domingo, 7 de abril de 2013

CONCIERTO X ANIVERSARIO TEATRO DEL BOSQUE

Cuando ya ha empezado el tercer trimestre del curso y miro las fotografías de Semana Santa, me encuentro con imágenes anteriores: las de los dos últimos conciertos con que el Conservatorio Rodolfo Halffter despidió el segundo trimestre. ¡Menos mal que asistí! No sólo me gustaron muchísimo, sino que les debo el sosiego que estaba perdiendo, entre crisis y prisas. Observando las fotos, sonrío agradecida. Seguimos siendo humanos gracias a esos momentos en que la música afina las cuerdas del alma (o la literatura o las artes)… De no ser por estas experiencias, los últimos esfuerzos de fin de trimestre me habrían convertido en una cosa, en una máquina, en un cronómetro desacompasado; herramienta rota y sin finalidad.

(De izquierda a derecha) Andrés Poncela, Leticia del Monte y Eduardo del Río interpretando el Trío en Mib M (Kegelstatt) K. 498 de Mozart
El primero de esos conciertos fue el Recital de Música de Cámara cuyo programa les adelanté en mi entrada anterior. El Museo de la Ciudad, en Móstoles es tan acogedor que, en aquella sala, mientras los profesores Eduardo del Río (violonchelo) y David Arenas (clarinete) introducían los temas y hablaban de la época en que se compusieron, pensé: “Tengo una suerte inmensa: aquellos reyes y cortesanos que los disfrutaron primero no podían sentirse mejor que yo, aquí y ahora”.  El fruto del esfuerzo de esos alumnos y profesores me sonó tan bonito y apacible, que incluso yo salí afinada.
Músicos a la espera. Foto: Carmen Montalbán
El Concierto X Aniversario del Teatro del Bosque (segundo al que asistí en ese teatro de Móstoles antes de las vacaciones) lo dio  la Orquesta de Antiguos Alumnos del Rodolfo Halffter el 14 de marzo de 2013. Fue una auténtica belleza. Su director, Juan Manuel Sáiz Rodrigo, se superó un año más. Además de su impecable dirección, es de agradecer que haya conseguido, de nuevo, reunir a músicos tan dispersos y compaginar sus agendas para los ensayos. Hay que tener en cuenta que esta orquesta está formada ya por profesionales de la música o por estudiantes del grado superior en distintos Conservatorios de España que no habrían podido acudir a su concierto anual sin la persuasión y el esfuerzo de Juan-Ma. Sólo cuando se requiere algún instrumento más para completar la orquesta, se acude a algunos alumnos actuales del Rodolfo Halffter (entre ellos, mi hijo Daniel, que estudia 3º de Violín).  
Juan Manuel Sáiz Rodrigo y la Orquesta de Antiguos Alumnos del Rodolfo Halffter. Foto: Carmen Montalbán
El precioso programa resultó en un concierto redondo, delicado, pero con mucha fuerza donde tenía que haberla. Pudimos escuchar el Preludio al Acto 1º de La Traviata, de Giuseppe Verdi (homenaje a Verdi en el bicentenario de su nacimiento); el Concierto para piano y orquesta nº 20 en Rem. Kv 466, de Wolfang Amadeus Mozart, a cargo del solista Enrique Bernaldo de Quirós; la Obertura para un Aniversario (dedicado al Teatro El Bosque de Móstoles, en conmemoración al X Aniversario de su inauguración), de Pablo J. Berlanga Rui-Díaz, y la Sinfonía nº 9, Nuevo Mundo, de Antonín Dvorak 
De Izquierda a derecha, Eduardo del Río, David Arenas y Enrique Bernaldo de Quirós
El solista, E. Bernaldo de Quirós (heredero de la gran tradición pianística rusa y, actualmente, profesor Titular en el Conservatorio Superior de las Islas Baleares), me dejó tan boquiabierta como a mi hijo Andrés, que estudia 4º de Piano. Lo habíamos escuchado ya en alguna grabación para la Orquesta de RTVE, y volvió a fascinarnos; no en vano, es uno de los pianistas de mayor proyección internacional de su generación.

Impresionante también, y muy llamativa, la pieza compuesta por Pablo Berlanga (miembro del Quinteto Lumiére) para conmemorar el X aniversario del teatro. Una fanfarria alegre, animosa y fílmica que nos dejó el optimismo pintado en la cara.
Aplausos. Juan Manuel Sáiz, Pablo Berlanga y la Orquesta de Antiguos Alumnos. Foto: Carmen Montalbán

Felicitar al Teatro del Bosque es lo mismo que decir que salí feliz de su décimo cumpleaños; con el aliento otra vez templado y listo para llevar el compás de la vida.

A continuación, les dejo los nombres de los músicos que participaron.
VIOLINES PRIMEROS: Pilar Gómez; Ana Davó; David A. Gómez; José Miguel Sanz; Sergio Madueño; María Reinoso; David Lu; Ángel Oter; Abel Cruz. VIOLINES SEGUNDOS: Mar Solano Herencia; Sara García Linares; Yaiza Palomar; Adrián Oter; Carla Sagovia; Daniel Poncela. VIOLAS: Jerónimo Valdehita; Víctor Amor; Sixto Franco. VIOLONCELLOS: Belinda Zazo; Enara Margelí; Alicia Río. CONTRABAJO: Carmen Lozano; Jorge Martínez. FLAUTA: Javier Nieto; Almudena Arillo Míguez. OBOES: Víctor Jabonero; Sara Rodríguez Plata (Corno Inglés); Jaime Villar Bermejo. CLARINETES: Matías Company Casas; Jaime González. FAGOTES: Alberto Carrero Mayoral; Jacobo García Hwung; TROMPAS: Andrea Pino; Roberto Lerma; Moisés. TROMPETAS: David Parra; Antonio Rodríguez Vera. TROMBONES: Francisco Javier Vela; Víctor Manuel Duro; Guillermo González. TIMBALES: Daniel Alonso. PERCUSIÓN: Alberto Ruiz; Yeray Míguez.

jueves, 28 de febrero de 2013

CONCIERTO EXTRAORDINARIO MUSEO DE LA CIUDAD

  
Hoy, 28 de febrero de 2013, a las 19:00 horas, Recital de Música de Cámara en el Museo de la Ciudad de Móstoles, Madrid. (C/. Andrés Torrejón, 5) por alumnos y profesores del Conservatorio Profesional de Música “Rodolfo Halffter”.

Entrada gratuita hasta completar aforo.

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François Devienne (1759-1803)
Sonata para trío en Do M
Moderato
Flauta: Laura Ferrer
Violonchelo: Eduardo del Río
Piano: Cristina Ortega
 

 
Ignace Pleyel (1757-1831)

Dúo II en Sib M

Allegro

Rondo. Allegro

Clarinetes: Marta Santos y David Arenas

Robert Schumann (1810-1856)

Tres Romanzas Op. 94

Nicht Schnell

Einfach, inning

Nicht Schnell

Clarinete: Julián Fernández, Piano: Alberto Rubio

Ludwig van Beethoven (1770-1827)

Trío Op. 38 en Mi b M

Adagio-Allegro con brío

Clarinete: Julián Fernández, Fagot: Sergio Hernández, Piano: Alberto Rubio

Ludwig van Beethoven (1770-1827)

Trío Op. 38 en Mi b M

Andante con moto, Alla marcia-Presto

Clarinete: Daniel Martín, Piano: Javier María López de la Manzanara, Violonchelo: Eduardo del Río

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Trío en Mib M (Kegelstatt) K. 498

Andante

Menuetto

Rondo, Allegretto

Clarinete: Leticia del Monte, Piano: Andrés Poncela, Violonchelo: Eduardo del Río

Bernhard Crusell (1775-1838)

Cuarteto Op. 2 en Mib M

Poco adagio-Allegro

Romanze

Menuetto

Rondo
Clarinete: David Lozano, Violín: Yaiza Palomar, Violonchelos: Silvia Álvarez y Eduardo del Río

miércoles, 13 de febrero de 2013

“Jovencitos con botines”, P.G. Wodehouse

Jovencitos con botines es un libro de cuentos del  escritor humorístico británico Sir Pelham Grenville Wodehouse, (Guildford, 1881 - Nueva York, 1975), cuyas obras describen con fina ironía la Inglaterra rural y aristocrática. Entre sus novelas destacan: Amor entre pollos, El hombre con dos pies izquierdos, El inimitable Jeeves, Jim de Piccadilly, Dinero a espuertas, y la serie que se inicia con El castillo de Blandings.
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LECTOR POR LOS PELOS

A la hora del almuerzo, los tres empleados de Autos Campamento esperaban su turno en la peluquería de La Charca, a las afueras de Madrid. No tenían nada que leer, porque el peluquero había extendido sus tres revistas en sus tres sillas, para que no le manchasen la tapicería con la grasa del taller. El aprendiz se sentó sobre el rey de España de un Lecturas de hacía dos meses; hizo rodar su asiento hasta el espejo y depositó la lata de cerveza que traía en la mano encima de un libro que había en la repisa de los secadores. Jovencitos con botines”, susurró mecánicamente este jovencito de botas grasientas. Luego, cuando el peluquero le metió la tijera, alzó la voz para formar tertulia.
 
–He venido a arreglarme las puntas porque mi madre me ha puesto un ultimátum, pero traía la esperanza de ver a Anabel aquí y quedar con ella.
 
–Yo pensaba invitar a comer a su abuela –dijo el mecánico veterano, removiendo sus posaderas sobre la Duquesa de Alba de un Qué me dices de otro invierno–. Tengo entendido que Aurelia y su nieta vienen todos los viernes a ponerse al corriente de habladurías.
 
– En ese caso, no esperéis verlas –los desengañó el jefe, dejándose caer sobre la baronesa Thyssen de un Hola de cinco semanas atrás. Hoy es sábado.
 
– ¿Sábado? ¿Qué fue del viernes?
 
– Lo tuvimos –aseguró el peluquero–, justo ayer. Lo que no hemos tenido esta semana es a Aurelia y a su nieta. Están enfrascadas en una aventura.
 
El auditorio dio leves muestras de incredulidad.
 
–Aurelia es a la aventura lo que un elefante a un tonel –calculó el aprendiz.
 
– ¿De viaje?, ¿con sus pies? –preguntó el veterano, ásperamente.
 
El peluquero agitó la cabeza y respondió, a la vez, que sí y que no.
 
– A los lectores no les estorba la artrosis –tijereteó con despreocupación–. Ni los años, ni la obesidad, ni los usuales etcéteras. Eso dijo Carmen Montalbán el último viernes que vinieron. No sé si conocéis personalmente a la buena de Carmen. Se empeña en persuadirnos de vivir nuestras lecturas y parece que no hay duda de que, con las Martínez, lo consiguió.
 
Los mecánicos brincaron al unísono en sus forrados asientos.

– ¿Lecturas? –clamó “Lecturas” anhelosamente, como pinchado por la corona de la revista llamada así.

– Ya puedes preguntarlo, ya.

– Ya lo pregunto.

El peluquero, que era un tipo sagaz, dirigió una mirada retrospectiva a través de las tijeras entreabiertas.

– ¿Queréis que me explique?... Pues veréis, Aurelia y Anabel se han convertido en lectoras por los pelos. Quiero decir que la mañana en que empezó su adicción andaban por aquí, echándose el tinte. A ellas dos les tocaba detrás de Carmen, que había venido a ponerse mechas. Por si ese viernes también se os ha olvidado, os recuerdo que hubo tormenta. El primer cuarto de hora, transcurrió en una  apacible atmósfera: el “¡Vaya tiempecito!” de rigor, la charla doméstica… Luego, cuando tenían las cabezas forradas con papel aluminio, entró por esa puerta un jovencito con botines, sobrino de no sé qué conde, que nunca había venido por el barrio.

– ¡Lo vi! –exclamó acaloradamente el jovencito de las botas–. Salió de la peluquería con el primer relámpago y llegó a la puerta del taller antes de que sonase el trueno. Yo estaba arreglando un todoterreno cuando sus botines pasaron a mi lado a gran velocidad. ¿Qué le dijo nuestro coro femenino de bellezas para hacerle correr como un Ferrari?

– Ninguna de las tres abrió la boca –suspiró el peluquero, avergonzado–. Mientras yo le engominaba el pelo a él, reinó el silencio.

– ¿Qué me dices? –silbó “Qué me dices”.

– Sorprendente, ¿verdad? Es veredicto unánime que, si la charla decae, doy unos empujones infalibles para sacar temas a colación. Esa fama tuve, al menos, hasta aquel día. Para evitar que La Charca pareciese un sepulcro, saqué unos dulces y unas botellas que me sobraron de Navidad, pero el conde era pasmosamente reservado. Para mí fue como un jarro de agua fría. No le interesaba la crisis, ni la familia real, ni el PP….

Hubo un murmullo de los tres mecánicos, que expusieron simultáneamente, y sin necesidad de ningún empujón, sus opiniones sobre la corrupción del gobierno, las estafas de la familia real, y la impunidad de los banqueros.

– En descargo del muchacho –les cortó el peluquero, de un tijeretazo–, diré que para un figurín que se recorta el bigotito no debe de ser fácil soportar la visión de tres cráneos al papillote, ¿no os parece?

Hubo una pausa no exenta de estremecimientos.

– Cuando acabé de engominarle, estaba tan nervioso que, de aquí a la puerta, fue tropezando, una tras otra, con las tres mujeres. La precipitación con que se marchó les dejó una honda huella. A la vieja, en concreto, le aplastó los juanetes. ¡Pobre Aurelia! Su boca, llena de polvorón, parecía un polvorín. Ella no es, ya sabéis, una dulce ancianita inofensiva. El patoso era un bote de jarabe en sus manos. Llegó a la acera como si no tuviera huesos y escapó completamente despeinado. Aurelia hizo pasar las migas por su gaznate con un trago de anís e intentó seguirle a bastonazos, pero lo dejó correr. Se quedó un rato atascada entre los brazos del sillón, con medio polvorón en una mano.

– También yo intenté pillar a ese gato escaldado –suspiró el aprendiz–; por dejarme hecho una sopa.

– Abuela y nieta quedaron más deprimidas que sus zapatos viendo que aquellos botines se alejaban de su alcance. Saltó la liebre; se abrió la veda y la buena de Carmen soltó con humanitario propósito que, si te embarcas en una lectura, puedes dar alcance a todo tipo de personajes y pisar sin dolor de juanetes cualquier lugar de este ancho mundo. Estuvo tan elocuente en ese punto, que las Martínez no paran desde entonces. Un día se cuelan en un pisito coquetón de Londres y, otro, son recibidas en alguna casa solariega por una pandilla de lores con loro.

– ¡Pobrecitos! –suspiró el jefe–. ¿O están enfrascadas en una revista de casas de lujo?

El peluquero, precavido, cerró las tijeras y soltó una tosecilla de advertencia.

– Están enfrascadas en un… ¡ejem!… libro.

Las sillas giratorias fueron a parar, rodando, al centro de la estancia. El peluquero devolvió a su sitio la cabeza que estaba peinando y a su desorientado propietario.

– ¿No irás a decirme que han abierto un libro que no es de recetas? –parpadeaba el chico, como quien ve visiones.

El peluquero dio unos golpes con las tijeras en la lata de cerveza del estante y en el libro que había debajo.

Jovencitos con botines, de Wodehouse –dijo–. Son cuentos de humor inglés en los que uno puede conocer a los integrantes del club de los Zánganos.

El joven de las botas les pidió permiso a las tijeras para vaciar dentro de su estómago la lata tintineante. Unos tragos después, cuando su cabeza empezó a funcionar, dijo:

– En un libro están perdidas; andarán vagando en círculos… Y, para colmo, un libro sobre zánganos –señaló al rey, bajo su trasero–. Cuando miro a Aurelia, tengo la impresión de que viene de hacer calceta al pie de la guillotina.

– Carmen abrió un libro que hablaba de chicos con mayordomo, como el que se acababa de escapar; leyó un relato de sus amores y, ¿cuál fue su sorpresa?

– ¿Que Aurelia se echó a roncar?

– Que Aurelia entró a enseñarles a esos lechuguinos enamoradizos lo que son las masas. Al primer punto y aparte, cuando manifestó su idea de desollar al pajarraco con botines que intentase hacer nido en su árbol genealógico, su nieta tragó un poco de saliva. En realidad, tragó tanta saliva, como anís tragaron las otras dos. ¡Ah!, ¡el amor! El corazón de esa chica empezó a sangrar desde el mismo momento en que empezaron a sangrar sus pies.

Una mano de hielo pareció posarse en el corazón del joven mecánico. El peluquero, que había acabado con él, puso en sus manos la lata de cerveza vacía y el libro en que se posaba, y le cepilló las recortaduras diciendo:

– Tu amor se ha ido en el dos plazas de un lechuguino de sangre azul, no te lo tomes en serio. Esos cuentos prometen un sabroso entretenimiento, aunque quizás sean demasiado alegres y brillantes para un joven al que acaban de plantar como un gladiolo. No te queda más remedio que arrojarte en brazos de la desesperación y pasar la noche contando ovejas… Cuando la cosa empiece a ponerse fea y cada oveja tome las facciones de Anabel, siempre te quedará el recurso de entrar en el libro, por tu cuenta y riesgo. Temblará como una gelatina cuando le digas que estáis leyendo lo mismo. Si a ello le sumas el corte de pelo y tus estimables prendas, te espera un idilio de lo más poético. Sin embargo, considero que es deber de buen vecino informarte de que este libro no es lo que tú consideras un refugio apacible. Vas a meterte en un lío del que no escaparás ni con barba postiza. No hay puerta de escape hasta la última hoja. Esos Apolos altos y delgaduchos te clavan una flecha en el trasero al menor descuido. Estás llamado a tener la mayor sorpresa de tu joven vida. Un surtido de fantasmas familiares; mayordomos con atizador; tías plantándole cara a todo el mundo; corredores de apuestas sin sentimientos… Tú mismo. Pero cuídate. Aurelia ya estaba en manos de un policía a los diez minutos de haber metido la nariz en esa pandilla de zánganos.

viernes, 16 de noviembre de 2012

COMUNICACIÓN A LA CARTA

Apreciado blog:

Soy una carta para ti.

Me he escrito sola. El viento me ha traído a tus manos después de releer un libro infantil de cuentos de animales que hay en mi librería desde hace años. Se llama “Cartas de la ardilla, de lahormiga, del elefante, del oso…” y está escrito por Toon Tellegen e ilustrado por Axel Scheffler. Me he divertido muchísimo y, además, he aprendido una cosa: comunicarnos es tan importante que, a veces, escribimos cartas aunque no tengamos que decir nada en particular.
Yo sí quería hablarte de una cosa concreta: la comunicación. Con los cuentos de Toon Tellegen la he comprendido tan bien, que me siento capaz de explicártela… ¿Quieres que lo intente?

El libro al que me refiero es lo que suele llamarse literatura epistolar, lo que quiere decir que está lleno de cartas.  La escritura de esas cartas es el medio por el que se comunican los animales del bosque (contexto).
La arriba firmante”. Foto: Carmen Montalbán.
Hay, al menos, una carta en cada cuento, así que (si tienes la suerte de que el cartero –el viento– las lleve a tu casa) leerás cartas de todas clases: la que vuela, la que camina despacio por la nieve, la que trepa, la que se desliza debajo de las puertas, la que va; la que vuelve…

Un animal (emisor) le escribe una carta a otro (receptor). En el caso de las cartas, el emisor también se llama remitente. Al final, si repasas el libro, verás que (en un cuento o en otro) todos los animales del bosque han enviado una carta alguna vez. Como mínimo, han firmado el escrito que todos le envían al sol. O sea, que emisores tendrás a puñados: la ardilla, la hormiga, el elefante, el oso, la tortuga, el gorrión, el cuervo…  
La comunicación entre ellos funciona tan bien, que los papeles de emisor y receptor se van cambiando. Las cartas van en los dos sentidos. Unos (y otros) escriben cartas; y otros (y unos) corresponden: las contestan... a su estilo, claro.

Los textos se parecen a quienes los redactan. Cuando tú dices algo en una carta, también la carta dice algo de ti. Cada emisor tiene su propia voz, que suena aunque él no pronuncie palabra. Las cartas del gorrión trinan y las del cuervo graznan; no importa que ellos tengan la boca cerrada. Por eso, hay cartas negras que nos ponen negros y luminosas cartas que nos iluminan; cartas amables y maternales que nos arropan al caer la noche, y cartas que rugen con voz ilegible, con cuernos, con espinas, con dientes afilados…
“Saludo al sol”. Foto: Carmen Montalbán
Quien recibe el mensaje es el receptor (que, en el caso de las cartas, se llama destinatario). Los  receptores son muy variados; ten en cuenta que se puede escribir a quien se quiera, incluso a tu querida mesa de comedor. En Cartas de la ardilla, de la hormiga, del elefante, del oso…” hay cartas para uno; cartas para muchos; notas para quien pase por aquí y las lea, y tristes cartas que alguien se escribe a sí mismo. Hay, incluso, cartas a la carta, ¡ya ves!, ¡qué curioso!

Y aún más extraño es que, entre los receptores, no sólo está la fauna de los cuentos de que hablo. Aquí, hay mensajes para todo el mundo, incluido tú. ¿O no están los lectores metidos en los libros? Eso creo. Para mí, que el autor siempre pinta la sombra del lector en sus cuentos, porque quiere que el dueño de la sombra venga luego, a leerlos.
O sea, que tú también eres un receptor de las cartas que digo. ¿O creías que no te iban a implicar estas memorias llenas de mariposas nocturnas y luciérnagas? Cuando lees un libro, te metes hasta el cuello en todo lo que el libro comunica, como si te lo enviaran en un sobre. Ya puedes saltar de alegría al recibirlo: las “Cartas de la ardilla, de la hormiga, del elefante, del oso…” forman parte de otra carta –íntima y entrañable– que el autor te ha escrito a ti, personalmente. Una carta que se ha puesto un chaquetón abrigado y ha llegado hasta tu puerta porque alguien le ha dicho adónde debe ir para que tú la leas y la releas y la metas, después, debajo de tu almohada.

Pero, ¿qué ha venido a decirte esta carta (este libro)? Eso tendrás que descifrarlo tú. Estamos hablando de comunicación; o sea, que hay un código (aquí, la lengua escrita) que el receptor tiene que descifrar (leyendo).
Después de que leas las cartas de la ardilla y compañía, verás que hay mensajes de todos los gustos y notas escritas con mil intenciones: quedar con un amigo; pedir ayuda; ofrecer consejo; felicitarte en tu cumpleaños; preguntar cómo estás; acompañar o que te acompañen; quejarse de injusticias; enseñar a escribir cartas; dar las gracias; pedir perdón; reflexionar sobre la oscuridad o rogarle al sol que alumbre.

Así pues, en cada cuento, un animal que tiene que decir algo (mensaje) elige el medio escrito por la razón que sea (porque está devorando un pastel y tiene la boca llena, por ejemplo), coge una pluma de pájaro y se pregunta dónde (canal) escribir sus palabras. Si no tiene a mano un papel (doblado o sin doblar), se busca una corteza de haya o de abedul. En ese bosque son muy imaginativos. Con tal de escribir, lo hacen incluso en témpanos de hielo, en la arena o en la piel (alrededor del ombligo)… Hay cartas calentitas, bienolientes, escritas con azúcar en pasteles. Cartas gordas, de nata y castañas asadas que alguien devorará palabra por palabra…
Por favor, a mí no me devores. Mi canal es electrónico: podría darte calambre.

Con cariño: Tu carta.

jueves, 15 de noviembre de 2012

“Cartas de la ardilla, de la hormiga, del elefante, del oso…”, Toon Tellegen – Axel Scheffler


Querido lector… lector… lector…

Una tarde de otoño, poco antes de irse a dormir la siesta, la que escribe estas palabras se dio cuenta con espanto de que sentía una gran prisa. La prisa no es rara en ella, que siempre va volando en su escoba meteórica; lo extraño es que, de repente, hasta sus gafas de leer se veían apuradas y afanosas.
Su prisa se debía, apacible lector, a que llevaba meses sin hacer ni un solo comentario. Debía escribirte algo acerca de algún libro, antes de que empezases a dudar de si ella habría existido. ¡Pero rápido!
Cerró los ojos para concentrarse. Tenía el corazón desbocado.
– ¡Eh! ¡Alto! –exclamó, intentando calmarse.
Sin embargo, antes de que pudiera evitarlo, ya había decidido qué libro buscar para enviarte, en una carta urgente, la cita que le hubiese recortado.

“Caracol”. Foto: Carmen Montalbán.

No había encontrado el libro, y ya escribía la carta, mentalmente.
Querido, queridísimo lector… lector… lector:
Repetía tu nombre porque, hasta aquí, habar contigo era más importante que lo que pensara decirte después.

He elegido cuentos infantiles porque hoy no tengo tiempo para historias largas. Se llama “Cartas de la ardilla, de la hormiga, del elefante, del oso…”. Está escrito por Toon Tellegen y tiene unas preciosas ilustraciones verdes y anaranjadas de Axel Scheffler. Su portada era blanca. Una ardilla intentaba escribir, en un pupitre, una carta a las cartas. Aunque he perdido el libro, lo recuerdo bien, porque se lo leí a mis hijos muchas veces, cuando ellos no sabían leer.  Un cuento cada noche, durante mil y una... más o menos. No voy a detenerme a echar la cuenta; pero, mientras lo busco como loca, todos sus animales vienen a mi memoria, apresurados, como traídos por ráfagas de viento. La ardilla, la hormiga, el elefante, el oso, el topo, el gorrión, el cuervo…  Aquí están todos. Llegan de todas partes y se suben unos a hombros de los otros, para que yo los nombre en el comentario que me he propuesto empezar ya mismo, con libro o sin él.
Tras dos o tres horas de búsqueda, cuando estaba a punto de ponerse el sol, la abajo firmante seguía rebuscando en las estanterías, rodeada por montañas de papeles. Parecía arrugada como una carta vieja. A gritos, resoplando, preguntó:

– ¡Pero bueno, libro!, ¿dónde te has perdido?
Ya ves que su pregunta fue algo extraña, pero estaba mareada de ver pasar títulos a toda máquina por delante de sus gafas de cerca. Como sudaba a mares, abrió la ventana y dejó entrar al viento. De pronto, los montones de letras descosidas que había por el pasillo se agitaron. El librito blanco y verde-anaranjado que asomó debajo crujió de gusto al verse libre de peso.

La abajo firmante saltó sobre él; aspiró su olor a resina y exclamó:
– ¡Por fin!

Entre las páginas perfumadas había una carta que el aire (¡Misterioso cartero!) hizo revolotear hasta sus manos. No venía firmada, pero tenía la letra de la mujer que te habla (que se había escrito ayer a sí misma para que charlasen hoy el futuro y el pasado). 
 
“Tu carta”. Foto: Carmen Montalbán.

Pensando en que las cartas siempre nos encuentran, por muy perdidos que estemos, la destinataria desdobló la nota, miró a todos lados y leyó (con las gafas ya casi en calma):

“¿Estás pensando en leer a toda prisa las “Cartas de la ardilla”?, ¿igual que si cruzases una calle? ¡Espera un momento que me dé un pellizco! La idea de que alguien pase por la literatura con atosigamiento (así, como quien juega a las esquinas) no cabe en la cabeza que tú y yo compartimos... sin partirla.
Después de tantos años, has recordado el libro porque era amable y bello. Se lo susurraste a tus hijos mil veces y hoy resuena en su memoria y en la tuya con más fuerza que un grito. Aunque con la apariencia sencilla e inocente de un cuento para niños, sus cartas y sus notas forman muy “sutilmente” todo un tratado de comunicación. Así es como se dice: “sutilmente”. Y (si quieres encontrar su doble fondo) también es así como debes volver a entrar en este libro: de puntillas.
Pasar a toda prisa por las cosas sutiles es como pasear por el jardín en apisonadora. Esta frase era tuya. Está escrita a lápiz, en el margen del libro, en medio de la mancha de tu sombra. Recuérdala si vuelves a entrar en este libro; porque (esta idea se me acaba de ocurrir) el jardín de la literatura siempre será uno de los más cuidados. Pasa despacito, respira y disfruta; no tienes que hacer más.
El autor también se tomó su tiempo en elegir las palabras justas. Te susurró frases maravillosas, pero sin abusar. Quedaste impresionadísima. Así es el lenguaje literario: con tal de dejarte perpleja, estudia hasta el último detalle. Si vacila, es a propósito: para no parecer redicho. Saca tu vida de contexto –a posta– y recuerda –a propio intento– cosas que nunca ha vivido. Pone el sol en tu honor, saca de paseo a la luna, y te hace creer que vas en un barquito, hacia el océano... Lo suyo no es mentir; es inventar. Si él habla de un pastel, la boca se te endulza con manjares que no hay en tu cocina. El lenguaje literario tiene ese poder: todo lo que él dice se hace realidad. No es más que lenguaje empeñado en gustarte, en perdurar, en quedarse contigo todo el tiempo del mundo; por eso te escribe cartas perfumadas con miel de roble que él mismo te lee con cantar afinado. Por eso se pone su traje de flores: la literatura. ¡Estaríamos buenos si tú, que tanto presumías de literata, se lo arrugas por andar con prisas!
En fin, me despido. Despídete tú. Súbete en una rama del haya o húndete en alguna madriguera, y piérdete a placer en las cartas y en las notas de estos animalitos. No hay otra manera de leer que echando el rato. Adiós. Buen viaje. Si lo pasas bien, tu carta al blog ya se escribirá sola.

La abajo firmante acabó de leer estas palabras con los últimos rayos de sol. Recogió del suelo las “Cartas de la ardilla, de la hormiga, del elefante, del oso…”, y contempló la tormenta que se acercaba. Se moría de ganas de leer; así que se acercó a su ordenador, con cuidado de no pisar los papeles desparramados, y pensó en ponerte, querido lector, unas palabras cálidas, de despedida. Mientras las escribía, entre hondos suspiros, se fue la luz. Éstas fueron las tres últimas frases que le dictó a su teclado, antes de marcharse a buscar una vela:
Queridísimo lector:
Ya no tengo prisa.
Carmen Montalbán.

miércoles, 4 de julio de 2012

Concierto para piano y orquesta de cuerda infantil en 5 movimientos de Pablo J. Berlanga


Así sonó el concierto de Pablo J. Berlanga del que les hablé en mi entrada anterior.
Piano: Andrés Poncela.
Directora: Mª Dolores Encina.
Orquesta de cuerda de enseñanzas elementales del CPM Rodolfo Halffter. Móstoles (Madrid).


“Andrés Poncela”. Foto: Carmen Montalbán

“Concierto al aire libre”. Foto: Carmen Montalbán

“Violines y piano en la plaza de los Pájaros”. Foto: Carmen Montalbán

“María Dolores Encina y la orquesta de Grado Elemental”. Foto: Carmen Montalbán

“El abrazo al compositor”. Foto: Carmen Montalbán

“Los aplausos”. Foto: Carmen Montalbán

viernes, 1 de junio de 2012

El concierto de la vida

Concierto en 5 movimientos para piano y orquesta de cuerda, de Pablo Jesús Berlanga… Ésta era la música que me tenía sin habla, comiéndome el silencio; y Berlanga el poeta (de notas musicales) al que me refería –o podía referirme– en mi entrada anterior, “Poema con carne y lágrimas”.
Pablo Berlanga es un joven compositor especializado en música audiovisual que recibió el Premio Final de carrera en la especialidad de composición en 2007 y que actualmente, además de miembro del Grupo de Cámara Lumière, es  profesor de piano, armonía, repertorio con piano e informática musical en el Conservatorio Profesional de Música Rodolfo Halffter, de Móstoles (Madrid). Pablo compuso este Concierto por petición de María Dolores Encina, Lola, profesora de violín y directora de la Orquesta de Cuerda de Enseñanzas Elementales del Rodolfo Halffter.
Recuerdo haber escuchado una pieza de Berlanga –antes de que concluyese su nueva obra– en el último Concierto de Antiguos Alumnos del Rodolfo Halffter, dirigido por Juan Manuel Sáiz Rodrigo… Bellísima Obertura que los dos músicos de mi casa calificaron de “magistral, rotunda y apoteósica”… Por cierto: del repertorio de aquel día, también me gustó mucho el concierto para guitarra y orquesta de M. Castelnuovo-Tedesco por parte de Pablo Romero Luis).

Pablo Romero Luis afinando para el bis

La razón por la que no he dicho nada hasta hoy respecto a mi asistencia a otros conciertos anteriores al de Berlanga es que el pianista que ha estrenado en Jaén –este sábado– el concierto del que hablo ahora ha sido Andrés Poncela Montalbán, mi hijo. No lo niego: el hecho de que Andrés iba a “estrenarse” como solista de piano con el estreno mundial de una obra tan bella me tenía algo nerviosa… y digo “algo” por decir “algo”. Así somos las madres.
De no ser por esa preocupación, habría aplaudido ya desde este blog el Concierto de Primavera –dirigido por Alexandre Schnieper en el Teatro del Bosque de Móstoles–, en el que la Orquesta Sinfónica del Rodolfo Halffter actuaba con el cuerpo de Bailarinas de la Escuela Municipal de DanzaRojas y Rodríguez”. El Concierto de Primavera contaba con artistas invitados como Juan Pedro Delgado y Pedro Ramírez y la Coreografía y colaboración artística de África Paniagua y Celia Pareja… Una belleza de programa. Obras de Saint-Saëns (con una deliciosa interpretación del violinista Abel Cruz Lezama), Brahms, Jerónimo Jiménez, Manuel de Falla y Rimsky Korsakov... Muy vistosas actuaciones que yo ya había saboreado en un ensayo anterior, con mi cámara de fotos.

Bailarinas de la EM de Danza “Rojas y Rodríguez” ensayando el Concierto de Primavera con la Orquesta Sinfónica del Rodolfo Halffter. A la derecha, Abel Cruz
Tampoco dije nada del pre-estreno del concierto de Berlanga, en abril. La Orquesta de Cuerda de Enseñanzas Elementales del Conservatorio de Móstoles lo interpretó brillantemente –bajo la dirección de Lola, y con Andrés al piano–, en el encuentro con que el Conservatorio Profesional de Música Pablo Sorozábal, de Puertollano, le devolvió al Rodolfo Halffter su visita del año pasado. Un éxito.
De izquierda a derecha: Andrea P. Henríquez Laurent, Laura Morena, Andrés Poncela, María Dolores Encina, Enrique Santacecilia y Pablo Berlanga en el Concierto Intercambio “Puertollano en Móstoles”
Yo entré en aquel pre-estreno tan nerviosa, que no puedo afirmar que, en un principio, estuviese oyendo nada; pero la seguridad que Lola y la orquesta le dieron a Andrés me ayudó a calmarme y una música preciosa acabó destaponándome el oído… y aún me tirita adentro. Ahora puedo decir que la visita de Puertollano fue una bonita experiencia, llena de buena música por parte de ambos Conservatorios. Recuerdo que los niños de la orquesta de Grado Elemental de Puertollano le pusieron música a un relato que iba narrando su directora, Andrea Paola Henríquez Laurent, acerca de la música en la vida de los niños; relato que me hizo pensar que el concierto de Berlanga (que, sí, tiene un sutil gustillo cinematográfico) iba ya a formar parte de la banda sonora de mi vida y, sobre todo, de la vida de mi hijo Andrés. Respecto a la Orquesta de Enseñanzas Profesionales de Puertollano, bajo la dirección de Enrique Santacecilia Oller, me resultó muy especial su interpretación del tango de Gardel “Por una cabeza”. Si no me hubiera sentido obligada a esperar al estreno de nuestro concierto, ya lo habría aplaudido antes desde este blog; de la misma forma en que habría aplaudido a Lola, y a Berlanga, y a Laura Morena González (la solista de violín en “Tovarich’s vals”, para orquesta y violín, de David Gómez Alvarado), a la orquesta de GE del Rodolfo Halffter entera; y a mi hijo Andrés, que ha “crecido” como uno de sus pianistas acompañantes y que, ahora (que tiene 15 años y cursa tercero de GP) ha sido acompañado por ella, en la calle de la Compañía, de Jaén.


Sarai Pintado y la Orquesta “Minimúsicos al unísono” en el Paraninfo del Conservatorio de Jaén
El estreno fue, pues, este sábado en otro concierto Intercambio: “Móstoles en Jaén”. Se celebró en el Paraninfo del Conservatorio Profesional de Música de Jaén; que me fascinó por su belleza arquitectónica, sus resonancias de iglesia, y uno de los pianos mejores del mundo; un gran Steinwaay que, según Andrés, “se tocaba solo” (no había más que poner, como hizo él –esto lo añado yo–, corazón en la punta de los dedos).
Un aplauso, desde aquí, para la afinada Orquesta de 4º de Enseñanzas Elementales de Jaén, “Minimúsicos al unísono”, para la profesora colaboradora en la percusión, Luisa Jiménez, para María del Mar Varón y sus arreglos, y para Sarai Pintado, que dirigió a una orquesta con mucha energía y una alegría que Lola agradeció muy especialmente. Como ha comentado el Ayuntamiento de Móstoles, la madre de Lola había fallecido el día anterior. Lola procede de una familia de músicos. ¿Recuerdan la obra “Lolita” que Antonio Guzmán Ricis compuso para su hija, la madre de Lola, y que se estrenó en Móstoles en abril del año pasado? A una mujer como ella le habría gustado que el concierto siguiera adelante. Como dijo Mateo Lorente, el director del Rodolfo Halffter, la función debe continuar.
Así que ahí estuvo Lola, sin hablar de su pérdida con los niños; intentando que no le notasen ni la más leve debilidad hasta después del último silencio. ¡Y vaya si lo logró! Fue un gran éxito. En su primer concierto en cinco movimientos, su orquesta no sólo salió del paso; sino que logró esa alquimia en que la música, que ya es preciosa de por sí, nos llenó de otras muchas emociones preciosas.
El estreno. Andrés Poncela al piano. Foto: Carmen Montalbán
A la salida del concierto, Lola se acercó a los padres que nos habíamos desplazado hasta Jaén y nos dio las gracias. Aún seguía emocionada desde que Berlanga, cuando la abrazó durante los aplausos, le dijo al oído que las madres de ambos (la del compositor murió hace meses) habían estado allí, en primera fila. Es Lola quien merece nuestra gratitud; no sólo por las oportunidades que reciben nuestros hijos; no sólo por el trabajo que les regala (dos horas semanales fuera de currículum); no sólo por la música que les enseña (lo que no sería poco); también porque, con ella, aprenden actitudes y maneras de poner orden en el concierto de la vida. Después de este entrañable y feliz viaje a Jaén, mis hijos saben que –aunque yo ya no esté— estaré con su música siempre, en primera fila, y la disfrutaré… eso sí, a lo mejor, comiéndome las uñas.