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miércoles, 20 de agosto de 2014

"Palabras mayores" torna a la mar

El primero de agosto, una vez más, torné a Asturias. Torné a la mar. Había pescado buenos libros e iba dispuesta, como siempre, a bañarme en literatura.
Carmen Montalbán en El Bramadoiro, el verano pasado. 
Solo que este año, además, traía bajo el brazo “Palabras mayores”, mi propia novela. Gracias a la organización de Félix Berdiales, la presenté en la Casa Antón de Cuerres el dos de agosto, en medio de un mar de amigos de la peña “TA DESPEJAO PA LA MAR” y de otros muchos asturianos.
Fernando Fernández, Carmen Montalbán y Rubén González, director de ViveLibro. Foto: José Manuel Soto
Era tal la densidad de amigos por metro cuadrado, que no me sentí intranquila ni un instante… Lo que también fue mérito, supongo, de Fernando Fernández Tamargo, que presentó el acto. Fernando es un gran lector y tiene muchas tablas en clubes de lectura. La primera crítica literaria de “Palabras mayores” la había firmado él esa misma mañana (sábado 2 de agosto de 2014), en el periódico LA NUEVA ESPAÑA. Aquí les dejo el recorte.

El entusiasmo con que Fernando describió su lectura de “Palabras mayores” dejó en el aire de Casa Antón un buen puñado de las promesas que ofrece el libro y, entre los asistentes, muchas ganas de abrirlo y empezarlo a leer. Gracias Fernando: una siempre sueña con lectores así.
Daniel Poncela. Fotos, José Manuel Soto
Las dos piezas de Sarasate que interpretó al violín mi hijo, Daniel Poncela, (Capricho vasco y Malagueña) sirvieron para que el acto fuese incluso más fluido, alegre, hermoso… El éxito de Dani en Cuerres me reconfortó. También a él se lo agradezco…
La Capitana. Foto: José Manuel Soto
Y, ¡claro está!, asimismo animó la fiesta la peña entera, que cantó nuestro himno, La Capitana, para cerrar el acto y dar paso a las firmas, la sidra y los cánticos.

Después de un inicio de vacaciones tan feliz como el que os cuento (aunque este año hayan sido vacaciones recortadas por los recortes), se entenderá que el último día me pillara por sorpresa. Lo pasé un tanto mustia, más aguada que Aguado; a la luz de termitas luminiscentes y de un silencio que me obligaba a canturrear La Capitana yo solita. Si torno a la mar, ye pa ser capitán; que nun ye vida, esta de mariñán… Echar algo de menos durante todo el año para que, no bien aparezca, se esfume en un par de semanas…
En fin, que esto nun ye vida.
Ahora tengo que dejaros para deshacer maletas y leer un rato. Sigan disfrutando de hermosas lecturas, bella música y buenas compañías durante el resto del verano.
Podréis adquirir vuestro ejemplar de “Palabras mayores” en Amazón, en Esebook, en La Libre de barrio (Calle de Villaverde, 4, de Leganés, Madrid. Teléfono 912 27 29 52), o encargándola en cualquier librería, pues se edita bajo demanda.

Y ya me despido que, como dice un amigo asturiano, para volver hay que marchar.



Guadamía. Foto, Carmen Montalbán

jueves, 15 de noviembre de 2012

“Cartas de la ardilla, de la hormiga, del elefante, del oso…”, Toon Tellegen – Axel Scheffler


Querido lector… lector… lector…

Una tarde de otoño, poco antes de irse a dormir la siesta, la que escribe estas palabras se dio cuenta con espanto de que sentía una gran prisa. La prisa no es rara en ella, que siempre va volando en su escoba meteórica; lo extraño es que, de repente, hasta sus gafas de leer se veían apuradas y afanosas.
Su prisa se debía, apacible lector, a que llevaba meses sin hacer ni un solo comentario. Debía escribirte algo acerca de algún libro, antes de que empezases a dudar de si ella habría existido. ¡Pero rápido!
Cerró los ojos para concentrarse. Tenía el corazón desbocado.
– ¡Eh! ¡Alto! –exclamó, intentando calmarse.
Sin embargo, antes de que pudiera evitarlo, ya había decidido qué libro buscar para enviarte, en una carta urgente, la cita que le hubiese recortado.

“Caracol”. Foto: Carmen Montalbán.

No había encontrado el libro, y ya escribía la carta, mentalmente.
Querido, queridísimo lector… lector… lector:
Repetía tu nombre porque, hasta aquí, habar contigo era más importante que lo que pensara decirte después.

He elegido cuentos infantiles porque hoy no tengo tiempo para historias largas. Se llama “Cartas de la ardilla, de la hormiga, del elefante, del oso…”. Está escrito por Toon Tellegen y tiene unas preciosas ilustraciones verdes y anaranjadas de Axel Scheffler. Su portada era blanca. Una ardilla intentaba escribir, en un pupitre, una carta a las cartas. Aunque he perdido el libro, lo recuerdo bien, porque se lo leí a mis hijos muchas veces, cuando ellos no sabían leer.  Un cuento cada noche, durante mil y una... más o menos. No voy a detenerme a echar la cuenta; pero, mientras lo busco como loca, todos sus animales vienen a mi memoria, apresurados, como traídos por ráfagas de viento. La ardilla, la hormiga, el elefante, el oso, el topo, el gorrión, el cuervo…  Aquí están todos. Llegan de todas partes y se suben unos a hombros de los otros, para que yo los nombre en el comentario que me he propuesto empezar ya mismo, con libro o sin él.
Tras dos o tres horas de búsqueda, cuando estaba a punto de ponerse el sol, la abajo firmante seguía rebuscando en las estanterías, rodeada por montañas de papeles. Parecía arrugada como una carta vieja. A gritos, resoplando, preguntó:

– ¡Pero bueno, libro!, ¿dónde te has perdido?
Ya ves que su pregunta fue algo extraña, pero estaba mareada de ver pasar títulos a toda máquina por delante de sus gafas de cerca. Como sudaba a mares, abrió la ventana y dejó entrar al viento. De pronto, los montones de letras descosidas que había por el pasillo se agitaron. El librito blanco y verde-anaranjado que asomó debajo crujió de gusto al verse libre de peso.

La abajo firmante saltó sobre él; aspiró su olor a resina y exclamó:
– ¡Por fin!

Entre las páginas perfumadas había una carta que el aire (¡Misterioso cartero!) hizo revolotear hasta sus manos. No venía firmada, pero tenía la letra de la mujer que te habla (que se había escrito ayer a sí misma para que charlasen hoy el futuro y el pasado). 
 
“Tu carta”. Foto: Carmen Montalbán.

Pensando en que las cartas siempre nos encuentran, por muy perdidos que estemos, la destinataria desdobló la nota, miró a todos lados y leyó (con las gafas ya casi en calma):

“¿Estás pensando en leer a toda prisa las “Cartas de la ardilla…”?, ¿igual que si cruzases una calle? ¡Espera un momento que me dé un pellizco! La idea de que alguien pase por la literatura con atosigamiento (así, como quien juega a las esquinas) no cabe en la cabeza que tú y yo compartimos... sin partirla.
Después de tantos años, has recordado el libro porque era amable y bello. Se lo susurraste a tus hijos mil veces y hoy resuena en su memoria y en la tuya con más fuerza que un grito. Aunque con la apariencia sencilla e inocente de un cuento para niños, sus cartas y sus notas forman muy “sutilmente” todo un tratado de comunicación. Así es como se dice: “sutilmente”. Y (si quieres encontrar su doble fondo) también es así como debes volver a entrar en este libro: de puntillas.
Pasar a toda prisa por las cosas sutiles es como pasear por el jardín en apisonadora. Esta frase era tuya. Está escrita a lápiz, en el margen del libro, en medio de la mancha de tu sombra. Recuérdala si vuelves a entrar en este libro; porque (esta idea se me acaba de ocurrir) el jardín de la literatura siempre será uno de los más cuidados. Pasa despacito, respira y disfruta; no tienes que hacer más.
El autor también se tomó su tiempo en elegir las palabras justas. Te susurró frases maravillosas, pero sin abusar. Quedaste impresionadísima. Así es el lenguaje literario: con tal de dejarte perpleja, estudia hasta el último detalle. Si vacila, es a propósito: para no parecer redicho. Saca tu vida de contexto –a posta– y recuerda –a propio intento– cosas que nunca ha vivido. Pone el sol en tu honor, saca de paseo a la luna, y te hace creer que vas en un barquito, hacia el océano... Lo suyo no es mentir; es inventar. Si él habla de un pastel, la boca se te endulza con manjares que no hay en tu cocina. El lenguaje literario tiene ese poder: todo lo que él dice se hace realidad. No es más que lenguaje empeñado en gustarte, en perdurar, en quedarse contigo todo el tiempo del mundo; por eso te escribe cartas perfumadas con miel de roble que él mismo te lee con cantar afinado. Por eso se pone su traje de flores: la literatura. ¡Estaríamos buenos si tú, que tanto presumías de literata, se lo arrugas por andar con prisas!
En fin, me despido. Despídete tú. Súbete en una rama del haya o húndete en alguna madriguera, y piérdete a placer en las cartas y en las notas de estos animalitos. No hay otra manera de leer que echando el rato. Adiós. Buen viaje. Si lo pasas bien, tu carta al blog ya se escribirá sola.

La abajo firmante acabó de leer estas palabras con los últimos rayos de sol. Recogió del suelo las “Cartas de la ardilla, de la hormiga, del elefante, del oso…”, y contempló la tormenta que se acercaba. Se moría de ganas de leer; así que se acercó a su ordenador, con cuidado de no pisar los papeles desparramados, y pensó en ponerte, querido lector, unas palabras cálidas, de despedida. Mientras las escribía, entre hondos suspiros, se fue la luz. Éstas fueron las tres últimas frases que le dictó a su teclado, antes de marcharse a buscar una vela:
Queridísimo lector:
Ya no tengo prisa.
Carmen Montalbán.

viernes, 2 de marzo de 2012

“El perro que comía silencio”, Isabel Mellado

Nací hace ocho o diez perros, cuatro gatos y tres periquitos. Mi cumpleaños ha caído en domingo; que es, justo, cuando mi espejo tiene el día libre. Aprovechando que era fin de mes, me marché a las rebajas. “No voy a dejarme derrotar por la edad”, dije para mí, “o acabaré volviéndome tan masoquista, que un día lloraré de oreja a oreja”. Antes de que el reloj me extirpase la tarde entera, me fui a oler las sensaciones de la nueva temporada y, quizás, a apadrinar un libro. En seguida, le hice ojitos a un librillo de cuentos de Isabel Mellado. Un posible comprador lo ojeaba tan absorto, que sentí que me estaba perdiendo algo. Se lo arranqué de las manos, lo confieso. Sus páginas, hechas de carne de espejo, formaban un marco perfecto para mirarme. La primera hoja me devolvió la mirada, como si intentase desvelar el secreto de la mía. Después, como era de esperar, el libro me apadrinó a mí. Desde entonces, soy un precioso ramo de relatos y me gusta titularme “El perro que comía silencio”.

“En el origen”. Foto: Carmen Montalbán
En fin, que me llevé un chucho callejero a casa ─que, por cierto, estaba hecha un chiquero─ y, en vez de guardián, se hizo el amo. Mientras él ocupaba el sofá, le eché un vistazo al primer relato, que se llama “El perro que comía silencio”, igual que el libro entero. Un paso más allá de su primera corteza de silencio, ya no podía ver mis piernas. Estaba siendo engullida por el libro sin que el perro intentase evitarlo. De modo que no tuve más remedio que partir de viaje en este tren de cuentos, a alcanzar cercanías insospechadas.   
No me preguntes de qué trata cada uno, pero me parece que el conjunto habla del silencio; del que nos devora y del que devoramos cuando el alma y el espíritu se expresan a través del sueño, del arte, de la literatura, de la música, del pensamiento…
El libro está dividido en tres partes, llenas todas ellas de historias alegres, frescas, disparatadas y breves.
I) En Mi primera muerte, visito el laberinto personal en el que habita mi minotauro. El silencio es, aquí, la palabra desnuda y, antes de que yo pueda comérmelo, lo ha digerido la literatura, junto con todo aquello que nos guardamos cuando obliga el ombligo y que nos hace engordar por dentro. O morir… Porque, en fin, ya se sabe, vivir acorta la vida, y una empieza a morir cuando se viste el primer corazón de cuero negro.
II) En La música y el resto, el libro crece para que le quepa más música dentro y puedan salir a pastar los sonidos. También aquí hay mucho silencio… en mi menor: el del trance musical, el anterior al concierto, el del creador, el del auditorio obnubilado… La música los devora y, de paso, hace bailar las esquinas paralíticas de mi alma al ritmo avasallante de un violín tan afortunado como un trébol de cuatro cuerdas. En estos relatos, el tiempo se mide en acordes y la luz respira en síncopas. Cuando el mundo empiece a sonar feo, sírvase la nota que desee, son todas de una ternura irrefutable.
III) En Huesos, el silencio acaba convertido en esqueleto de las cosas esenciales. No tengo tiempo de enumerarlas ahora: porque, en este bloque, el reloj no hace tictac, sino Kaput. Sólo diré que son huesos que hay que roer a conciencia y que la dejan a una deshuesada. Estos aforismos y microrrelatos se leen a toda velocidad… se leían; pero se quedan esculpidos en la mente, por lo que dan para más de una vez.


“Música en los huesos”. Foto: Carmen Montalbán
Cada cuento me deja una mueca; cada mueca, un ahora distinto. La autora, Isabel Mellado, me los hace vivir con el tobogán de su lengua elocuente, un tono sincero, un descaro virtuoso, y un estilo sin frases de marketing. Yo diría que es algo estrafalaria (a veces, me agarra por el pescuezo y me zarandea, para que se me caiga el filtro amortigua-mundo), pero Isabel narra con la veracidad de los sueños más veraces y sus palabras, que crujen como granos de café recién tostado, resultan encantadoras. Para mí, es imposible no entrar en su órbita. Su literatura alcanza la fuerza de una mano abierta a la hora de mostrar mundos sumergidos. ¿Que cómo lo consigue?: con tres o cuatro verbos de cuidado; un puñado de nombres encendidos como antorchas, y unas frases voraces que, en seguida, devoran el silencio; a ver si, así, yo dejo de estar sorda.

A lo que iba: que encendí el libro y leí la vela. Todo se llenó de formas, de posibilidades, de reflejos… Sentía sobre mí una avalancha de primeras cosas: pensamientos que se dilatan; rugidos luminosos, olores inmensos, colores que domestican a los objetos, y sílabas que brincan de un lado a otro, liberadas de sus leyes de tránsito… Empecé a preguntarme si esto era sueño o página. Supe inmediatamente que se trataba de surrealismo, y no porque yo fuese suspicaz, sino porque Isabel (que crea ficciones exuberantes sin la censura de la razón) me había hecho ciudadana de lo onírico. Mirando a ver si estaba delirando, le perdí pronto la perspectiva al asunto y algo se desató en mí. ¿Cómo no? Aquí, puedo probar todos los sentimientos que desee tomarme. Puedo ser todo lo que no soy; y puedo ser, también, todo lo contrario. Puedo encarnar a la piel del día; al ojo del huracán; a la enigmática Mona Lisa, o a un violonchelo que canta bocanadas de arpegios mañaneros. Puedo ejercer de gato de salón o pasar por un sueño de mujer que se convierte en rana si la besas… En fin, que esto empezó a ser real y mi habitación, si acaso, un espejismo. Ya sabes: si en un sueño das un beso, entiendes de pronto el porqué de los labios; por eso me encuentro tan a gusto aquí.  

Por eso me encontraba tan a gusto aquí. Mi lectura ha terminado, pero aún guardo su lumbre y su misterio. Yo ya presentía que, como todo cuerpo extraño, sería expulsada de estos cuentos tarde o temprano. Estoy frente a mi espejo, que hoy trabaja: a mis salidas del arte, se empeña en que parezca más persona. Cierro el libro silbando, igual que un globo cuando lo dejan libre. Es el aire que he respirado en él. Decir que me ha gustado sería como decir que me gustan los pulmones. La voz de musgo de Isabel Mellado sigue mellando mi oído cuando descubro que ya es muy tarde. Mi reloj se lame los bigotes frente a las sardinas dormidas del plato. Yo no las necesito: hoy, sólo me alimenta un silencio antioxidante que me ha quitado peso, años y patetismo. No he adelgazado, pero tengo los huesos bien afuera y el alma me chorrea por los dedos. ”El perro que comía silencio” me ha dejado llena de higos frescos. Tampoco siento envidia porque las coles duerman. Yo he soñado. Y sin tener que contar putas ovejas. Hace cinco días que buceo en el sueño número 4734265870XL de Isabel Mellado. Es un sueño bonito en que las catedrales tienen cúpulas verdes de cáscara de sandía y las conchas de las playas son besos de antepasados.


“Tréboles de cuatro cuerdas”. Foto. Carmen Montalbán

Ahora voy a dormir, a ver si cicatrizo. Me dejo la música puesta; me pongo encima mi nave interplanetaria de guata barata, apoyo la cabeza entre las consonantes esparcidas, y declaro este día terminado. Debo hacer algo pronto, para que la noche caiga y yo pueda robarle del bolsillo algún sueño. Así que, nada: Saludos, sol. Mañana nos veremos. ¿Y en qué andará el mundo a todo esto?
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“El perro que comía silencio” (páginas de espuma, 2011), que hoy comento con sus propias palabras, es el primer libro de la violinista Isabel Mellado (Chile, 1967)

viernes, 25 de noviembre de 2011

Próxima parada: “Hoyos”, de Louis Sachar

“Hoyos” (2001) es una novela juvenil que mezcla el humor, la intriga, la aventura y los personajes. Cuenta cómo, un mal día, al salir del colegio, Stanley Yelnats es detenido por robar las deportivas, de Clyde Livingston (un famoso jugador de béisbol), que iban a ser subastadas para un asilo de niños sin hogar. Stanley es inocente; aún así, se resigna a su condena porque la mala suerte persigue a su familia desde que su tatarabuelo no cumpliera una promesa. El chico es “internado” en el Campamento Lago Verde, en un desierto que, antes, había sido un gran lago. Allí, conoce a un grupo de chicos; entre ellos, Zero, que se convierte en su mejor amigo. Juntos, Zero y él, descubrirán la verdad que se esconde en el reformatorio juvenil.
Hace un par de semanas, cuando volví a encontrarme con “Hoyos” en mis estanterías del salón, yo había leído este libro ya dos veces y, por algún disgusto familiar que aquí no viene a cuento (supongo que culpa de mi tatarabuela), no me sentía con ganas de ahondar en ningún libro. “Mi corazón está frío”, pensé. Pero “Hoyos” me dijo: “Eso lo arreglo yo”.

Normalmente, las novelas para jóvenes se ciñen a un hilo argumental sencillo, no vaya a ser que se distraigan los lectores inexpertos. Todos habéis sido novatos alguna vez en esto de la lectura: ya sabéis lo que se siente. “Hoyos”, sin embargo, no es un campamento de señoritas, sino una novela con todas las de la ley (es decir, una historia de historias). A su autor, Louis Sachar, no le da miedo introducir varias tramas secundarias en la principal; narraciones de episodios ocurridos muchos años antes de que naciera el chico protagonista; todas ellas, tan redondas (introducción, nudo y desenlace) que parecen cuentos. La profundidad que este desarrollo temporal le da a la obra hace que “Hoyos” sea una de esas novelas juveniles de las que puedes disfrutar a cualquier edad, aun cuando ya seas un lector experto. Porque, quizás, ir leyendo a la vez varias historias exija un poquito de concentración, pero, aquí, es el autor quien realiza el esfuerzo de intercalarlas alrededor de la principal, para que no perdamos el sentido general de la novela.

Ojalá estructurase yo con tanta maestría. ¡Ojalá!, ¡ojalá! Louis Sachar ha sabido formar un cordón perfecto; una guía a la que agarrarnos para cruzar este bello laberinto de relatos. Lo bueno es que trenza los hilos argumentales de tal forma que el resultado parece un hilo sencillo. Eso es lo que pensé hace un par de semanas, cuando volví a encontrarme su novela en un rincón de casa y la magia de la sencillez que yo le recordaba actuó sobre mí como un imán gigantesco. Ya no podía hacer nada, salvo enfrentarme al peligro que conlleva toda relectura. Suponía que alumbrar con la razón mis primeras emociones era lo peor que me podía pasar; con todo y eso, abrí la novela por tercera vez; acepté una pipa que vi entre sus páginas por todo almuerzo, y dije: “De acuerdo, Sachar, va a haber una investigación sobre todo lo que ha pasado aquí. No tengo por costumbre analizar los libros, pero estoy tan maravillada con tu estructura, que, esta quincena, por una vez, voy a deshacer tu cordón de TRAMAS para ver cuántos cuentos me cuentas y qué relación hay entre ellos”.

En fin que, en lo más hondo de esas tramas (de las que os habló ayer mi tatarabuela, que se mete en todo), he vuelto a encontrarme, por tercera vez, un tesoro oculto. Sólo ha sido cuestión de tener buena vista, pues el dedo de Sachar es como “el pulgar de Dios”, señalando adonde hay que mirar: al nido de conexiones (muy bien anunciadas) que hay entre nosotros y nuestros antepasados (no sólo entre Stanley IV con el resto de los Yelnats; sino, también entre Zero y Vigilante con todos los suyos).
Finalmente, que el protagonista cumpla la promesa pendiente de su tatarabuelo con el tataranieto de Madame Zeroni, mal que le pese a la tataranieta de Trucha Walker, es toda una revelación. Así es como, ─en el desenlace─ se enlazan en uno solo, sin nudos ni enredos, los cabos de esta preciosa trenza de historias. Finalmente, sí he sacado algo bueno de leer a la vez varios “cuentos” (además de fortalecer los músculos de mi cerebro): un placer inmenso. ¿O no es interesante saber que, antes de que yo naciera, alguien se ahogó en el desierto en el que yo puedo morir de sed? Descubrir cosas como ésa me ha hecho sentir que (aunque no sea la tía más afortunada del mundo) estoy, por una vez, en el libro adecuado. Leer sirve para algo (preguntádselo a Zero).
He terminado esta novela muy cansada: me caeré si se me posa una mosca; sin embargo, estoy tan contenta que hoy no me dormiría ni aullándole a la luna la nana de mi tatarabuela. Mi corazón se estaba endureciendo con esas amarguras que envenenan, pero ha adquirido el sabor dulce de un melocotón en almíbar. Ése es el botín escondido de esta novela que tantas veces me ha sacado de la cama: abrir “Hoyos” rellena vacíos. Ahora tengo una maleta de emociones nuevas; emociones que me salvarán cuando la nada me rodee y me obligue a perseguir espejismos.

Respondiendo a la pregunta de Carmen Nemrac I, eso es lo que he sacado de este libro: ¡literatura!, ¡literatura dulce y fresca! Es lo único capaz de hacer que llueva en los corazones desérticos. Escupíos en las manos y escarbad en el libro, os lo recomiendo. Saldréis del último hoyo con un tesoro; y, eso, sin tener que pisar serpientes de cascabel con los tobillos desnudos.  ¡Ojalá!, ¡ojalá!

jueves, 24 de noviembre de 2011

“Hoyos”. ¡Estructura! !Estructura pura y fresca!

Ahondando en la entrada de “Hoyos” (“PRÓXIMA PARADA: “Hoyos”, de LOUIS SACHAR”, que Carmen Nemrac V, mi tataranieta-desastre-inútil-ladrona-de-estilos publicará el siglo que viene). Por Carmen Nemrac I.
Como sabéis, el autor de “Hoyos” es Louis Sachar (Nueva York en 1954), experto en literatura juvenil. Sachar ha escrito, además, “Sexto Grado Secretos”, “Los perros no cuentan chistes”, “Secuestrado en el nacimiento”, “Escuela Wayside”, “¡Súper rápido, fuera de control!”, “Hay un chico en el Baño de la chicas” y “Pequeños pasos”.
“Hoyos” es una novela recomendada a partir de 12 años. Ha sido publicada en 16 lenguas y galardonada con los premios “National Book Award” para lectores jóvenes y “Newbery Medal”. También ha sido llevada al cine: “La maldición de los hoyos”, dirigida por Andrew Davis y protagonizada por Sigourney Weaver, Jon Voight y Shia LaBeouf.
Fotograma de la película "La maldición de los hoyos"

Aquí van las tramas de la novela, de las que mi tataranieta-desastre-inútil…, que ha leído el libro tres veces, igual que yo, tendría que haber hablado ya hace años (para que no la maldigáis):
TRAMA A (PRINCIPAL): Stanley Yelnats IV & Zero. Ocurre en la actualidad, en Texas. Es la historia que hace que, en seguida, hasta yo empiece a ver el mundo con los ojos del protagonista (punto de vista) y me convierta, por tercera vez, en el cuarto Stanley Yelnats de mi familia: un niño inocente, gordito, con poca autoestima, poca aceptación social y poco dinero. Mi peor problema es que, normalmente, estoy en el momento equivocado en el lugar equivocado y eso me hace parecer un chico malo… Siempre. Hasta mi héroe, un famoso jugador de fútbol, piensa que soy un cochino ladrón. Tengo tan mala suerte, que si alguien tira algo que ha robado, me cae a mí encima, junto con un castigo que no merezco. En fin que, sin comerlo ni beberlo, me veo en el Campamento Lago Verde; que ni es lago ni es campamento; es un correccional juvenil en medio del desierto, cuajado de mortíferos lagartos de pintas amarillas. Estoy aquí, vestido de naranja, con 18 meses de infierno por delante. Tengo una cantimplora vacía, una pala, y la misión de cavar un hoyo al día bajo un sol criminal que sí merecería que lo encerrasen. A diario, hinco la pala en la tierra y me peleo con la sed, con los 35 grados que haría a la sombra (si la hubiera), con las ampollas, con las quemaduras solares, con las agujetas, con las serpientes de cascabel y con la tierra que yo mismo he sacado y que se me acaba viniendo encima. Si encontrase un charco de lodo, lo lamería. Ya no soy Stanley: soy El Cavernícola, y me doy con un canto en los dientes, porque, aquí, tener un apodo es una señal de que te permiten existir y ponerte en la fila del agua, aunque sea el penúltimo. Si no fuera por mi amistad con Zero, me sentiría solo entre unos compañeros que parecen no querer a nadie y unos “monitores” crueles que sólo usan la imaginación para encontrar castigos más severos.
TRAMA B (Pasado familiar remoto): Elya Yelnats & Madame Zeroni). Es la historia de un antepasado de Stanley: su tatarabuelo-desastre-inútil-ladrón-de-cerdos. Es necesario contarla porque, aunque transcurre más de cien años antes de que Stanley naciera, Elya es el culpable de la mala suerte de los Yelnats; aquel en quien todos piensan cuando salen mal las cosas. Elya Yelnats nació en Letonia. De él en adelante (al menos, hasta Stanley IV), todos los Yelnats tendrán una suerte pésima por culpa de una maldición que pesa sobre ellos desde que Elya dejó sin cumplir una promesa.
Todo ocurrió cuando Elya tenía quince años. Madame Zeroni, una vieja egipcia, le había regalado un cerdo y le había dicho cómo engordarlo para que él pudiera competir con el otro pretendiente de la chica de la que se había enamorado. Madame Zeroni (a quien le faltaba una pierna) le hizo aquel favor con la condición de que, al final, le subiera la montaña a ella; pero, llegado el momento, Elya se olvidó de la chica, del cerdo y de la vieja, y se marchó a América (a California) con su maldición a cuestas.
TRAMA C (Pasado familiar): Stanley Yelnats I & Kate “Besos” Barlow. Es la historia del bisabuelo de Stanley; el primer Stanley de la familia Yelnats. De él en adelante (al menos, hasta Stanley IV) todos los Yelnats serán hijos únicos y todos se llamarán Stanley (“Stanley Yelnats” se lee igual del derecho y del revés). Stanley I vive un siglo antes que el protagonista, pero contar su vida es necesario porque es el Yelnats que pasó por el mundo con más gloria (hizo una fortuna en la bolsa de Nueva York), pero también con más pena (la perdió toda en Texas; cuando, a su regreso a California, su diligencia fue asaltada por la forajida Kate “Besos” Barlow, que se llevó su maleta y lo abandonó a él en mitad del desierto). Al menos, tuvo la fortuna de que Kate no le besara (sólo besaba antes de matar). Stanley Yelnats I sobrevivió a su encuentro con la forajida. Aguantó sin comida ni agua 17 días en el desierto; porque, según decía, encontró refugio en “el pulgar de Dios”, aunque anduvo tan desorientado que ni él mismo supo nunca a qué se refería con eso. Lo único que supo fue echarle la culpa al maldito de siempre (el tatarabuelo de Stanley), su padre-desastre-inútil-ladrón-de-cerdos.     
TRAMA D (Presente familiar): Stanley Yelnats III & Stanley Yelnats IV. El abuelo de Stanley (Stanley Yelnats II) debió de tener una vida corriente, puesto que Sachar salta desde el bisabuelo, el triunfador asaltado, hasta el padre de Stanley, un inventor inteligente y perseverante, pero de escasísimo éxito (por no decir fracasado) que también culpa de su mala estrella a su bisabuelo (tatarabuelo del chico). Hasta ahora, vivir junto al padre de Stanley (California) ha sido como vivir dentro de un zapato, pues intentaba encontrar una fórmula para reciclar zapatillas (sin dinero para un laboratorio… ni para un abogado) cuando, por culpa de otras zapatillas, detuvieron a su hijo y se lo llevaron a Lago Verde. Estos dos Yelnats (III y IV) no sólo comparten la mala suerte, sino también momentos felices (cuando el padre le canta al hijo la vieja nana de la familia) y una esperanza que no pierden nunca los de su apellido. El cariño de los padres de Stanley es fundamental en esta historia; pues, sin él, y sin las cartas de la madre, el corazón del niño se habría endurecido demasiado.
Hasta aquí las historias de los Yelnats, pero el autor aún incluye otras tramas (con sus propios desarrollos temporales) referidas a otros personajes que se cruzaron con ellos en un lugar: Lago Verde (Texas):
TRAMA E (Pasado Remoto de Lago Verde): Katherine Barlow – Sam. Es una historia de amor que se convertirá en una historia de odio, venganza y avaricia. Ocurrió hace 110 años, cuando Lago Verde era un pueblo apacible a la orilla de un lago color esmeralda. Por aquel entonces, Katherine Barlow era una maestra adorada por niños y mayores, y famosa por sus melocotones en conserva. Charles Trucha Walker era un joven fanfarrón y rico a quien ninguna mujer le había dicho que no a pesar de olerle tan mal los pies, y Sam un vendedor ambulante de cebollas, dueño de un campo secreto de ellas y de unos labios a los que Katherine Barlow sí dijo que SÍ. Sam era un negro muy respetado porque sus cebollas eran el remedio de todos los males y porque también él lo arreglaba todo. “Eso lo arreglo yo”, le dijo a la maestra un día de lluvia en que ella estaba triste. El beso con que le arregló el corazón es un giro importantísimo: convierte al envidioso Charles Walker en el cabecilla de un linchamiento; a Sam y a su burra Mary Lou en historia; a Lago Verde en un pueblo fantasma a la orilla de un desierto, y a Katherine Barlow en Katherine “Besos” Barlow, la temible forajida que asalta los caminos y se pinta los labios de rojo para besar antes de matar.
TRAMA F (Presente de Lago verde): Vigilante & Campistas. Es la historia de una mujer, Vigilante; pero viene de muy atrás (de la avaricia de Trucha Walker). Vigilante, la maldad en persona, es dueña y señora de la única sombra del “lago”. Vive en la cabaña en que vivió sus últimos días la legendaria forajida. Ella y sus padres, y los padres de sus padres llevaban cavando cien años en busca del botín de “Besos” Barlow. Ahora, cavan los “campistas” de Lago Verde, que ya no es “el cielo en la tierra”, sino una llanura de tierra reseca. Aunque ellos apenas ven a Vigilante, no hay cosa que teman más que sus uñas envenenadas. Saben que los está vigilando, a ver si encuentran algo en el fondo de sus hoyos…
Espero que mi tataranieta-desastre-inútil cumpla la promesa que incumplió el día quince y se digne a contarnos pronto qué es lo que ella ha encontrado en “Hoyos”.

sábado, 1 de octubre de 2011

“El amor de una mujer generosa”, Alice Munro

“Durante todo el tiempo en que fui una joven esposa, y más tarde, aunque no mucho más tarde, mientras fui una joven madre  ─ocupada, fiel, satisfecha con regularidad─, siempre tuve sueños, de cuando en cuando, en los que el asalto, la reacción, las posibilidades, iban más allá que cualquier cosa que ofreciera la vida. Y en los que el romanticismo quedaba borrado del mapa. También la decencia. Nuestra cama ─la del señor Gorrie y la mía─ era la playa de grava o la tosca cubierta de barco o los ásperos rollos de cabos grasientos”.
“El amor de una mujer generosa”, Alice Munro. (Fragmento del relato “La isla de Cortés”).
“El amor de una mujer generosa” es un libro de ocho cuentos; cada uno de ellos, una sutil obra maestra acerca de las relaciones humanas. Considerada como la Chéjov canadiense, su autora, Alice Munro (Ontario 1932) constituyó la base del realismo moderno. Además de este libro de relatos, es autora de obras como “Las lunas de Júpiter”, “El progreso del amor”, “Amistad de juventud”, “Secreto a voces”, “Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio”, “Escapada”, “La vista desde Castle Rock” y “Demasiada felicidad”.

Muchas son las religiones e ideologías que han menospreciado a la mujer a lo largo de la historia. Recuerdo, por ejemplo, un cartel que circuló por Facebook hace algunas semanas, con citas de pensadores de la iglesia Católica que, desde distintas épocas, venían a decir lo mismo: que las mujeres no somos personas, sino sombras y objetos de quienes sí lo son: los hombres. ¡Vaya por dios! ¡Sí eran listos! Estaba yo leyendo aquellas venenosas frases célebres con que nos apartaron del camino, el día que un amigo llamó a mi puerta con un regalo. ”Te he comprado El amor de una mujer generosa”, me dijo. Es un libro de relatos de una mujer, Alice Munro. Rasgué el envoltorio con la punta de los dedos, como si hubiera que desenmarañarlo de un alambre de espino; porque, aunque seguía indignada contra el machismo, presentía que iba a encontrar feminismo explícito en un libro de ficción, y no soporto esa idea. Pero me equivoqué. Que Alice Munro me perdone el prejuicio. “El amor de una mujer generosa” es, lisa y llanamente, literatura; una hermosa invención donde el alma puede cambiar de aires.

COTO PRIVADO

En cuanto abro el libro, me veo rodeada de bancos de nieve y caléndulas de pantano. La cubierta es como una escotilla por la que puedo entrar en Canadá, a reparar mis naves. En cada relato, un nuevo alojamiento: una choza majestuosa con luces de jungla; un oscuro cuarto de alquiler; un bosque incendiado; un bungaló con cortinas de tela de saco; una cabaña frente a un maizal; una caravana; un sueño angustioso; una granja decrépita que, más que alzarse, se hunde en un mar de yerbajos…

Y, en cuanto a la geografía humana, los personajes en los que me interno no se encuentran en mejor estado. Cada corazón de cada protagonista es una trampa mortal que me empuja, entre curvas cerradas y caudalosas, por historias cargadas de hielo; pero, eso sí, todas ellas con un considerable interés personal que acaba convertido en interés humano. Porque el paisaje más deslumbrante de este libro es el panorama de los ojos humanos y lo que se oculta tras ellos: las personas; con la particularidad de que Alice Munro ─al contrario que los de arriba─ sí ve personas en las mujeres. En sus relatos, también hay hombres, claro, en sus relevantes papeles de siempre; eso no supone ninguna sorpresa. Lo que sí me resulta chocante es la eficacia de los personajes femeninos, que ─aunque más humildes─ andan por el libro con todos sus riesgos, amores y dramas. La autora les sigue el rastro y va cazando su alma en cada página. Y es que, al igual que en el caso de los hombres, hay mujeres de todos los pelajes. Son personas; por tanto, no verás a ninguna perfecta. La vida es, para todas, una sucesión de exámenes que no siempre terminan aprobando. Ya sabes: nuestra ineptitud está, muy a menudo, a la altura de nuestras metas. Pero, aunque no poseamos un destino maravilloso (como, en su mayoría, no lo poseen los hombres), lo que importa es que vamos encajando golpes, sin tirar la toalla.

Una cosa sí vence a las mujeres-Munro: el amor (familia y sexo), pero no esperes dramones sensibleros ni tonterías románticas. Todas ellas ─sean las sumisas o las salvajes como gatas de granja─ tienen fuerza suficiente para arrastrarte dentro de las órbitas de sus camas. Yo, desde que tropecé con su intimidad, llevo despierta tres noches seguidas. Ligada como estoy al poderoso hechizo de la obra, respiro a través de sus mantas como a través de la red de un pescador, pero sabiendo que lo que sueño nunca se contará: coto privado. Esa intimidad es la clave; la respuesta a la pregunta del millón: ¿Por qué, siendo sus ocho historias tan distintas, yo presiento unidad en este libro? Porque un único tema engarza en un mismo collar estos ocho relatos y les otorga una nueva dimensión: los misterios de la naturaleza humana. 

De eso se trata: de que todos los personajes saben algo que deben callar a fin de que su mundo sea habitable. En “El amor de una mujer generosa”, tres chicos habrían podido jactarse de encontrar un cadáver en el río, pero mantienen la boca cerrada. Y algo parecido ocurre en  “Yakarta”, en “La Isla de Cortés”, en “Salvo el segador”, en “Las niñas se quedan”, en “Asquerosamente rica”, en “Antes del cambio” y en “El sueño de mi madre”. No hay excepción: todos los personajes ocultan algún muerto en el estanque helado del corazón. Sólo un cataclismo interno que rompa su corazón hará que ellos rompan su silencio y sus secretos salgan a la luz: la mala sangre que crea una enfermedad sin esperanza; los problemas de la vejez (morir y haber vivido); un incendio; una pesadilla; una rabia implacable; una huida hacia delante, cuando mirar atrás, como hizo Orfeo, es anudarnos una soga al cuello; una decepción amorosa; un ataque de apoplejía; un ataque cardíaco; un ataque de nervios…

Esbozo una sonrisa de piedad cuando una paradoja se ilumina ante mis ojos como una estela de humo: el terrible conflicto común de estos personajes es que viven en historias que ─si de ellos dependiera─, no se habrían contado. Descubrirlo es para mí una conmoción. ¿Puede una persona inventar algo tan diabólico; algo que va en contra de la voluntad de sus propias criaturas? La respuesta es sí: la autora. Con su pura fantasía y menos ingenuidad de la que parece (en realidad, lo tiene todo calculado), Alice Munro saca a la luz estas ocho historias definitivas que sus protagonistas ocultaban. Es su mente la que oscila bajo la superficie del agua; recorriendo los valles de fallas que somos las personas, sin dejarse engañar por nuestra aparente entereza. No se le pone nada por delante, ya que actúa por generosidad; como aquella que delata por amor al criminal, para que pague sus culpas y no se sienta tan mal por dentro. Entra por el escalón trasero en nuestros cuartos oscuros y revela la imagen que se interponía entre el mundo y tú; entre el mundo y yo. Ah!, ¡menos mal!: así nos libera de hurgar en nuestras sartas de desastres; bastante tenemos con lo que tenemos. Ella se ocupa. Abriendo espacios entre sus palabras, hace que nuestros misterios salgan a flote más sosegados, más llevaderos; como reliquias bajo la arena. Ojalá pudiera agradecerle el detalle. No hay más que mirar las hojas estrujadas de mi papelera para saber que no es tarea fácil; es una furiosa hazaña de expresión personal que podría acabar haciéndola caer a ella en el gélido río que nos ahoga.

Hoy, después de tantos días robando tiempo de donde sea para estar dentro de su libro (como un fantasma engendrado por ella), me niego a cerrarlo. Aún no. Aún no. Aún no… Obviamente, es hora de que me marche. Me doblo por la cintura y abrazo sus relatos como si quisiera guardarlos en mi estantería íntima, para sacarlos más adelante. De reojo, me veo reflejada en el cristal oscuro de la ventana, frente a los últimos coletazos de la puesta de sol. La lectura ha movido todo lo que siento y me ha convertido en un planeta en llamas. Esta vez, ha sido muy duro… y muy placentero. Con el ajetreo de tantas emociones, tengo el aspecto de haber agarrado un cable eléctrico. Hay juergas y juergas.

De regreso en mi propio ser, conecto el ordenador y observo las citas machistas de las que te hablé al principio como si fueran alucinaciones. Nos empujaron hacia un rincón ─igual que a gatas muertas─ hace años y años, y ahí están todavía, dando guerra. Lo peor que hicieron aquellos “sabios” (y otros) no fue tergiversar la realidad diciendo que las mujeres somos seres de segunda fila; sino conseguir que esa idea ponzoñosa se perpetuase y pusiera barreras hasta en nuestro interior. Su veneno entró en nuestra cabeza: ¿habrá que ponerse una cabeza nueva? Lo digo en serio. La solución se me ocurre leyendo la oración con que mi amiga Bea contesta en Facebook a la cizaña machista de aquellos santos varones. Ésta sí es una oración útil: puede convencerte de que ser una persona con todas las de la ley no tiene por qué estar a la greña con la condición femenina. Si la rezas frente al espejo, hasta que se sobrescriba en lo que ya habían grabado en tu mente, un buen día, te reflejas. ¿Dejar de ser invisible? Bonita cosa he dicho… ¡A que sí! Que Alice Munro me perdone el juicio; he usado sus palabras para hablar a las claras de una esperanza que su obra lleva sutilmente implícita. Es lo que tiene su literatura: me permite echar mano de la estantería con la que he reamueblado mi interior.