viernes 6 de noviembre de 2009

“EL INFORME DE BRODECK”, Philippe Claudel


Cuando me regalaron “El informe de Brodeck”, de Philippe Claudel, lo miré con atención, no fuera a ser que estuviera soñando, y lo estreché contra mi pecho, como si hubiera encontrado un tesoro. Seguramente, solté un grito. Después eché el cerrojo y saqué la libreta para apuntar las frases más bonitas. No soy ninguna lumbrera, pero se me había ocurrido darle a mi comentario forma de informe. No me lo ha encargado nadie, es sólo que siempre ando rebuscando, del derecho y del revés, la verdad de los libros que me caen en las manos. Puede que vuelva sobre ello más adelante.
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EL INFORME DE CARMEN MONTALBÁN
AUTOR
Philippe Claudel (Nancy, Francia, 1962), considerado uno de los mejores novelistas franceses de su generación, publicó su primer libro, “Meuse l'oubli”, a los 37 años. Su novela “J'abandonne” recibió el Premio Francia Televisión 2000; el libro de relatos “Petites mécaniques” obtuvo el Premio Goncourt de Novela 2003; “Almas grises”, su quinta novela, fue galardonada con el Premio Renaudot 2003, y su última novela, “El informe de Brodeck”, de la que ahora me ocupo, fue Premio Goncourt des Lycéens 2007.
(Ver, en este mismo blog, mi comentario de su preciosa novela breve “La nieta del señor Linh”)

Además de novelista y guionista de cine, Claudel ha sido profesor de Antropología Cultural y Literatura en la Universidad de Nancy.

TEMA: consecuencias de la guerra en el alma humana.
Como decía aquel antiguo poema, “la guerra destapa y destruye”; es una devoradora de almas que nos transforma en animales sin conciencia o nos revela que ya lo éramos. Antes o después, acabamos ahogándonos en el río de cadáveres en que hayamos nadado. Porque la guerra es porfiada. Cuando baja el telón de su espectáculo grotesco, lo que acaba es el hombre: el monstruo se queda dentro de nosotros. Al actor, colgado boca abajo, se le cae la máscara, se contempla a sí mismo y echa las tripas. Nada importa si nuestro papel ha sido el de verdugo o el de víctima; mucho después de que la guerra haya terminado, seguimos cojeando del mismo pie: la atrocidad. Vivir será un castigo. O nos convertimos en dioses caídos y espantajos empapados en alcohol, o perdemos pie en la realidad y nos vemos obligados a vagar lejos, entre vacíos negros y pesadillas.
CONTENIDO
Apenas un año después de una guerra, los hombres de un pequeño pueblo de montaña cometen un acto de crueldad incalificable ─un Ereigniës en su dialecto─: asesinan en grupo al único extranjero del lugar, a quien llaman el Anderer ─el Otro─. Brodeck, el único inocente, recibe el encargo de redactar un informe sobre lo sucedido. Debe explicar lo que pasó desde la llegada del Anderer y por qué no les había quedado más remedio que matarlo. Aunque no le conviene saber demasiado, Brodeck se ve obligado a interrogar a los culpables y a sí mismo, lo que supone una amenaza para él y su familia.
REFERENCIAS ESPACIALES Y TEMPORALES
Las parábolas van más allá de una anécdota y una identidad concretas; quizás por ello, no sabremos nunca el nombre del Anderer (que puede no ser nadie o ser todo el mundo); quizás por ello, en esta novela no se dice explícitamente de qué guerras se habla (aunque lo adivinemos) ni dónde ni cuándo, ni lo que cree o defiende cada cual: eso sólo conseguiría que nos pusiéramos de parte de alguno de los bandos. El único enemigo, aquí, es la guerra, que pasa por encima de la humanidad entera como una enorme rueda de molino.
NOVELA DE BRODECK
Al día siguiente de la muerte del Anderer, el narrador-protagonista, Brodeck, inicia el informe y, lo que es más importante, la novela que leemos. Quizás necesite aligerar el corazón del peso que lleva y la muerte del Anderer ─el Ereigniës─ sea la piedra que remueve el estanque de su memoria, pero este Ereigniës no es el único que hace que sus recuerdos choquen unos con otros, como guijarros en un torrente. La mente de Brodeck avanza, retrocede, se bloquea, se encabrita, o huye zigzagueando como un animal acosado porque ese asesinato no es la única piedra que le ha caído encima. En torno a esos otros actos vergonzosos de barbarie (que pueden acabar en guerras o proceder de ellas) está estructurada ─desestructurada─ su vida. [
APÉNDICE I]
INFORME DE BRODECK
Debo confesar que me siento perdida. La razón por la que le encargan que explique lo ocurrido al único inocente del asesinato se me escapa entre los dedos. ¿Para que los lectores comprendan y perdonen, para que los autores se perdonen a sí mismos o para que sea Brodeck quien comprenda que, si se mete en honduras, puede acabar como el Anderer?

El esfuerzo que se le pide es inhumano, porque ya nadie se comporta con él como antes y porque empieza a inquietarle que a él no le hubieran citado en la fonda aquella noche siniestra. Los lectores de la novela no leeremos ese informe, pero sí las averiguaciones que hace Brodeck para encadenar los sucesos ocurridos desde la llegada del Anderer hasta su asesinato. Trataré de simplificarlos por orden cronológico. No prometo nada. [APÉNDICE II]
OPINIÓN PERSONAL
Durante mi lectura, me di cuenta de que estaba asistiendo al fenómeno de la narración como si fuera un truco de magia. No sé si será porque Claudel crea un ambiente rutilante, como de manto de hada, pero yo tenía la sensación de que, en algún momento, mientras anotaba en mi cuaderno sus palabras de luz múltiple, desaparecería el libro y aparecería una muñeca muerta o algo por el estilo. No sé por qué razón pensé en “Los otros” ─otros otros─, aquella película de Alejandro Amenábar en que parece que hay fantasmas en la casa y, al final, son los protagonistas los que resultan estar muertos. ¿Y si Brodeck no hubiera regresado? ¿Y si Poupchette no hubiera nacido? ¿Y si Emélia no hubiera salido jamás del granero? ¿Y si lo que se sienta en la silla de la cocina no e Fédorine, sino su ausencia? ¿Y si no queda ni un alma en el pueblo? ¿Habrá existido el Anderer siquiera?

Pensarán que estoy mal de la azotea o que soy como esos animales que se ponen nerviosos con los golpes de viento, pero las pistas están ahí, si quieren verlas: los sueños que alejan a Brodeck del mundo; el viejo que lo ayudó a su regreso del campo; la inmaculada sonrisa del Anderer; el asunto de los zorros muertos; el perro sin amo; esa la carretera a la que a nadie se le ocurriría ir jamás; los senderos que pierden el trazado; el fantasma de un prado que no ha acabado de reencarnarse en ciénaga, y, sobre todo, la curiosa historia de Bilissi, aquel pobre sastre que abrazaba el aire sin darse cuenta de que jamás de los jamases había tenido una hija. Claudel siempre mira más allá de las cosas. Su sutileza es tal, que no acabo de ver si la verdad va por ahí. No sé a qué carta quedarme y no quiero saberlo: prefiero la duda. La guerra nos rodea de muertos que ya nunca nos abandonan. Ese mensaje, llevado en “La nieta del señor Linh” hasta sus últimas consecuencias, aquí es una de las lecturas que se pueden hacer (yo, al menos, la he hecho). Que cada lector comprenda lo que quiera. Lo que a mí me importa ahora es que, si el narrador va por ahí creyendo que lleva de la mano a su hija, es verdad para él, y como verdad la acepto. Esté en el estado en que esté ─cuerdo o loco; vivo o muerto─, lo que importa es que Brodeck puede contarlo. Luego, ya, sí; luego, ya, una vez que termina su informe y su novela, el pueblo se borrará de su mente, como se borró el pueblo desde el que había llegado. Luego, ya, tampoco el Anderer se quedará en la historia (me refiero a la historia de ese pueblo, no a la nuestra). No quedará ni rastro de él, ni siquiera un nombre para recordarlo.

Por mi parte, después de terminar la lectura, me encasqueté la gorra hasta las cejas, agité la mano para desentumecerla, y me quedé en mi escondite, inmóvil, un buen rato. Ya había cerrado el libro, pero seguía abrazada a él. Tenía la sensación de continuar sumergida en un mar a la vez oscuro y deslumbrante. El autor me acababa de decir algo muy serio: que, después de una guerra, todos podemos acabar matando ángeles. En medio de su clima misterioso, el mensaje restalla igual que un látigo en la grupa de un jamelgo, pero la voz con que nos lo da es como un agradable bordoneo de guijarros en un río cristalino. Claudel le toma al pulso al mundo para echar la guerra a escobazos, y da gloria cómo lo hace. Es como si dominase una lengua mágica. Aún siento en mis oídos la música de sus palabras ─agudas y brillantes como esquirlas─ y en mis manos el dolor de haberlas copiado. Mis novelas están sin escribir y yo aquí, apunta que te apuntará. Espero que el autor no se lo tome a mal (desde aquí, le pido disculpas) pero, para hacer este comentario, he acabado copiando su libro entero. No podía parar. Creo que no me he dejado ni una palabra.
AGRADECIMIENTOS
Bien, ya me he explayado. Ahora sólo me queda decirle a Philippe Claudel que se lo agradezco infinito y recordarles a ustedes que mi nombre es Carmen, Carmen Montalbán. Recuérdenlo, por favor.
BIBLIOGRAFÍA
CLAUDEL, Philippe. El informe de Brodeck. Soriano Marco, José Antonio (trad.). Barcelona: Salamandra, 2008. 280 p. ISBN: 978-84-9838-186-3

BIOGRAFÍA DE BRODECK HASTA LA LLEGADA DEL ANDERER

APÉNDICE I de El informe de Carmen Montalbán”, acerca de la novela “El informe de Brodeck”, de Philippe Claudel.

1) I Guerra (I Ereigniës). A los 4 años, Brodeck vaga abandonado entre las ruinas y los muertos que la guerra ha dejado en su pueblo, en el vientre podrido de Europa. La vieja Fédorine lo sube a su carreta, entre relucientes manzanas rojas, y se lo lleva lejos de ese lugar, del que, pronto, no quedará nada. Sin otra opción que mirar adelante, encuentran un pueblecito de 400 almas entre cimas y abetales. Es un paraíso de nieve inmaculada y hierba tierna en que se oye la risa de las hadas. Sus lugareños tienen la simpatía de un cardo borriquero, pero son hospitalarios, porque no han sufrido aún ninguna guerra.

2) Barbarie en la ciudad. Cuando Brodeck crece, el pueblo lo manda a estudiar al país vecino, donde se enamora de Emélia. La ciudad, al borde del caos, le resulta hostil. Los parados exigen pan y trabajo. Los extranjeros empiezan a ser mal vistos. La barbarie se desata (II Ereigniës) y la multitud forma alborotos demenciales, transformada en un monstruo que revienta cráneos a bastonazos.

3) II Guerra. Brodeck vuelve al pueblo ─con Emélia─ porque cree que las montañas formarán una muralla segura, pero incluso este rincón es ocupado por un escuadrón de los vencedores. El capitán domina su reino de terror haciendo rodar una cabeza (III Ereigniës) y exigiéndoles a los demás que, para no acabar también como ocas degolladas, limpien el pueblo de extranjeros. Brodeck será una de las dos víctimas de esa limpieza, que es producto del miedo de los demás.

4) El vagón. IV Ereigniës. Brodeck lo protagoniza ─como verdugo─ la quinta noche de viaje en el vagón atestado de un tren, camino de no sabe dónde. Va muerto de sed, dando bandazos contra una joven madre que oculta entre la ropa una garrafa de agua. Es al mal trago de ese vagón adonde la mente de Brodeck se empeña en llegar a través de su novela.

5) El campo de exterminio. El viaje en tren lo lleva a un campo en el que vivirá atado a una estaca, convertido en el perro Brodeck. Son tantos los Ereigniës que sufre allí (al menos, un ahorcamiento al día) que prefiero no contabilizarlos. Si sigue vivo, es porque desea volver con Emélia.

6) El regreso. Acabada la guerra, casi dos años después de su detención, Brodeck regresa al pueblo. Sus delatores lo miran con estupor y borran su nombre del monumento a los muertos. El escuadrón se ha ido. Brodeck empieza a zurcir su pasado y su presente junto a Emélia, Fédorine y una preciosa niña que antes no conocía, Poupchette. Evita las multitudes, escribe informes sobre la fauna y la flora del bosque, y sobrevive del único modo que existe para sobrevivir allí: procurando no hacerse notar y parecer tosco como un cencerro. Ya sabe lo que le hicieron a Emélia (V Ereigniës), cuya mente está en el abismo desde entonces, pero Brodeck no quiere saber quién se lo hizo. El perdón es el comienzo de la vida.

ENCADENAMIENTO DE LOS HECHOS EN EL INFORME DE BRODECK

Apéndice II de “El informe de Carmen Montalbán”, acerca de la novela “El informe de Brodeck”, de Philippe Claudel

1) Llegada del Anderer. 13 de mayo. Llega por la carretera de la frontera, a caballo y muy cargado, pero no vende nada ni se ha extraviado. Desde la guerra, es la única persona que visita el pueblo. Es un personaje curiosísimo: parece fuera del tiempo, el espacio y la gravedad y llama por su nombre a su yegua y a su asno (el señor Sócrates y la señorita Julia).

2) Acto en su honor. 10 de junio. Se organiza para darle la bienvenida y averiguar algo sobre él. El Anderer escucha sonriente el discurso del alcalde, da las gracias y se inclina ceremoniosamente, pero no se presenta. La gente sigue sin saber cómo se llama, de dónde viene ni a qué.

3) Desconfianza en aumento. A medida que se prolonga su estancia en el pueblo, su silencio cada vez da más que hablar. Brodeck charla con él por primera vez el 10 de julio. El Anderer se confiesa amante de los paisajes y los retratos, y le pregunta el nombre de las cimas. Brodeck se las nombra ─no son ningún secreto─ para que él las anote en su cuaderno, pero eso le trae problemas con los lugareños desconfiados, que no paran de darle vueltas a lo que pueda estar tramando el Anderer.

4) Hecatombe de los dibujos. 24 de agosto. El Anderer convoca en la taberna a los hombres del pueblo para hacerles un homenaje mostrándoles sus retratos y sus paisajes. Invita a beber a todo el mundo. Los retratados, ya borrachos, no se gustan. Se ven a sí mismos ─lo que son y lo que han hecho─ y, bramando como animales, rompen los dibujos en mil pedazos.

5) Salvajada contra las bestias. 3 de septiembre. Alguien quiere darle a entender al Anderer que debe marcharse y, para conseguirlo, paradójicamente, comete una salvajada contra su yegua y contra su asno. Las muestras de dolor del Anderer hielan la sangre. Pero, salvo a él, esa crueldad no escandaliza a nadie. Se llega a decir que sus animales sólo podían ser criaturas del diablo y, como tal, empieza a temerse al dueño; sobre todo, después de la puesta de sol, cuando sale a chillar “¡Asesinos!” ante todas las puertas.

6) VI Ereigniës. Comienzos del otoño. Brodeck llega a la fonda por mantequilla y comprende que esos 40 hombres, a los que conoce desde hace años, acaban de matar al Anderer. Con la ira, la vergüenza y el miedo en el rostro, resultan más feos que una horda de bárbaros.

viernes 16 de octubre de 2009

“Primavera con una esquina rota”, Mario Benedetti

“Primavera con una esquina rota” nos muestra cómo afectan el exilio y la prisión a las víctimas de las dictaduras; y, más concretamente, de la que vivió Uruguay entre 1973 y 1985.

Los puntos de vista de sus personajes van alternándose en distintos grupos de capítulos. INTRAMUROS (EXTRAMUROS después) es la historia de Santiago. En HERIDOS Y CONTUSOS se recoge el punto de vista de Graciela, su mujer; en DON RAFAEL, la visión de su padre; en BEATRIZ, la de su hija y, en EL OTRO, la de su amigo Rolando. Además, en EXILIOS, se intercala el testimonio del autor, el escritor uruguayo Mario Benedetti, que durante años vivió exiliado en Argentina, Perú, Cuba y España. El contexto, a veces, supera al texto. Esta obra funde, pues, la narrativa y el periodismo; la peripecia y la novela.

Además de “Primavera con una esquina rota”, que recibió en 1987 el Premio Llama de Oro de Amnistía Internacional, Mario Benedetti (Paso de los Toros, 1920 – Montevideo, 2009) escribió más de 70 obras de todos los géneros (narrativos, dramáticos y poéticos). Cito sólo algunos títulos: “Poemas del hoyporhoy”, “Viento del exilio” (poesía); Montevideanos”, “Con y sin nostalgia” (cuento); “El país de la cola de paja”, “El escritor latinoamericano y la revolución posible” (crítica político-social); “Pedro y el capitán” (teatro) y novelas como “La tregua”, “Gracias por el fuego”, “Viento del exilio”, “Geografías”…

Joan Manuel Serrat puso música a varios de sus poemas en “El sur también existe”.
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PRIMAVERA ES UNA PALABRA ENORME
La primera vez que oí hablar de “Primavera con una esquina rota” fue cuando una lectora de “Estás en la luna” me contó este verano en una carta que “mi uso lúdico de léxico y sintaxis” le había hecho recordar los avatares de la literatura y la palabra en esta obra de exilios. Desde que era botija, me fascinan las historias que hablan del habla; así pues, me hice con el libro que tengo en las manos. No era para menos. ¿Ha estado nunca más viva una lengua que cuando recorremos otras geografías, recreando el país que nos prohíben pisar? ¿Qué suena más hermoso y más amargo que las canciones del que no canta? ¿Quién de nosotros pierde el hábito de decir “vidriera” y comienza a decir “escaparate” si mira al otro lado del mismo cristal? El viento del exilio hace que el hablante pase del “carajo” al “coño”; del “cabayo” al “cabaio”. ¿Y los sobreentendidos?, ¿no se echarán de menos al cambio de país, entre pretéritos no compartidos?

Venga pues. Miro el primer capítulo ─Esta noche estoy solo─ y me alegro de estar en casa, con mi gente. Para leer, no necesito armar un biombo.

Como digo arriba, Benedetti sabía lo duro que es el hueso de vivir distante; por eso les hizo sitio en esta novela a sus EXILIOS reales (propios y ajenos): porque, supongo yo, él también quería quitárselos de encima haciéndonos señas desde el archipiélago humano de los refugiados.

¿Y la ficción? Te cuento. Santiago es el único personaje no exiliado (su exilio es interior). Está preso por subversivo. Cuando su país ─Uruguay─, que era una asentada democracia liberal, pasó a ser una dictadura militar, él pasó rápidamente a la cárcel. Se negó a cruzar los brazos y empezó a estar perseguido sin haber matado a nadie… ¿o sí? Agárrate, viejo, cuando sepas a quién. Después de una temporada en el enterradero, lo apresaron. Su clan acabó en desparramo; su familia exiliada, y él adentro, sí, pero apartado.

Santiago es buena gente; un hombre con acervo cultural y cultura política. Aunque está condenado a la soledad, se siente dinámico. No le mete miedo al miedo. No delata ni se afloja. No pierde el equilibrio así nomás por unos sabuesos que sí que tienen algo demencial. Lo que le preocupa es el tiempo que hace que no ve a los suyos y el que acaso transcurra hasta que vuelva a verlos. Mientras tanto, para no enloquecer con la clausura, administra su imaginación y su memoria. Recuerda días que le dan ganas de seguir viviendo. Razona. Canta tangos sin volumen, calladito. Mira las manchas de la pared de la celda y las describe en sus cartas (que consideran a la vez al censor y al destinatario). Porque en este lugarito todo parece lejano y, aunque nunca lleguen a ser puertas, las cartas son ventanas abiertas a las calles y a la gente querida.

Yo no sé si aguantaría, dicho sea de paso. Vaya uno a saber qué defensas genera. ¡Qué bárbaro! ¿Vos te habituarías a la capucha? Yo no. Con mis tornillitos a medio aflojar, no habría razonamiento que valiera.

Pongamos las cosas en claro: los demás personajes no se sienten mucho mejor que el preso. No mijito. Por ahí vas mal rumbeado. El exilio no es tan así. Los otros cuatro no están presos, pero están aprisionados en la situación.

Graciela está desajustada, herida y contusa, porque no va con la lejanía. Ahora que Ulises sueña con volverse hogareño, ella sueña con otro. No se conforma con tejer y destejer.

El otro es el duque, Rolando Asuero, para servir a usted y a su señora. Este experto en la semántica de cuerpos, tan amigo de Santiago, se ha quedado turulato ante Graciela. El futuro se avecina espeso. Qué situação.

Quien mejor se ha apoderado de los nuevos derroteros (aunque “derrotero” venga de “derrota”) es don Rafael. Se ha atrevido a soltar el bastón, porque es un viejo recomenzante. Rejuvenece. O está en ello. Ha recalado en un país llamado Lydia y, como a veces dice, está lydiando. Su única joda es que tiene al hijo preso.

¿Y Beatricita? Muy avispada para sus 9 años. De repente, diseña un sol verde ─porque no tiene retórica del cielo─, pero define con tino y con gracia el mundo en que vive, al mismo tiempo en que el mundo se va formando ante ella.

Sí, es en el poder creador del lenguaje donde la novela se torna milagrosa. No hay más que repasar los refranes de don Rafael (currículo de un dios que da con el mazo, como los escuadrones de la muerte) o las lecturas de otros personajes ("Pedro Páramo",
"El extranjero", "Tarzán de los monos", "Oda a la primavera"…).

Importan las palabras verdaderas. Entre los muros de la prisión, la que más se baraja es “puerta”; pero luego, al otro lado, florece la palabra “primavera”. La primavera es vital para el protagonista desde que su madre, una mujer desmesuradamente mesurada, murió (como había deseado) oyendo La Primavera de Vivaldi. Quizás por eso, cuando Santiago recupera su vida ─extramuros─, vuela a recuperar su primavera, aunque se le haya roto alguna esquina. Abandona el estilo epistolar y los signos de puntuación porque las manos de hada de la primavera todo lo desencadenan. ¿Lo bueno?, que Santiago todavía existe; ¿lo bravo?, que padece optimitis aguda. Va a reunirse con Graciela creyendo que su vida recomenzará. Él no sabe el libreto que vos y yo conocemos. Ahí termina la novela. Ahí empieza la película. Puta vida.

Me dejo caer en la silla y miro a mi alrededor. Después de habitar los seis metros cuadrados de la celda, mi cuarto parece el salón de los pasos perdidos. Veo dormir a los míos y me encajo la boina, porque tengo la impresión de que me ha pasado un vendaval por dentro. Me he corrido una fiesta con Benedetti, pero nunca imaginé que el estar feliz incluyera tanta tristeza. ¡Qué cosa bárbara! Soy la misma y soy otra. Tras el triunfo de los golpes militares, que siempre han ulcerado la historia del planeta, la literatura es mi patria suplente. Es increíble cuánto puede hacer todavía un borrón, unos versos comunicantes, un cuento nuevo… Si nos ponen la capucha, siempre habrá algún autor al pie de las letras que nos haga ver dentro de los ojos cerrados.

Y ahora me despido. Voy a contar milicos a ver si me duermo. ¿O cuento primaveras con esquinitas rotas?

Posdata (por si cae por aquí algún dictador): le digo a usted lo mismo que le dijo Benedetti, "por favor, no se duerma y vigíleme".

miércoles 23 de septiembre de 2009

“Cometas en el cielo”, Khaled Hosseini

Cometas en el cielo” es el primer libro de Khaled Hosseini, un médico musulmán que se refugió en Estados Unidos tras la entrada de los talibanes en Afganistán. La novela narra la vida de dos niños afganos -Amir y Hassan-, amigos inseparables hasta que Amir traiciona la fidelidad incondicional de Hassan con dos actos de cobardía de los que tendrá que redimirse un cuarto de siglo más tarde.

Aparte de la historia vital de los protagonistas, “Cometas en el cielo” cuenta los cambios que ha sufrido Afganistán durante dos largas décadas de guerra continuada (miseria económica, aparición del fanatismo religioso, desgracias personales, limpieza étnica…).

Simplificando, el contexto histórico podría resumirse así:

  • El 17 de Julio de 1973 el príncipe Daoud Khan acabó con la monarquía de su primo Zahir Shah mediante un golpe de estado y se convirtió en el primer presidente de la república.
  • En 1978 se instaló un gobierno comunista, pero la guerrilla de los muyahidines, provocó la intervención del ejército soviético. Los fundamentalistas, por su parte, fueron apoyados por Estados Unidos (en el contexto de la Guerra Fría), Arabia Saudita, Pakistán y otras naciones musulmanas.
  • En 1981 miles de afganos (incluido el protagonista de la novela) huyeron de Kabul, ocupado por los comunistas, y de la guerra afgano-soviética que asolará su país hasta 1989.
  • Tras la retirada de las tropas soviéticas, se reanudó la guerra civil.
  • La Alianza del Norte asumió el mando de Kabul en 1992, hasta que, en 1996, los talibanes expulsaron a la Alianza e impusieron su régimen. Los afganos pensaron que, al fin, se restablecería la paz, pero el racismo, el extremismo religioso y la versión de la ley islámica de los talibanes (imposiciones, prohibiciones, ejecuciones, lapidaciones… “justicia pública”) acarrearon más terror.
  • En 2001, tras los atentados del 11-S, Estados Unidos bombardeó Afganistán, derribó el régimen talibán, e hizo que la Alianza del Norte subiera de nuevo al poder de un país ya totalmente sumido en la miseria y que aún no ha conseguido estabilizarse.
Khaled Hosseini ha escrito, además, “Mil soles espléndidos”.
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AL HILO DE LAS COMETAS

La otra noche vi en televisión una exhibición de cometas. “Cometas contra los talibanes”, según el texto al pie de la imagen. Antes de dormirme busqué la novela “Cometas en el cielo” y la dejé abierta junto a la ventana. Aún creí que soñaba cuando, horas después, el libro de Khaled Hosseini me despertó batiendo las alas al viento, como una cometa a la que llevan los demonios.

Acepté la invitación a la lectura, que también comienza con un despertar. Tras 26 años intentando olvidar y ser olvidado, una cometa en el cielo de San Francisco, su hogar actual, trae a la memoria de Amir ─el protagonista─ aquella ocasión, en Afganistán, en que rompió la cuerda de la cometa de la infancia y se convirtió en el hombre que ahora es. Ahí está el primer giro de estas páginas: Amir planea en el cielo del presente hasta que el pasado se abre paso a zarpazos, se sustenta en el aire, y cae sobre él, en picado.

El hilo conductor de la historia es el hilo de vidrio cortante de aquella primera cometa que Amir y su amigo Hassan volaban a los doce años, sobre el cielo de Kabul. El día en que la cuerda se lió fue el día en que las largas colas azules de la cometa de la infancia cayeron sobre la nieve y la llenaron de oscuras manchas de sangre, de cobardía, de pasos en falso, de remordimientos…

Seducida por las palabras del autor y arrastrada por la memoria del protagonista, vuelo en mi pájaro de papel desde Estados Unidos hasta los precipicios de tierra de Afganistán. El país que bulle bajo mis pies es otra galaxia. El miedo está en todas partes, dispuesto a zarandearme por maltrechas carreteras, entre escombros, mendigos y tanques quemados.

Pese a todo, los flashback bien traídos de Khaled Hosseini (idas y venidas de aquella cometa) hacen que el terreno, al principio, no parezca tan abrupto. No entro en Kabul la tarde invernal de la caída en picado, sino un largo e indolente día de verano. Me siento casi como una turista en el paraíso recobrado de la infancia. Porque el Kabul al que llego tiene los pies desnudos colgando de una rama y hace que la luz del sol entre en las casas con la ayuda de trozos de espejo. El Kabul al que llego, sabe a kabob, a garbanzos con salta picante, a moras, a granadas… El Kabul al que llego huele a higuera, a piel de naranja, a jardín de caléndulas.

Es un mundo tan evocador, que siento que el autor lanza guijarros en el fondo de un pozo y me detengo a escuchar el plinc. Los dos amigos de los que me habla, Amir y Hassan, aún se sienten sultanes de Kabul. Se quieren como nadie se ha querido o se querrá jamás; aunque uno sea un pastún y otro un hazara; uno sunita y otro chiíta; uno siervo y otro amo…. Puede que Amir no esté a la altura de luchar cuerpo a cuerpo contra un oso (como luchó Baba, su padre), pero Hassan da la cara por él y disparará nueces con tirachinas para ocultar su cobardía cuando haga falta… y mil veces más.

Una felicidad así me asusta. No me libro de la sensación de estar deslizándome hacia una caída segura (Despreocupado estaba el amor y llegaron los problemas). Presiento que iré a parar a una callejuela ruidosa ─en medio de un laberinto de ellas─ en la que va a pasar algo muy malo. Y, claro, voy. Ahí quería llegar el autor, al momento en que nacen las púas de la culpabilidad que, 26 años después, pincharán a Amir para que regrese, le plante cara al oso (el miedo, la mentira, la traición) y se redima.

Es el segundo giro importante: el regreso verdadero. Khaled Hosseini me hará volar desde el Afganistán paradisíaco de los años 70 hasta el Afganistán contemporáneo. Sin el dulzor de los recuerdos, el mundo no me parecerá un contorno borroso de caras alegres. Que Dios me asista. El trayecto es capaz de romperme los huesos. Kabul se ha convertido en indigente. Ya no hay luces de neón ni restaurantes. En lugar de eso, sobrevolaré montañas acribilladas por las bombas, nubes de polvo, tejados rotos, excrementos, cadáveres y paredes de adobe llenas de metralla…

Tengo miedo de cambiar de idea y decirme a mí misma que no voy, que no sigo, que no leo. Me arriesgo a que me golpeen la cabeza con la culata de un kaláshnikov o a tropezar con una mina antipersonal. La masacre está a la orden del día. No sé si tendré fuerzas para familiarizarme con la visión de hombres que desentierran cuerpos entre los escombros y de niños famélicos que pronuncian “cordero” y solamente saborean eso, la palabra.

Pero Amir, que rompió su niñez por cobardía, ha de hacer algo heroico para que otro niño no se rompa. La infancia ha de ser dulce como el azúcar, aunque haya que volver a volar cometas prohibidas. Así pues, me disfrazo de hombre; me pego a la cara una barba negra, y me interno con Amir en la calle de los invitados. ¿Qué otra alternativa tenemos?

Assef, su enemigo desde la infancia, ha dejado de ser niño pero no de ser enemigo. Su manopla de acero ha crecido. Él siempre fue un perro rabioso cuando se enzarzaba en peleas callejeras; pero, desde que es talibán, su pandilla ha crecido. Se ha hecho de la patrulla de los barbudos, capaces de convertir seres humanos en amasijos de sangre y tela. Y él, como siempre, líder. Es el primero en apedrear adúlteros, violar a niños, apalear a mujeres por llevar tacones y masacrar hazaras en el nombre del Islam. Su fe ha crecido. Sólo para de matar para comer y rezar.

No quisiera estar en la piel de Amir. Yo, al menos, cuento con el visado del autor para moverse de una página a otra. Sus palabras son puertas secretas, y tengo las llaves de todas ellas. Según las voy abriendo, Hosseini me va haciendo revelaciones que son como martillazos entre los ojos o nueces disparadas con tirachinas.

Cuando el silencio aprieta el botón de off con la palabra “fin” y se cierra la última puerta, miro a mi alrededor, desorientada, como si todo hubiese cambiado de lugar. ¿Si acaba bien?... No es por no estropear el final, pero creo que eso no lo sabe nadie. Yo me quedo con una sonrisa, aunque sea minúscula. He vivido una experiencia bella y aterradora. Me pregunto cómo seré capaz de leer el próximo libro. El Ministerio del Vicio y la Virtud no permite que la mujer diga en voz alta ni una maldita palabra, pero yo me mearé en las barbas de quien pretenda prohibirme gritar que “Cometas en el cielo” es una buena novela.

lunes 10 de agosto de 2009

“JUNIO 09, ÁLBUM DE VACACIONES”, Carmen Montalbán

Carmen Montalbán. Foto: Bianca

Si he de pedir disculpas por mi ausencia,
es porque, en vacaciones,
"Otros mares". Foto: Carmen Montalbán

me pierdo en otros mares;

"Carmen Montalbán". Foto: Eduardo Poncela

naufrago en otras islas;

"Otros puertos", Carmen Montalbán

recalo en otros puertos;


"Otras redes", Carmen Montalbán

y caigo en otras redes


Foto: Eduardo Poncela.
De la exposición colectiva de pintura del Grupo de J. Martínez Solar
en la Casa de la Cultura "Valle S. Jorge", en Nueva de LLanes

y otras artes.

Si he de pedir disculpas,
es porque, en estos días,

"El cielo de Asturias", Carmen Montalbán

leo demasiadas páginas del cielo
y, aunque metida siempre en reivindicaciones,



"SOS Guadamía". Foto: Eduardo Poncela

me quedo ensimismada

"La lluvia se acerca", Carmen Montalbán

viendo venir la lluvia

"Lluvia en mis flores", Carmen Montalbán

y caer sobre las flores
y llenarme la casa
con el olor azul de las naranjas

"El mundo al sol", Carmen Montalbán


domingo 28 de junio de 2009

“El chino”, Henning Mankell


El escritor y dramaturgo sueco Henning Mankell (Estocolmo, 1948) cobró fama internacional con el inspector Wallander, protagonista de una larga serie de novela negra (“Asesinos sin rostro”; “Los perros de Riga”; “La leona blanca”; “El hombre sonriente”; “La falsa pista”; “La quinta mujer”; “Pisando los talones”; “Cortafuegos”; “Antes de que hiele”…)


No es Wallander quien protagoniza “El chino”. En esta novela policiaca de denuncia política, la construcción del ferrocarril en Estados Unidos desencadena, muchos años después, una masacre en Suecia; tragedia que tendrá repercusiones en China y en África.


Otras obras de Mankell son: “El retorno del profesor de baile”; “El cerebro de Kennedy”; “Profundidades”; “Zapatos italianos”; “El secreto del fuego”; “Jugar con fuego”; “La ira del fuego”; “Comedia infantil”, etc.

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ESCRIBIR DE LOS QUE ESCRIBEN


Madrid. Calor sofocante. Inicios del verano. C.M. se levanta pronto por culpa del mosquito sediento de sangre que ronda su cama. “El chino” está abierto sobre su mesilla, junto al bloc de notas.


En esta novela, escriben todos los personajes importantes. Componen sus historias ─en cartas y diarios─ tanto J.A., el colono sueco que se marchó a América a mediados del XIX, como uno de los chinos a quienes explotaba este capataz racista. Escribe el poderoso descendiente del chino ─más vengativo que el capitán Nemo─ y escribe la hija adoptiva de los descendientes de aquel capataz; una jueza que redacta sus sentencias junto a los borradores de sus canciones secretas…


C.M. echa de menos algunos fragmentos de esos testimonios (que se prometen unos contrapunto de otros). Mankell, que también escribe, compone su historia alrededor de ellos; pero, excepto alguna frase de J.A., lo más largo que trascribe es el juramento de juez y alguna que otra lista de asesinados. C.M., que se comporta a veces como una reportera que hubiese llegado antes que nadie a dar cuenta de lo que leído, no puede por menos de escribir ─también ella─ este comentario… eso sí, lo hace con una gratitud angelical y conforme a su mejor criterio y conciencia.


La abajo firmante, comienza sus anotaciones estructurando lo que acaba de leer, para pedirle a su memoria que registre los detalles.


1ª parte. Actualidad (2006). Dieciocho personas ancianas y un niño, emparentados todos con los Andrén, aparecen asesinados y mutilados en un pueblecito perdido de Suecia. La Policía sospecha que la masacre es acción de un perturbado pero la jueza Birgitta Roslin descubre un suceso similar, ocurrido en Nevada a otros Andrén muchos años atrás.


2ª parte. Pasado (1860) Miles de chinos fueron llevados a Estados Unidos a trabajar casi como esclavos en la construcción del ferrocarril; entre ellos, los hermanos Wu, San y Guo Si. Estos chinos son maltratados por su capataz, un sueco de cuyos parientes hemos tenido noticias en la primera parte.


3ª Parte. Engarce presente–pasado (140 años después de los agravios). Un descendiente de los chinos mortificados ─Ya Ru─, muy poderoso hoy, decide vengarse; una descendiente (aunque adoptiva) del opresor ─Birgitta Roslin─ intenta averiguar la clave de los asesinatos.


4ª Parte. Engarce pasado-futuro. A las puertas de los JJOO, cuatro millones de chinos pobres serán enviados a África, donde los poderes políticos que encarna Ya Ru emplearán los mismos modos colonizadores que habían empleado en América con sus antepasados... Birgitta Roslin está sentenciada: sabe demasiado del asesinato múltiple de su país. El Chino estará más seguro si ella también acaba con un hachazo en la espalda...


C.M. jura y declara por su honor y conciencia que sentía curiosidad. Ante una tentación tan poderosa, lo más sensato era colgar el cartel de “No molestar” y entrar en una historia con la que ella, en principio, nada tenía que ver. Tan absorta leyó que, mientras lo hacía, no tuvo ni deseo ni intención de abrir su bloc de notas. Henning Mankell la había atrapado en una trama con ingredientes de best seller: saltos en el tiempo; más vueltas por el mundo que Marco Polo (en este viaje, C.M. ha pisado ciudades modernas y pueblos malditos de todos los continentes salvo Oceanía, y ha cruzado todas las zonas horarias); odio aniquilador; el leitmotiv de la venganza; escandalosos titulares; suspense; poder; metas sobrehumanas…


C.M. mantiene y mantendrá que la atrapó el olor de la sangre de los crímenes atroces de la primera parte; que la interesaron las desventuras de los chinos en la segunda; que seguía estando alerta en la tercera, como un animal inquieto, mientras trataba de relacionar el presente y el pasado, y que contuvo la respiración, temiendo por la protagonista y por el futuro de África y de China, en la última…


Entonces, si aceptó el caramelo, ¿por qué sigue habiendo en ella cierto retraimiento? Tal vez, el problema no estribe en cada parte, por separado, sino en el modo de trenzar el género negro y la novela política y de denuncia. Como quiera que sea, el ritmo trepidante del comienzo y la magnitud de su baño de sangre habían hecho que C.M. esperase una resolución más centrada en los 19 cadáveres mutilados que la tuvieron en vilo en el primer cuarto de la novela. En las proximidades de la literatura hay que ser cauto y paciente; pero, o naces con las dotes de Hitchcock para hacer que funcionen los cambios bruscos sin previo aviso, o el lector se queda frío cuando ─tras tanta investigación y tanto crimen sin precedentes─ lo policíaco se esfuma como un lobo solitario entre los bosques infinitos de Suecia. ¿Que el género negro era sólo el arranque? Entonces, ¿a qué venían tantos detalles acerca de las veces que ha estado casada la jefa de policía o la regularidad con que se tiñe el pelo? No sé si me explico, pero, si lo más significativo iba a ser la novela-denuncia, tal vez es en personajes importantes para esa denuncia (Hong y Sang, por ejemplo) en los que habría que haber hecho hincapié.


Los tejemanejes del Chino también intrigan, es cierto. El suspense, si cabe, se acentúa; sólo que la naturaleza de ese suspense es más política que policíaca. Mankell pone una lupa de muchos aumentos frente a los objetivos del Chino. C.M. no piensa inmiscuirse en cómo organiza el autor su trabajo, ese no es su estilo; no obstante, sospecha que todo funcionaría mejor si la novela no comenzase con el juramento del cargo de juez, del Código Procesal, sino con algún fragmento del diario de ese psicópata o con algún escrito del partido Comunista, por ejemplo; algo que avisara desde el comienzo de la magnitud del poder hacia el que va a decantarse la obra… Ni que decir tiene que ésta es sólo la opinión de una escritora que plasma en su diario todo lo que le pasa por la cabeza… incluido el mosquito sediento de sangre que rondaba por su cama. C.M. acaba de aplastarlo entre los aterradores entresijos de los crímenes cometidos en Hesjövallen. Aquí está su cadáver.