés Raymond Queneau (Le Havre, 1903-París, 1976) se inició en el movimiento surrealista y, finalmente, fundó el grupo Oulipo (Taller de Literatura Potencial), al que pertenecerían autores como Georges Perec e Italo Calvino. Este grupo desarrolló una nueva literatura de múltiples interpretaciones; llena de fantasía, humor y preocupación lingüística. Sus autores se auto-imponían limitaciones para que las obras surgieran en la tarea de sortearlas.


Queneau fue autor de novela, poesía y ensayo. En su obra, además de los experimentales «Ejercicios de estilo» que le dieron fama, destacan: «Le grama», «Pierrot, amigo mío», «Los hijos del viejo limón», «Siempre somos demasiado buenos con las mujeres», «Zazie en el metro» (llevada al cine L. Malle), «El diario íntimo de Sally Mara» y «El vuelo de Ícaro»; y libros de poesía como «Bucólicas», «Pequeña cosmogonía portátil», «Cien mil millones de poemas» y «Moral elemental».

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QUE NO, QUENEAU, QUE NO TE ENCUENTRO YO

Andaba buscando en mi biblioteca el libro de Queneau “Ejercicios de estilo” desde que supe que la Feria del Libro de Madrid estaría dedicada a Francia. No podía andar lejos. Utilicé a Raymond a menudo para mis clases de estilo. Sin embargo, pasé dos semanas buscándolo sin resultados en la pilada de papeles de mi casa. Hasta que hoy, ya, hace nada, se descolgó el estante más liado del rincón de desayunar y el tomo de arriba saltó de mi cabeza a mis cereales. “Ejercicios de estilo”. Queneau... ¡Vaya chichón!


Esta obra, recordé, narra una breve anécdota, de lo más trivial (viaje en bus urbano de un joven protestón con gorra de fieltro), sólo que el autor la cuenta de cien maneras: anagramas, deportes, poesía, ignorancia…

Mientras sacaba las palabras de Queneau de entre gotas de leche, pensaba que, tal vez, aun sin saberlo, esta manía mía (de hablar de obras que leo con su estilo propio) naciera inspirada en el autor y su obra.

─Que no, Queneau; que aunque no sé dónde estás ─susurré─, tu obra siempre me encontrará a mí.

ANAGRAMAS

Andaba buscando en mi celibato el brío de Aunque-no “Ajedrecístico de islote” desde que supe que la Fiera del Brillo de Dormida estaría dedicada a Afincar. No podía nadar lejos. Utilicé a Dramón, y a menudo, para mis calés del islote. Sin gamberro, pasé dos mesanas buscándolo sin adúlteros en la pálida epilepsia de mi saca. Hasta que hoy, ¡ay!, hace Adán, se descolgó el setenta más salido del rocín de enyesadura y el motor de rabiar saltó de mi cazabe a mis caérseles. “Ajedrecístico de islote”. Aunque no... ¡Vaya chochín!


Este rabo, recordé, narra un breve canteado, de lo más vibrátil (vieja en sub abruno de un vejón portento con groar de flirteo), sólo que el tauro la cuenta de cine Manresa: argamasa, despertó, poseía, ignorancia…

Mientras sacaba las parábolas de Aunque-no de entre gatos de Elche, pensaba que, tal vez, aun sin albores, esta ánima mía (hablar de sobra que olé, con su islote piropo) renacía parisina en el tauro y su rabo.

─Que no, Aunque-no; que aunque no es donde setas ─espino─, tu rabo siempre me encartonará a mí.

FUTBOLERO

Por fin se disputa el esperado encuentro entre el “Racing Queneau FC” y el “Deportivo Montalbán CF”. A pesar de tratarse de una liguilla amistosa, el Queneau ha estado a punto de ser descalificado por no presentarse al derbi programado en la “Feria del Libro de Madrid” ─con dos tercios de entrada reservada a la hinchada francesa─. Finalmente, el torneo se celebra en las instalaciones deportivas del comedor de la Montalbán.

Y aquí da comienzo el partido, señores. El colegiado pita el desayuno. El lleno es absoluto en las estanterías.

El Deportivo Montalbán luce su habitual uniforme de ositos y camiseta con lamparones, puesto que juega en casa. Por su parte, el Racing estrena indumentaria: negro sobre blanco, como la historia que va a escribirse aquí.

Atención, jugada de peligro. Ejercicios de Estilo, el delantero centro del Queneau, dribla a la defensa del equipo local; se escapa por la banda y se interna en el área rival. El defensor azul-lamparones intenta frenarle, pero su acción resulta inútil ante este imparable killer del área, que consigue llegar hasta el punto fatídico…Ejercicios de estilo culmina la jugada con su ya clásico punterazo. El portero del Deportivo se golpea la cabeza con el larguero y…

¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!

Golazo, señoras y señores. El poliédrico ha entrado en las mallas del mantel, hasta el fondo del tazón de leche.

El tiempo se detiene. Las asistencias médicas del Deportivo Montalban F.C. acuden inmediatamente a llevarse a su portero al hospital del nuevo Frigorífico.

El mister manda calentar a la galleta. El suplente del portero titular, Blog de Carmen Montalbán, entra en el campo.

¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

El árbitro pita. Se reanuda un encuentro que promete ser apasionante.

La afición local se ha vuelto loca. Escuchen su clamor.


"Que no, Queneau, que en casa gano yo".

martes, 6 de enero de 2009

“La nieta del señor Linh”, Philippe Claudel

“La nieta del señor Linh” es una alegoría sobre el exilio y la amistad.

El señor Linh es un anciano oriental procedente de una aldea devastada por la guerra. Perdido el resto de su familia, parte de viaje con su nieta en un barco de refugiados. La obra narra las peripecias de ese abuelo superviviente en su exilio forzoso; su vida en un país cuya lengua no entiende y cuyos hábitos le resultan incomprensibles. Todo parece hostil hasta que conoce al señor Bark. Aunque ninguno habla el idioma del otro, ambos seres solitarios logran entenderse. Su amistad convierte el drama en un relato esperanzador.

Mediante las pinceladas mínimas ─pero certeras─ de un estilo sencillo, minimalista y completamente visual, el autor consigue una obra lírica, existencialista, conmovedora y áspera a la vez; hiriente y bella.

“La nieta del señor Linh” es la sexta novela de Philippe Claudel (Nancy, Francia, 1962), que es autor, además, de “Meuse l'oubli”, “J'abandonne”, “Petites mécaniques”, “Almas grises” y “El informe de Brodeck”.
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Mis buenos días con el señor Buenos Días
Hoy me llevo lectura a la calle. Los peatones vienen y van, apresurados. Yo soy la mujer del banco. En las manos sostengo un libro: “La nieta del señor Linh”, de Philippe Claudel. Apenas lo abro, un anciano de rasgos orientales viene hacia mí, encorvado bajo su gorra de orejeras. Es como un arbolillo arrancado por la corriente. Trae un bebé en los brazos.

El autor nos presenta. Su personaje es el señor Linh, el que menea la cabeza cuando le digo que Carmen sólo quiere decir Carmen. La niña es su nieta. Sang Diu. Mañana Dulce. Nadie más sabe cómo se llaman. Sus conocidos han muerto o se han dispersado ─como él─ por los cuatro rincones del mundo.

No empezamos bien. El señor Linh desconfía de los nombres que no significan algo y yo desconfío de las narraciones con estilo de guión cinematográfico. No me fío de un presente tan presente. ¿Cómo consigue, entonces, atraparme “La nieta del señor Linh”? El aquí-y-ahora de los refugiados es una inmensa jaula de la que nadie escapa. El autor no lo intenta. Cuando se abre el telón de su obra, el pasado ha muerto. No es que haya quedado atrás, es que se ha ido para siempre, por culpa de la guerra. Donde hay casas quemadas y cadáveres ensangrentados no cabe la nostalgia del pretérito. ¿El nombre del país?, ya tenemos bastante con tratar de olvidarlo. Si volvemos a ver niños que huyen desnudos por los caminos, es porque tropezamos sin querer con un tiempo en el que todo se confunde; sólo por eso.

Y, ya que la mente tiene la cualidad de confundirlo y relacionarlo todo, se me ocurre citar “Del amor y otros demonios”, de García Márquez, que acude a mi cabeza tras leer el recorte elegido. Perdonen si no viene a cuento.
“La relación hizo crisis una madrugada en que Bernarda despertó muerta de sed por los excesos del cacao y encontró una muñeca de Sierva María flotando en el fondo de la tinaja. No le pareció en realidad una simple muñeca flotando en el agua, sino algo pavoroso: una muñeca muerta”.
El caso es que entro en “La nieta del señor Linh”. Aquí y ahora. Gracias al talento de Philippe Claudel, tengo la sensación de estar dentro de una imagen que protagonizo yo misma. Soy una refugiada sentada en un banco. Nadie entiende el idioma que hablo. Ni yo consigo entender a nadie. Salvo el libro, no tengo nada.

Por suerte, el señor Linh tiene a la niña. ¿Qué sería de su nieta sin él?... y, sobre todo, ¿qué sería de él sin su nieta? Sin la niña, no habría tenido fuerzas para venir al mundo por segunda vez. Habría muerto en las ruinas de su aldea. Pero murieron los padres de la niña y el abuelo la cogió y se fue; es decir, vino. Desembarcó en mi banco. Para siempre.

Ahora, cuando el anciano se sienta a mi lado, piensa en él y en Sang Diu como si estuvieran solos en el mundo. Ni siquiera me ve a mí. Tampoco ve al desconocido que nos mira. Es un hombre gordo. Enciende un cigarrillo con otro. Fuma y habla. Es el señor Bark. Hace muchos años, cuando era soldado, sembró la destrucción en el país del señor Linh. Trae aquellos fantasmas a la espalda, encorvada como si se hubiera pasado la vida transportando fardos con una pértiga. Como diría Magdalena Calvo, la guerra deja muchos
muertos vivos.

Creo que ésa es la razón de que el hombre gordo se siente junto al señor Linh. El señor Linh no entiende lo que dice, pero espera que siga hablando. Tal vez quiera saber el nombre de la niña. Sang Diu. Cuando el desconocido pregunta cómo se llama él, el señor Linh le da los buenos días. Tao lai. Así le llamará. Señor Taolai. Habrá que aprender pronto a dar los buenos días en su lengua, para responder al saludo de ese hombre que no para de saludar.

Tao lai. Buenos días. Pues sí, hace un día estupendo.

Un anciano de apariencia frágil y un gordinflón que le saca dos cabezas se convierten en amigos. Una historia de pérdida y desarraigo se convierten en una historia de amistad.

Esperando volver a sentir la presión de sus dedos en mi hombro, esta noche sueño con los dos amigos. ¡Con lo tonta que me pongo cada vez que los encuentro! Oigo grillos, chillidos de monos y una canción que apacigua el alma. Veo fuentes que hacen olvidar lo malo; montañas que forman un anfiteatro; capullos de loto a orillas de los lagos; pájaros amarillos volando a ras del agua, como flechas de luz; fragmentos de musgo que parecen cojines de jade, salpicones de sol como monedas de oro; bananos centenarios, y el apacible paso de los búfalos por los arrozales.

La mañana vuelve con su dulce luz. Me despierto. Me abrigo. Cojo el libro. Regreso al banco. Es agradable estar aquí sentada y esperar a los protagonistas. Necesito oír la voz del señor Bark. Hablar le sienta tan bien como al señor Linh escuchar. Y eso que ─salvo “Taolai”─ el anciano no entienda una palabra. Desconoce su idioma, pero lo que le importa es el significado de lo que hay detrás. En las inflexiones de una voz amiga encontramos los signos de una historia, aunque las palabras no nos digan nada. Hable de lo que hable, si la entonación del señor Bark pregunta, el señor Link asiente con la cabeza. Si la garganta del señor Bark se atasca en senderos difíciles, el señor Linh lo sacude con suavidad. Hacen lo que el corazón les pida. Se convierten en seres espontáneos. Si sienten el impulso de cantar, cantan. Si sienten el impulso de abrazarse, se abrazan. Eso no tiene precio. Les brillan los ojos. Se emocionan. Se aprietan las manos. Ríen de buena gana. Lloran si es preciso. Con amigos a la vista, se podrá hablar en futuro. Del futuro. El señor Bark le dirá “adiós” al señor Buenos Días y el señor Linh le dirá “Buenos días” al señor Bark. Mañana habrá otro encuentro.

Nada más triste que verse, de repente, trasladado a otra parte y llevarse los “buenos días” en la boca, sin pronunciar. Si eso ocurre, el señor Linh se las apañará para volver al banco. Un amigo es un letrero en el camino. El señor Linh ha sobrevivido al hambre y a la guerra. Ha cruzado los mares. No será esta ciudad infinita lo que le impida encontrarnos.

Me veo en su lugar y ruego que no me venza una simple zapatilla rota. Que no me pare la policía. Que no me atropelle un coche. Que no me tomen por vagabundo. Ni por mendigo. Que no me coja la noche. Que no tropiece con la gente. Ni con los años. Que no me derrote la sed. Ni el peso de Sang Diu. Que no mengüen mis fuerzas. Que no tenga que arrepentirme de haberme ido…

Llego a las últimas páginas con el corazón en un puño. Leo el final, sorprendida. Ahí está la clave, bien clarita. ¿Por qué no la he visto antes? No se puede abarcar completamente lo atroz y lo tierna que es esta novela hasta que se cierra la historia y se comprende el truco. Los cabos que ato para recordar cómo ha preparado la trampa el autor me hacen pensar que “La nieta del señor Linh” es aún más pavorosa de lo que parecía. Y más alegre. No experimento una alegría tan infantil desde hace tiempo. De vez en cuando, un milagro. A pesar de su artimaña, la belleza de esta obra es humilde y misteriosa; misteriosa por humilde. ¡Qué buen día he pasado!

Levanto la vista y descubro que es bastante tarde. La noche ha caído hace rato. No sé cómo he podido leer a oscuras. Cuando vuelvo a mirar, no veo las letras. Parpadeo, abrazo el libro y, en lo más profundo de mi corazón, le doy las gracias a la amiga que me lo recomendó. Me dan ganas de abrazar a todo el mundo.


De regreso a casa, freno el paso. No sirve para nada correr tanto. Una mujer me da las buenas noches. Yo respondo “¡Buenos días!”, como si mi vida dependiera de ello. La mujer me sonríe y se inclina tres veces. Ella también ha leído el libro. Sabe que el señor Linh tiene un amigo. Dos, contándome a mí. Tres, contándola a ella. Y muchos otros miles, lectores de “La nieta del señor Linh”.

miércoles, 18 de junio de 2008

"La elegancia del erizo", Muriel Barbery


“La elegancia del erizo” empezó siendo un fenómeno editorial en Francia, pero ya lo es también en el resto del mundo. La escritora francesa Muriel Barbery (1969) es autora, además, de la novela “Una golosina”, que ha sido traducida a doce lenguas.

“La elegancia del erizo” cuenta la historia de Renée y Paloma, que viven en sendas viviendas de un lujoso edificio de París. Renée es la portera y Paloma la hija de 12 años de una de las 8 familias ricas que habitan el inmueble. Ninguna de las dos es tal como parece o intenta parecer. Ambas son cultas y muy inteligentes, y ambas lo disimulan como pueden. Renée se esfuerza por responder al paradigma de portera de finca (vieja, fea, arisca e inculta). Paloma es una niña prodigio a quien la vida le resulta tan absurda, que ha decidido suicidarse y prenderle fuego a la casa el día que cumpla 13 años.

Aisladas del resto del mundo tras sus respectivos “autismos”, tanto Paloma como Renée parecen invisibles a los ojos de sus vecinos. Al menos, hasta el día en que Ozu Kakuro, un nuevo inquilino, se instala en el edificio. Kakuro las desenmascara y las une. Gracias a él, Paloma y René se reconocen como almas gemelas y empiezan a ver la vida y la muerte de otra forma.


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Mis ideas profundas ante la obra de Muriel Barbery


Todas las narraciones hablan de dos cosas: de la historia que cuentan y de lo que el autor o la autora, en el fondo, quiere decir con ella. La idea profunda que se esconde detrás del argumento ha de estar integrada en la obra de tal forma que no estorbe a la peripecia vital que se está relatando; que no frene su ritmo. En el caso de “La elegancia del erizo”, estas ideas son tantas y tan diversas, que me sorprende mucho ─como autora─ que haya logrado atrapar a tantos lectores con tal concentración de pensamientos.

¿Cómo consigue Muriel Barbery integrar pensamiento y acción? En primer lugar, me parece a mí, gracias a su talento como filósofa. Es profesora de filosofía ─eso no puede ocultarlo─ y ha vertido sus conocimientos en sus dos protagonistas. Renée y Paloma son dos empedernidas pensadoras. Lo suyo es hablar consigo mismas, puesto que están aisladas del resto del mundo. ¿Y qué es lo que se dicen? Que nunca vemos más allá de nuestras certezas; que hemos renunciado a conocer a la gente; que el tiempo de una vida es irrisorio, y que el futuro sirve para construir el presente con proyectos… Tanto Renée como Paloma se dicen a sí mismas todas aquellas cosas que quería decirnos la autora; y yo, de paso que leo sus respectivas historias (y la historia común en que confluyen luego), reflexiono y aprendo.

“La elegancia del erizo” es una novela plagada de ideas gracias a ese talante tan particular de las dos protagonistas.

Renée es una mujer de origen campesino. En su casa de la infancia apenas se hablaba. Entre los gritos de los niños y las tareas de los mayores, ella no se sintió persona hasta el día que su maestra la llamó por su nombre. Sin embargo, tras la muerte de su hermana, ocurrida en su infancia, Renée vuelve a convertirse en invisible. Sólo quiere parecer tonta perdida. En el comienzo de la novela, a sus 54 años, está enamorada de muchos placeres pequeños y de todas las formas del arte. Ha devorado una parte apreciable de la literatura mundial. Estudia filosofía, como autodidacta. Admira la pintura, especialmente las naturalezas muertas. Le gusta el té de jazmín. Valora el cine de autor y las películas comerciales… Pero, salvo el té, con su amiga Manuela, Renée no comparte placeres con nadie. A fin de que todos la dejen en paz, se esfuerza por responder a la idea preconcebida que sus vecinos tienen de una portera y pasa ante ellos por una ignorante; aunque, claro, algunas veces, da el nombre del autor que dijo algo, y se delata.

Paloma es una chica de gran inteligencia preocupada también por ocultar su condición de niña prodigio. Sueña con pegarle fuego a su casa; especialmente, cuando su madre le pone caras de somnífero mal evacuado, su hermana defiende sin saber de qué habla ideas las de otros, y ve a su padre repanchigarse en el sofá, a leer el periódico. Para ella, la vida no tiene sentido. Pensar que lo tiene y que los adultos lo conocen es una mentira que todos creemos por obligación. Todos, salvo Paloma. La vida le parece tan absurda, que ha planeado su suicidio para el día de su cumpleaños. Pero lo que le importa no es morir, sino lo que hará en momento en que muera. Hay que morir construyendo. Por eso, hasta el día programado, aborda la vida como quien realiza el servicio militar: haciendo lo que puede a la espera del combate o de que termine el servicio; es decir, apuntando en su cuaderno el mayor número posible de ideas profundas.

Paloma y Renée son dos personas solitarias que emplean todas sus energías en convencerse de que hay cosas en la vida que valen la pena… y en anotarlas. La soledad en que se aíslan nos permite detenernos a pensar con ellas, sin dejar de sonreír a cada instante y sin que esas meditaciones nos aparten de la historia que estamos leyendo. Ahí está el truco y la originalidad de “La elegancia del erizo”. Ideas constructivas con sentido del humor. Las ideas son, a mi modo de ver, el mayor valor de esta novela; más que el valor literario (aunque no sea tampoco desdeñable).

Todos somos un poco autistas (que se lo pregunten al extranjero); por eso, yo (que a veces siento escalofríos porque no me conmueven los telediarios) me relaciono con estas dos princesas clandestinas y eruditas quedándome a solas conmigo misma y reflexionando sobre si permanezco centrada en mí misma, sin “perder los calzones”, y si me esfuerzo o no me esfuerzo, día tras día, en representar el papel que me toca en esta comedia fantasma…


Pero si la cosa terminase ahí, acabaría tan desesperada como están las protagonistas y cerraría el libro por la mitad. Tanta filosofía como me han servido, ha de elevar el pensamiento, contribuir al interés común. Tampoco yo creo que se pueda hacer miel sin compartir el destino de las abejas. Muriel Barbery salva la situación poniendo a estas dos almas gemelas en contacto, para que, una con otra, acaben con su aislamiento. ¡Bien hecho! Ya estaba yo pidiendo que les diera la oportunidad de ver más allá de ellas mismas. A ellas dos y a mí. Concordancia de gustos y de vericuetos psíquicos. A partir de ahí, todo cambia. He hecho dos amigas… (Tres, si contamos a Kakuro, el personaje “pegamento”).


A Paloma le gusta el manga y todo lo japonés. Por eso le gusta Kakuro y por eso le gusta el go. Un juego cuyo objetivo es el de construir un territorio sólo puede ser bello. En cuanto a Renée, cuando Kakuro la desenmascara, tiene miedo. Los impulsos son peligrosos para quien vive una existencia clandestina. Ya sólo le queda una opción: hacerse la muerta. Aún así, las protagonistas optan por renacer y yo, de golpe, me tranquilizo.

Por primera vez, me veo ─dentro del libro─ en un ambiente de confianza total, aunque no esté sola. ¿Para qué serviría la literatura ─el arte─ si no encarnase el universo de los afectos? Si nos sacude la complicidad, lo que hay que vivir antes de morir es un aguacero que se transforma en luz. Té y manga contra café y periódico. Elegancia y embrujo contra la triste agresividad de los juegos adultos de poder. Amistad. Amor. Armonía. Serenidad. Sensaciones sencillas… Esperanza.

Paloma ya no quiere suicidarse. Los caminos de la vida siguen abiertos. Puede cambiar el destino y convertirse en lo que todavía no es. Ahora, lo que Paloma se pregunta es si, de mayor, debería escribir o hacerse médico. Es un poco lo mismo. Cuidar a los salvables. Yo pienso casi igual. Una camelia puede cambiar el destino. Además, si le prendo fuego a mi casa, corro el peligro de estropear la casa de mis amigos. Mientras Paloma y Renée se entregan juntas al ritual del té, yo avanzo por mis mares interiores, entregada al ritual de la lectura, para que sus camelias se estremezcan en mi pecho. Me zambullo en el agua negra, profunda, helada y exquisita de este instante fuera del tiempo y dejo de ser yo misma. Paso a ser parte de un todo sublime al cual pertenecen también ellas dos. Las tres, al fin y al cabo, perseguimos y conseguimos lo mismo: que el tiempo se convierta en algo más sublime.

No me engaño: no voy a dejar de ser una insignificancia biológica, pero con amigos. Por eso suspiro, optimista. Por eso y porque éste es un buen libro. También Renée, cuando está angustiada, recorre a las esferas de su memoria literaria. Piensa ─igual que yo─ que la lengua es una riqueza del hombre, y que sus usos son obras sagradas. Que la gramática es una vía de acceso a la belleza. ¿Qué distracción hay más noble, qué compañía más distraída, qué contemplación más deliciosa? Un libro es una lluvia de verano. Algo que no sólo activa mis neuronas espejo, sino que, también, me enseña a disfrutar de las camelias sobre el musgo…

Y si, a pesar de todo, muere alguna… y si, como me temo, un día de estos siento el significado de la palabra “nunca”, un libro pondrá un siempre en el jamás. “¿Que si tiene sentido la vida?”, pregunta Paloma. En este dulce insomnio, cuando termino la obra que tengo entre las manos, también yo me lo pregunto. Pienso que el arte es vida, pero con otro ritmo, y que necesito el arte desesperadamente para sanear mi espíritu.


Quizás estar vivo sea esto: perseguir instantes que mueren.

martes, 10 de junio de 2008

“El extranjero”, Albert Camus


“El extranjero” (1942) es una novela del escritor francés Albert Camus. En el ambiente posterior a la II Guerra Mundial, esta obra denuncia la carencia de valores del mundo contemporáneo.

“El extranjero” narra la historia de Meursault, un hombre afincado en Argel que comete un crimen sin motivación alguna.

A pesar de estar relatada en primera persona por el protagonista, la novela tiene un tono frío que denota la ausencia total de implicación por parte del narrador. Meursault encarna la filosofía del absurdo, la alienación, el desencanto… A él todo le da igual. Bajo esta gélida perspectiva, Camus conduce al antihéroe a una constante indiferencia. Lo único que hace que Meursault se sienta seguro es su propia existencia. La vida no tiene sentido fuera de él mismo. Ni religión ni sociedad ni leyes… todo es demasiado incierto. Y aburrido. Le aburre, incluso, su propia muerte.
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Mi grito ante el libro de Camus



Desde el principio de la novela me pregunto hasta qué página puede durar mi relación con el protagonista de Camus.

A Meursault no le interesan los problemas del vecino. Le da igual casarse que no casarse. Le da igual irse a París que a la playa. No tiene ambiciones. Según él, nunca se cambia de vida. No capta el dolor que siente un viejo al perder un perro. El sufrimiento ajeno le da sueño. Le aburren los domingos. Hasta el entierro de su madre le resulta pesado. Le molesta el calor y le fastidia el llanto de las mujeres. Para él sólo es un trámite. Nada ha cambiado. Si su madre ha muerto, no es culpa suya. Puede irse a bañar al mar. Puede ir al cine y acostarme con María sin hacerle ni un comentario…

Lo único que siente Meursault son las demandas de su cuerpo, el hambre, el sueño, el calor, que el sol brille demasiado o que la toalla esté húmeda...

Camus conocía el riesgo que se corre cuando es un personaje tan apático como Meursault quien nos narra la historia en primera persona. Sabía que un antihéroe como él no despierta simpatías y que el lector, por tanto, iba a tener difícil ─o imposible─ la tarea de identificarse. Aún así, lo empleó.

Quizás confiase en la curiosidad.

Meursault observa la vida con curiosidad, pero sin extrañeza. La vida es un mecanismo que no despierta sus emociones. La observa como si contemplase un reloj. No le disgusta, pero tampoco le apasiona. No es culpa suya que funcione así. Meursault es un observador, no un relojero. Con la misma distancia con que yo lo miro a él, Meursault sigue al detalle los movimientos de una desconocida que pasa por la calle. Lo único que le mueve a hacerlo es una curiosidad que no cambiará su vida… aunque, si la cambiase, podría acostumbrarse a ello. Podría acostumbrarse a viajar, a vivir en París, a ser amigo de Raimundo, a casarse con María… Uno acaba por acostumbrarse a todo…

Lo admito: la curiosidad me ha vencido a mí también. Llevo casi la mitad del libro y aún no lo he cerrado. Me pregunto hasta dónde llegará la indiferencia de Meursault y sigo.

El sol le deslumbra, el calor le sofoca. El árabe que hirió a Raymond le muestra su cuchillo y él dispara. No tiene móvil alguno cuando aprieta el gatillo y tampoco asesina llevado por la cólera. La culpa de todo es del sol, que le molesta y le hace disparar una vez . Y cuatro más. Este domingo sí será distinto.

Por fin, respiro. Imagino que esto le hará reaccionar. Que, finalmente, tendrá que luchar por salvarse a sí mismo. ¿O no lo hará?

Ni siquiera en la cárcel se siente desgraciado, pero ahora, al menos, recapacita. Está prisionero. Su apatía se difumina un poco. Reflexiona. Algo es algo. Piensa en el paso del tiempo, en la falta de libertad, en que no tiene mujer, en la prohibición de fumar… Por primera vez, parecen importarle algunas cosas.

En el juicio, se siente el único intruso, el extranjero. Oye hablar de sí mismo con curiosidad. El juez busca su arrepentimiento y él no se conmueve. Se considera inocente de su crimen, pero no muestra sentimientos de injusticia ni arrepentimiento. Se confiesa aburrido, más que culpable. ¿Seguirá entregado a este absurdo silencio, sin hacer ni el menor intento de luchar por su vida? Eso parece.

El abogado apela a la confusión que le ha producido la muerte de su madre y él declara, impasible, que no sintió dolor ni conmoción. Meursault nunca ha podido sentir verdadero pesar por nada ni por nadie. Además, su madre se aburría sola y él no tenía para mantenerla. Hablar de ella no le emociona, le fatiga… Al menos, es sincero. Pero, claro, tiene el juicio perdido, y él lo sabe.

Desde ese momento, se hablará más de él que de su crimen. Meursault ha matado a un hombre, pero ahora no le juzgamos por haber matado, sino por no lamentar haberlo hecho.

Yo también le juzgo, por supuesto. Me identifico con el fiscal más que con él, solo que mi rechazo no se debe a que sea un mal hijo. Ni a que considere a Dios una cuestión sin importancia. Eso, para mí, también es lo de menos. Yo no le juzgo porque sea un Anticristo, porque sea inteligente o porque no tenga imaginación. Yo no le reprocho que no tenga ambiciones. Lo que me impulsa a cerrar este libro es su indiferencia por todo, incluso por mí misma. A Meursault le da igual lo que yo sienta. Ni por él ni por nadie. Sin embargo, continúo leyendo.

Porque el día de su ejecución, por primera vez, piensa en su madre y en la apatía del mundo. Tiene recuerdos alegres. Se siente pronto a revivirlo todo. Le concedo una tregua… Al menos, hasta que descubro que sigue sin emocionarse; que sólo espera que la gente grite con odio en su ejecución.

“Hasta aquí hemos llegado”, me digo. Y cierro el libro.

Albert Camus se ha salido con la suya. Resulta que la historia ha terminado.

Ese grito que suena lo he dado yo.

domingo, 18 de mayo de 2008

“Vuelo nocturno", Saint-Exupéry





“Vuelo nocturno” es la epopeya de los pioneros de la aviación que surcaban los cielos de Sudamérica todas las noches para ofrecer un servicio más rápido que el ferrocarril y los barcos en el transporte del correo.

Saint-Exupéry, que además de escritor fue piloto, empleó un estilo conciso, pero épico y lírico a la vez, para la creación de un relato simbólico y lleno de fuerza.

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Mi vuelo junto a Saint-Exupéry
Leyendo “Vuelo nocturno” he soñado que soñaba con volar. Explorando su historia de correos en peligro, he sido mujer-pájaro. Y, ¡cómo no!, también mujer-avión; o sea, máquina lírica. Tan identificada estaba con mi avión, que hacía cuerpo con él. Su luz era mi luz y mi carne un metal chorreando vida. Fosforescía más yo que su cuadro de mandos. Era, como mi avión, una estrella perdida que les hiciera guiños a las aldeas de abajo antes de que la noche las borrase del todo y me dejara sola, a oscuras, sin mapas ni fronteras.
Allá arriba, mientras leía, era una humilde fuerza en marcha; un don Nadie consciente de que hace algo sagrado; una pionera débil, cansada y torpe, pero eterna. Si no, ¿habría sido capaz de desafiar tormentas? Supongo que es un mérito de Saint-Exupéry. Me ha colocado encima de la gran extensión de Sudamérica, en una tempestad de truenos y relámpagos, y me ha hecho responsable del cielo entero.
Y ahí estaba yo, dentro de sus atmósferas idílicas, volando sin remedio hacia la tragedia. La aventura me empujaba a través de limbos extraños. Me sentía a la intemperie, en una noche vacía como un teatro sin actor; una noche tan voraz, que ya me había tragado por completo. La imaginación del peligro era tan fuerte que, para salvarme, he necesitado imaginarme que me salvo. Tan negro estaba todo, que no veía ni el libro. Y, sin embargo, sé que quien pilotaba era el autor. Mi soledad era su Patagonia. Se diría que me hallaba, meramente, planeando sobre la negra intemperie de mí misma.