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domingo, 31 de enero de 2016

Microrrelato de ciencia cierta (9)

El pajarillo anciano no hinchó el pecho. Solía cantar muy hueco todas las peripecias de sus viajes, pero esta vez volvía un poco asustado:

"Aleteaba yo junto a no sé qué vías, cuando noté que entré –no sé por qué agujero– a no sé bien qué nave o qué vagón…

¿Sabéis adónde estaba al salir de esa especie de carruaje? ¡Yo no me había posado en ningún sitio! Hice el camino así, teniéndome en el aire. Todavía no me creo que haya llegado allí sin darme prisa y sin sentir ni pizca de cansancio… ¿No adivináis aún de dónde vengo?"

–Del quinto pino, abuelo; como siempre –respondió un pollo de colibrí. Tenía ganas de entrar en la tertulia con chistes sobre caballeros volantes y sus lecturas de ciencia ficción.

Pero, esta vez, ese temerario viejo exagerado miró al cielo y trinó como si se las viera con un espantapájaros.

"Vengo del Noveno planeta, pajarillo; más allá de Plutón."  




Título:          ANSIEDAD RELATIVA DEL AVE…

martes, 7 de febrero de 2012

Cómo “cortar el agua” ( “hacer cabrillas”, “saltar la rana”…)

Me perdonarán mis seguidores que haya dispuesto de tan poco tiempo últimamente para dedicarle a este blog. Estos días, he tenido demasiadas lecturas de trabajo; lo que no quiere decir que  no hayan sido, también, lecturas de placer, al contrario: pero aquí no hay lugar para hablar de mis incursiones en textos inéditos, puesto que ustedes no pueden leerlos todavía, y se trata de compartir experiencias literarias.
Lo triste es que, durante una temporada, voy a seguir disponiendo de escasos ratos libres para hablar de libros (o de páginas Web o de fotografía o de lo que sea); porque, además de mis tareas en casa (¡Por Dios!, ¡cómo absorben!), estoy escribiendo algunas cosillas mías que tenía pendientes. Es más difícil que escribir acerca de lo que escriben otros y requiere mucha más dedicación, lo que me tiene en guerra con el reloj, intentando sentarme al ordenador a diario, aunque sólo sea momento.
Con la vista tan cansada y tan poca diversión (alguna que otra partidita de mus, en noches alternas), se me ha ocurrido lo gratificante que sería para mí (y para mis ojos) salir a buscar una charca y una piedra y ponerme a cortar el agua. Es un juego muy relajante que me suele retar desde muy niña. Seguro que esa experiencia sí podemos compartirla. ¿O no se han preguntado alguna vez cuántos saltos le harán dar a una piedra que hayan lanzado a un río, a un lago o a una charca?
Si no han jugado nunca a hacer cabrillas (también así se conoce el juego), les recomiendo que lo prueben: es un vicio muy sano y muy sencillo: cuestión de práctica. Para ilustrar su técnica, les adjunto la fotografía y el comentario que presenté a FOTCIENCIA 9, en donde hablo de los factores que hay que tener en cuenta a la hora del lanzamiento.

“Fuerza y movimiento en el salto de la rana”. Foto: Carmen Montalbán

Hacer rebotar una piedra sobre la superficie de un río no depende únicamente de nuestra fuerza; también, de nuestra habilidad para combinar los siguientes factores:

1) Ángulo de tiro: el óptimo es de 20º. Si es mayor de 45º, la piedra se hundirá sin haber saltado.
2) Posición de la piedra al chocar contra la superficie: una ligera inclinación hará que el agua empuje su extremo inferior y la voltee sobre su eje vertical, propulsándola hacia arriba.
3) Velocidad de giro: obtendremos mejores resultados si lanzamos la lasca girando sobre su eje horizontal, como una nave espacial (movimiento giratorio).
4) Velocidad del lanzamiento: cuanto mayor sea, más distancia recorrerá el “proyectil” entre salto y salto, y más veces rebotará antes de que las fuerzas pasivas absorban su energía y lo frenen (rozamiento / tensión superficial) y la gravedad lo atraiga al fondo.
5) Forma de la piedra: la forma aplanada obstaculiza su penetración en el agua y favorece su desplazamiento por el aire.
6) Masa de la piedra: más masa implica más inercia (tendencia a seguir avanzando), pero también más dificultades de manejo y más fuerza por nuestra parte.

miércoles, 4 de enero de 2012

Filtro de Macrofitas en Flotación (FMF)


Lavar el agua”. Foto: Carmen Montalbán
Se llama “fitorremediación” al aprovechamiento de las plantas para eliminar contaminantes del medioambiente. Así, para regenerar aguas residuales, potabilizar ríos contaminados y restablecer el equilibrio de los ecosistemas húmedos, la ciencia utiliza plantas acuáticas ─macrofitas emergentes─ que absorben los materiales pesados, segregan ácidos que matan a las bacterias patógenas del agua, e inyectan en el fango un oxígeno que lo degrada, eliminando los residuos orgánicos. Pero el procedimiento que empieza a extenderse no consiste en plantar macrofitas en los fondos húmedos, sino en ensamblarlas en una estructura flotante que, suspendiendo las raíces sobre el agua, incrementa el poder depurador de la planta. Es como esas alfombras que se tejen ensartando hebras de lana en una rejilla de esparto, sólo que las hebras son juncos aquí y la rejilla está hecha de “geomembranas” (tubos impermeables) que pueden unirse a otras como un mecano para hacer el flotante tapiz vegetal tan grande como sea necesario. Se trata de un filtro vivo y barato (lo mantiene un jardinero) que no produce residuos, ruido ni mal olor y le da al paisaje que descontamina un aspecto de parque natural.

Lavar el agua” es una de las dos fotografías con que participé en el certamen de FOTCIENCIA 9. El Filtro de Macrofitas en Flotación (FMF)  proyecto desarrollado por la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) obtuvo una mención de honor en Kyoto 2003 como una de las mejores propuestas para purificar el agua. Tomé esta imagen en el vivero de macrofitas de AQUAFHITEX (Puebla de Alcocer, Badajoz) que, además de instalar el FMF en los lugares que lo reclamen, lidera un proyecto de cooperación internacional que intenta potabilizar las aguas del río Níger, en colaboración con la ONG Movimiento por la Paz de Extremadura y la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional para el Desarrollo.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Los tesoros de FOTCIENCIA

¡Enhorabuena a los ganadores de FOTCIENCIA 2011! FOTCIENCIA es un certamen de fotografía científica convocado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). El objetivo del premio es acercar la ciencia y la tecnología a los ciudadanos a través de imágenes acompañadas de sus explicaciones.
Estos días, en tanto se producía el fallo del jurado, he andado navegando por la galería de imágenes de los concursantes, empapándome de ciencia. Las fotografías de la categoría MICRO (de objetos menores a un milímetro) han sido tomadas, en su mayoría, por científicos profesionales; con instrumentos de micrografía (óptica o electrónica) que no están al alcance de cualquiera o mediante técnicas de difracción que tampoco dominamos los profanos. En la modalidad general, sin embargo, es más común que seamos los ciudadanos de a pie quienes damos el paso de acercarnos a la ciencia para hacerle un retrato (visual y escrito). Si podemos ver con nuestros propios ojos el objeto que miramos, no es preciso dominar otra cosa que la cámara para obtener fotografías que ilustren hechos científicos. Participé, por supuesto, con dos fotografías: Lavar el agua y Fuerza y movimiento en el salto de la rana”. Necesito muy pocas vueltas de tuerca para ponerme a funcionar en algo que implique pensar un poco, redactar un texto y hacer fotografías. Encontrar un motivo no es complicado: enfoques lo que enfoques ─una medusa o una escalera de caracol─, la ciencia también aparece en la foto, sólo hay que traerla al primer plano.

Estructuras invisibles”. Primer premio de la Categoría General FOTCIENCIA 9. Carlos Cuenca Solana
Descubrir qué nos movió a fotografiar un animal puede inspirar un texto de biología. Por su aspecto amenazador; por su aparente fragilidad; porque vuela; porque nada; porque se arrastra; porque se transforma; porque advierte; porque envenena… Y lo mismo ocurre con las plantas y con los paisajes. Todos los ambientes que hayamos mirado pueden ilustrar alguna explicación de las ciencias de la tierra y del espacio. El Ártico es un ejemplo del calentamiento global; los volcanes, de la liberación de energía; los cañones y  los glaciares, de la erosión y la huella del tiempo; las estaciones eólicas y las placas solares, de las energías renovables…
Gran acierto de FOTCIENCIA: sin ambas categorías no se produciría una osmosis perfecta entre la ciencia y el ciudadano. En la ciencia, igual que en la música, viene muy bien incluir viejos éxitos para que el público preste más atención a los temas nuevos. Ahora, ya, sí les toca a los profesionales de la investigación científica dar el paso de acercarnos sus avances. Ahora, los artistas de la categoría MICRO analizan sus muestras con resonancia magnética nuclear o introducen el objetivo bajo la radiación de una lámpara ultravioleta y me muestran lo casi nunca visto: el interior de la materia. De repente, puedo darme un paseo por las entrañas del plancton, las bacterias, virus, parásitos, hongos, cristales, compuestos orgánicos, moléculas, células, elementos químicos… Se me abren las puertas de sus laboratorios, y las brumas se disipan. Una avanzadaza tecnología se pone a disposición de mi limitado sistema visual. A veces, ni siquiera necesito luz; cuento con microscopios de fuerza atómica que generan ante mis ojos miopes imágenes tridimensionales de partículas que casi puedo acariciar.
La proximidad hipnotiza; es como engancharnos a la historia de un personaje literario cuando el autor nos coloca en su punto de vista. Aquí estoy, dentro de la escala nanométrica; viviendo una aventura fascinante. Entré en la primera imagen y ya no hubo vuelta atrás: tuve que seguir mirando. Me sentía descubridora de un Lilliput inexplorado; Alicia en un Nano-país de las maravillas, lleno de lo que parecían islas desiertas; montañas nevadas; naves espaciales; selvas bananeras; estrellas radiantes; palacios de Gaudí o laberintos poblados de monstruos… Toda una hazaña. Pasaba de una foto a otra preguntándome qué suelo estaba pisando. ¿Un compuesto orgánico; un cristal; un cascarón de nuez, una gota de sangre, un metal oxidado? En plena odisea, me acordé del día en que le pusieron gafas a uno de mis hijos. El niño anduvo rodando de la mañana a la noche. Es como si el bordillo se hubiera convertido, de repente, en algo abstracto o fluctuante que él hubiera dejado de reconocer. Cuando le ayudé a levantarse por enésima vez y le pregunté qué le estaba pasando, me respondió: “Es que, hoy, el suelo está mucho más cerca”.
En fin, que también yo tenía que aprender a mirar el mundo bajo esta otra óptica y, para eso, necesitaba las explicaciones de los textos: el manual de instrucciones de mis “gafas” nuevas. Son esos textos los que tienden puentes entre la tecnología y quienes la usan. Lo digo con orgullo de escritora: las imágenes de este certamen no podrían atracar nunca en las entrañas del conocimiento si no llevasen el mapa del tesoro de la ciencia. Aquí quería llegar yo, a este precioso cofre de información en que descubro que lo que tomé por un grano de arroz es el polen de una orquídea; que iba a chupar una pila creyendo que era un helado; que no vengo de una caverna, sino de un estigma; que aquel caballito de mar era, en realidad, una neurona; que no he surcado el Amazonas, sino el cerebro; que este corazón era una piedra y aquel monstruo la larva de un insecto.

Bolas de helado”. Primer premio de la categoría Micro Fotciencia 9. María Carbajo Sánchez
¡Cómo habría disfrutado Julio Verne! Le habría fascinado la nanotecnología, una ciencia reciente cuyos logros revierten en todos los campos de la investigación. Se ocupa de reestructurar la materia a una escala diez mil veces menor que el grosor del cabello humano. Esta ciencia copia estructuras de la naturaleza y las “domestica” para obtener materiales similares a los existentes, pero con propiedades que se pueden controlar y adaptar a nuestras necesidades. Gracias a ella, por ejemplo, los cirujanos cosen nuestras heridas con hilos tan elásticos y resistentes como la seda de la araña. Pero la nanotecnología no sólo es útil dentro del quirófano y del laboratorio: optimiza todas nuestras herramientas. Desarrolla materiales capaces de absorber gases, de cortar metales, perforar rocas; aislar de la electricidad; proteger contra el fuego; impedir la adherencia de nuestros enseres de cocina o prestarles las propiedades ópticas del cristal líquido a nuestros aparatos electrónicos…
Una cosa me ha llamado la atención de este certamen: los científicos emplean todo su ingenio y la tecnología más puntera en desentrañar misterios; no obstante, en muchos de los comentarios con que interpretan el interés científico o tecnológico de los hechos que han observado, nombran a seres mágicos, reflejos mágicos, estrellas mágicas… De verdad, me sorprende. ¿Acaso no nació la ciencia cuando alguien se dio cuenta de que el rayo no venía del cabreo de algún dios? Sí, ya lo sé, es una forma de hablar: recurrimos a los mitos para hacer literatura; pero yo no creo que haya contradicciones entre la belleza de una imagen y el conocimiento (ausencia de misterio) de su significación científica. Saber qué provoca el rayo no logrará que éste deje de impresionarme. La ciencia y la magia se llevan como el agua y el aceite cuando deben convivir en textos de menos de mil caracteres. En tan pocas líneas, ya es bastante con que nos quepa todo lo que hay que decir de la materia y de sus equilibrios inestables; de sus simetrías escondidas, de sus proporciones, de su armonía, del color de lo químico, de sus irisaciones, de su luminiscencia…
Me ha llevado días despegar la nariz de estas bellas imágenes. No sólo felicito a los ganadores; le doy mi enhorabuena, también, a FOTCIENCIA. Su enfoque visual y festivo logra que la ciencia y la tecnología se adhieran al objetivo de nuestras cámaras, que las dispersan en una suerte de polinización. Animo a todo el mundo a echarles un vistazo a sus fotografías y a sus textos; hasta entonces, les avanzo mis primeras impresiones: a) que la ciencia y la tecnología establecen, en la actualidad, una estrecha simbiosis de la que todos nos beneficiamos; b) que ambas están cambiando el mundo, pues sus logros se emplean en minimizar nuestra huella ecológica y mejorar nuestra calidad de vida, y c) que, aunque no todos los científicos se expliquen como Carl Sagan, sí hay muchos de ellos que ven la realidad que hay tras el espejismo y la describen de un modo interesante y claro, logrando una conexión “mágica” entre la ciencia y el ciudadano (perdonadme la broma, pero yo soy muy dada a la ficción y, aquí y ahora, me he permitido 8.747 caracteres, contando espacios).

lunes, 1 de marzo de 2010

“La soledad de los números primos”, Paolo Giordano

La soledad de los números primoses una novela sobre el peso de las consecuencias de esas decisiones que se toman en unos segundos y se pagan el resto de la vida.

Obligada por su padre, Alice della Rocca asistió a una escuela de esquí hasta que, con ocho años, decidió apartarse del grupo para hacer pipí y acabó en un barranco, presa del sentimiento de abandono en una niebla luminosa que infundía más miedo que la oscuridad.

Al invierno siguiente, Mattia Balossino decidió dejar a su hermana Michela en el parque que cruzaba el río e ir solo a la primera fiesta de cumpleaños a la que los habían invitado. No quería quedar mal acudiendo de la mano de una retrasada que solía hacer de mariposa y que él deseaba ver salir volando.

La última consecuencia de ambas decisiones será la soledad; una soledad que brotará en sus respectivos conjuntos familiares y se desarrollará en progresión geométrica, hasta dejarlos solos entre sus iguales, convertidos en “números primos” (sólo exactamente divisibles por uno y por sí mismos).

Me gustan las matemáticas ─mezcladas aquí con el drama humano─; sin embargo, cuando el comienzo me dejó sin aliento, me quedé mirando el libro toda seria, como haciéndome cargo de la situación, y consideré con detenimiento la posibilidad de no seguir leyendo. Me preguntaba qué podría pasar después, y temía saberlo. ¿Identificarme con criaturas tímidas como ellas solas a quienes nadie oye llamar a las puertas? Fue el autor, Paolo Giordano (Turín, 1982), quien me obligó a seguir ha-cia-de-lan-te. Éste es su primer libro pero, ¡coño!, sabe cómo contar con palabras sencillas la historia de esos dos personajes (convertidos más tarde en matemático y en fotógrafa). Giordano es científico. A él también le gusta contar y contar (historias y números), y dispararnos el flash (de sus números y de sus historias) en plena cara. Iba yo aún con parsimonia por su libro, como si cometiera allanamiento de morada, cuando él empezó a soltármelo todo (lo de la decisión, lo del barranco, lo del río…), sin querer parecer melodramático. Bajo su promesa de que la vida seguiría, apilé un mazo de folios en la mesilla, con los bordes igualados; me calcé mis mullidas pantuflas, y seguí con lo mío. ¡Apañada estaría si me rindiera! Allí mismo ─todavía aquí─, leí su novela de punta a cabo. No sé qué corriente sutil me unía a ella, pero la sentía como una extensión natural de mis miembros. ¿Cómo conseguiría Giordano que todo cuadrase? Intentado despejar la incógnita, no me movía ni a la de tres… salvo para pasar el dedo por el filo cortante de las hojas.

Los protagonistas me resultaban atractivos… aunque, eso sí, de una manera espantosa. Cuando se conocieron, a los 15 años, Alice era una chica anoréxica de escualidez inquietante, andares asimétricos y aire ensimismado, que ya había dejado de jugar a hacer el ángel en la nieve. Convertida ahora en un… diablo cojuelo, ya sólo jugaba a recordarle al padre que había destruido su vida y que fue su afán competitivo lo que la dejó fuera de la competición. De ahí en adelante, en vez de ir “a por ellos”, Alice se tragaría lo que tuviera que tragarse con tal de que aceptasen a una patizamba a quien nunca elegirían reina de nada. Se lo tragaría todo menos la comida, eso sí que no. Estaba dispuesta a engañar el hambre hasta borrar del mapa por completo ese odioso fantasma de sí misma.

También Mattia había cambiado. Antes tenía la cabeza gacha porque su hermana le daba vergüenza; ahora se avergonzaba de sí mismo. Desde que soltó la mano de Michela ─y, más tarde, su madre se guardó la suya en el bolsillo para no dársela a él─, sólo apretaba sus dedos contra cosas afiladas. Su padre solía mirarlo como si se fuese a cortar las venas. Por eso, en su casa, no se nombraba a Michela. A pesar de sus notas altísimas, ahora era Mattia quien parecía retrasado. La cabeza se le hundía entre los hombros, bajo el peso del remordimiento; así que intentaba llenarla de abstracciones, que pesan menos. Una decisión era para él un código binario: uno o cero. Para perderse en la sobremesa, trazaba líneas rectas con migas de pan (al contrario que Pulgarcito); o pensaba en la tensión superficial de su vaso de coca-cola.

El desarrollo de la novela es igual al desarrollo de estos dos adolescentes (el que rechazaba el mundo y la que se sentía rechazada por él) que, por la ley de la casualidad, se dieron la mano en otro cumpleaños (el de Viola, una fresca de mierda). Ahí es donde confluyeron las heridas aún abiertas de Mattia y Alice y donde empezaron a sumarse sus historias. Veamos si sé resolver el binomio de estos dos chicos que se necesitaban el uno al otro para aprender a moverse dentro y fuera del agua. El resultado es la intimidad fluida y fascinante de estos dos seres solitarios pero casi consecutivos, como los números primos gemelos… Y, claro, como primos gemelos que eran, siempre los separaba algún número par. Michela estaba entre ellos. O el padre de Alice. O las fotografías con las que ella incluía o excluía a su antojo partes de la realidad. O esos números que podían llevarse a Mattia a una Universidad extranjera…

Desenredar la madeja interior de seres que no quieren ser retratados no es tarea fácil; sin embargo, este libro consigue reflejarlos en páginas que parecen superficies líquidas. La rigurosa descripción que hace el autor de la psicología de los números primos
es uno de sus mayores aciertos.

“¡Uau!, enhorabuena, Paolo”, dije en voz alta, cuando acabé. No pude evitar un acceso de envidia ante la maestría con que, mostrándome abstracciones, el autor me había hecho ver realidades tan concretas. Dejé el libro con cuidado sobre los folios de mi mesilla. Había apuntado en ellos algunas frases que raspaban como la arena y que, hoy, no me salieron paralelas. Hablaban con tal rigor de la soledad pura, que mi cuarto parecía una catedral del fin del mundo.

En lo alto, luce un sol que ciega, pero antes de salir a respirar, que falta me hace, añadiré una cosa: el desenlace de la historia llegará cuando Mattia y Alice se desenlacen. Cuando se abran sus conductos lacrimales y sus heridas acaben disolviéndose en lágrimas. Cuando su adolescencia cicatrice y su dolor se vuelva leve como el recuerdo de un recuerdo; cuando tengan fuerza suficiente para cargar el peso de las consecuencias; cuando la vida haga palanca en la rutina y los inunde en asuntos tan simples como la gotera de un grifo; cuando se den cuenta, como por encanto, de que están delante de otra de esas decisiones que pasan una página en la vida; cuando hagan recuento de lo que les queda y descubran que el sol no se ahoga en el mar una vez al día y que ellos también ─al amanecer─ podrán salir solos de sus respectivos barrancos.

La vida, como siempre, ahí sigue ─así así─, “Q.E.D.”.

LA PSICOLOGÍA DE LOS NÚMEROS PRIMOS


Corolario de mi lectura de “La soledad de los números primos”, de Paolo Giordano.

● Casi todos los números primos tienen un pasado digno de contar, pero se lo callan.
● En sus almas se esconde un secreto terrible que los condena a la soledad. Mejor dicho, se condenan: son ellos quienes se encierran dentro de sí mismos.
● Para no descubrir en sus ojos la huella del drama, no quieren ni mirarse en los espejos.
● La vida es para ellos una potencia oscura y el sueño les produce imágenes caóticas.
● A fuerza de no encontrar la paz, sus mentes ni siquiera parecen racionales.
● Casi siempre, dudan de casi todo; especialmente, de sí mismos.
● Después de su primera decisión fatídica, son incapaces de optar por nada. Cuanto más se debaten, más se enredan.
● No hacen lo más natural del mundo ─ni comen palomitas en el cine ni bailan en las fiestas─, lo cual resulta un poco sospechoso.
● Sus sonrisas son rachas de viento helado.
● Su aire ausente se debe a que suelen ir lidiando con fantasmas.
● Antes de colocarse en el centro de ningún corro, prefieren imaginarse en una maqueta inmensa llena de seres inanimados.
● A los vivos los ven como a través de un velo.
● No pronuncian su nombre, salvo para recordárselo a ellos mismos.
● No te miran a la cara, porque tus ojos les resultan incisivos y tus ademanes aparatosos.
● Cerca de ti, no saben andar erguidos.
● Si te fijas en ellos, se les pone una expresión de “Tierra, trágame”. Por eso levantan la silla ─cuando han de moverla─ y hablan ─cuando han de hablar─ como si les pinchara la saliva.
● Son capaces de no respirar, con tal de no hacer ruido.
● Si han de estrechar tu mano, lo hacen blandamente, para que no los sientas.
● Si pasan a tu lado, lo hacen encogidos, para que no los veas.
● Han cavado un abismo a su alrededor. Si intentas ayudarlos, te despeñas.
● Ellos, nada. Ellos, nunca.
● Son seres que jamás cuentan contigo ni echan cabos al mar, pidiendo ayuda.

● Su vida seguirá, pero sólo después de que la cure el tiempo.

domingo, 10 de agosto de 2008

“Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen”, Víctor Gómez Pin

En “FILOSOFÍA. Interrogaciones que a todos conciernen”, Víctor Gómez Pin enumera y analiza los problemas que afectan al ser humano, a todos los seres humanos; problemas que están presentes en todas las lenguas; que obsesionan a todas las sociedades.

Partiendo de cuestiones que tal vez ahora nos parezcan obvias, pero que en su momento dejaron atónitos a los filósofos, el libro salta hacia el presente y revisa esas preguntas bajo el prisma del pensamiento y la ciencia de nuestros días.


El filósofo Víctor Gómez Pin es autor de más de veinte obras; entre otras, 'La escuela más sobria de la vida', 'Los ojos del murciélago, vidas en la caverna global', 'El hombre, un animal singular', “Entre lobos y autómatas”, “Filosofía: el saber del esclavo”, “El psicoanálisis: justificación de Freud”,”Descartes: la exigencia filosófica”, “La tentación pitagórica”, “La dignidad: lamento de la razón repudiada”, “Ciencia de la lógica y lógica del sueño”, etc.

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Las interrogaciones que me conciernen

Lo único que representa una promesa para el pensamiento ─dice Víctor Gómez Pin─ es lo que no se conoce. Así pues, me digo a mí misma que su libro promete y lo abro.


Platón y Aristóteles situaban el origen de la filosofía en el estupor. Y, es cierto: mientras buceo en los primeros planteamientos, me siento un poco estúpida, aturdida. Demasiado estupor tampoco es bueno. ¿Acabará siendo lo que ignoro una barrera entre la obra y yo? La verdad es que no lo creo. El autor es ambicioso, eso se ve desde el primer vistazo al índice, pero es en eso, precisamente, donde encuentro el gusto yo.

Cosmos, espacio, tiempo, condición lingüística, sentido de la vida, diferencia entre formas de vida, entre especies, entre lo humano y lo animal, máquinas inteligentes, distinción entre individuos… Ética, estética, razón, conciencia, libertad, acción, voluntad, movimiento, vínculo entre tiempo y corrupción, entre palabra y música…

Son muchos los conceptos y fenómenos que intenta explicarme este ensayo. Más promesas. Va a tener que hacerlo muy bien Gómez Pin para que aquello que no me dice casi nada adquiera significación; es decir, salga de la in-significancia. De momento, empiezo a pensar que saber por saber es un delicioso placer humano. Eso quiere decir que la obra marcha, ¿o no?

Voy leyendo poco a poco, las noches que me veo en disposición. No vale tener sueño, pero tampoco se trata de neutralizar el insomnio. Frente a este libro, mi tarea es pensar; conque me concentro. En cuanto deje de estar distraída, las interrogaciones vendrán por sí mismas. Las respuestas importan menos: lo que pesa aquí –me dice mi mentor– son las preguntas, los problemas filosóficos. Los conceptos atraviesan la historia del pensamiento, encuentren o no encuentren solución definitiva.

¿Y cuáles son esos problemas?: los que a todos nos afectan. “Si no hablo de cosas que a todos conciernen, no soy filósofo”, retumba la voz del autor en mi cuarto. Y él es filósofo, eso seguro; un filósofo que ─recordando a Kant─ se pregunta qué puede esperar, qué debe hacer, qué puede o debe saber un filósofo.

La lista es tan amplia, que abruma. Empezando por el hombre mismo, Gómez Pin se interesa por todas las cuestiones que tensaron el pensamiento de los antiguos. Eso sí, revisa las viejas interrogaciones con la mente de un pensador de hoy día (lo que trae, a su vez, preguntas nuevas).

El autor empieza a contar con mi adhesión apasionada en cuanto empieza a hablarme del lenguaje. Será deformación profesional. O humana. Cada vez que me dice que el lenguaje es el molde en que se forja el ser humano y que sólo somos personas si respetamos la palabra dada, muevo la cabeza como una tonta. El lenguaje me ha permitido encontrarme con este otro ser de lenguaje. El autor se explica y yo me explico. Todos nos explicamos. Incluso los malvados “argumentan” sus fechorías. Estoy de acuerdo con Gómez Pin en que el lenguaje nos anuda a la vida del espíritu; en que la lengua determina el universo de la ciencia, el arte, la tecnología y la relación conceptual, o sea, las principales expresiones de la creatividad humana; en que sirve para informarnos, relacionarnos y deleitarnos con la poesía, pero que también se usa para callar, para encubrir, para mentir, para despistar…

Sé que mi pensamiento está empapado por los signos; sé que la naturaleza que observo y los símbolos que empleo para pensar en ella o para comunicar lo que miro ya no pueden separarse; pero sé también que el lenguaje no es naturaleza ni está a su servicio. A veces, el lenguaje sólo sirve al lenguaje. Discursos míticos, poéticos, narrativos… Para crearlos, no necesitamos justificación objetiva. No nos hace falta que eso de lo que hablamos sea real, ni verdadero. Podemos inventárnoslo. El lenguaje es versátil, flexible y creativo, y “el mundo es azul como una naranja”. Las palabras eran la meta de Paul Éluard cuando hizo esta feliz comparación. El verbo se hizo carne. El instinto del lenguaje es una tendencia a mantener una vida impregnada por la palabra. No nos comunicamos para vivir, sino que vivimos para comunicarnos. Lo que cuenta es seguir hablando. O seguir escribiendo. ¿Para qué? Para que la palabra persevere y la lengua se recree en sí misma.

El lenguaje es algo vivo que lucha por su supervivencia, pero el lenguaje no es vida. Si el lenguaje fuera vida ─asegura Gómez Pin─, no habría locos; no habría quien se matase para no traicionar a la palabra. Si el lenguaje fuera vida, no habría emociones eróticas. No habría poetas. Nadie se desviviría por encontrar una frase bonita o un pensamiento que no esté manido.

Yo estoy en ello. Siento el fortísimo impulso de vincularme al autor de los libros que leo y a los lectores de los que escribo a través de la palabra. No hay un placer más intenso que el de compartirla. Cruzando el puente de la subjetividad, siempre encuentro seres humanos. ¡Qué grande es esto!

Víctor Gómez Pin sabe hasta qué punto me concierne el lenguaje. Las categorías que trata de explicarme ─entidad, cualidad, tiempo, espacio…─ tienen un origen gramatical. El lenguaje es su instrumento para hacer transparentes la geometría euclidiana, el teorema de Pitágoras y todos aquellos conceptos matemáticos y científicos que necesitamos para percibir y medir el mundo, y ubicarnos en el universo.

Si no usamos la ciencia, no estamos en condiciones de abordar interrogantes. No hay forma de hablar de la naturaleza sin remitirse a los grandes conceptos de la mecánica y de la dinámica en la física clásica. Las leyes de Newton; el concepto de “cantidad de movimiento”, los de masa y densidad… Pero la ciencia ha avanzado mucho. Hemos descubierto que el espacio newtoniano, en el que se cumplían las leyes de la geometría euclidiana, no es objetivo. Todo tiene una posición respecto a mí. Las cosas se sitúan aquí o allí, pero también antes o después, a una u otra distancia de mí misma. Hay que hacerse a la idea de nuestra importancia como observadores. ¿Y de qué otras novedades hablamos, además de la Relatividad?: del genoma humano, de las redes neuronales artificiales (neural networks), de la mecánica cuántica, del principio de incertidumbre

Empiezo a pensar, como Einstein, que “la cosa más incomprensible del universo es, precisamente, que sea comprensible”. Porque, además, para abordar la cuestión de la física, necesito la técnica de la derivación parcial y otros conceptos matemáticos, como dimensión, codimensión, curvatura, campo, vacío…

El autor sabe que el cosmos me apasiona. Sabe que, para mí, no hay nada tan fascinante como pensar que, con esta mirada mía ─supeditada a un instante del tiempo─ y con las herramientas adecuadas, podría recorrer toda la historia del universo: presenciar el Big Bang, que estaba sucediendo trece mil setecientos millones de años antes de que yo naciera.

Así pues, Gómez Pin me sube a un ascensor en el espacio. Pone mucho empeño en que pueda intuir lo que no veo. Me habla del infinito, el delicado laberinto de Borges. Me ayuda a medir un mundo que ni siquiera puedo concebir. Él y yo somos geómetras con la mente aplanada por Euclides. Ya ni las superficies se comportan. Gracias al fallo de las fórmulas euclidianas, hemos deducido que la superficie del espacio es curva; que, para la cuarta dimensión, hay coordenadas que ni siquiera podemos trazar mentalmente, porque habría que salir de nosotros y meterse en otras… honduras. Creo que hasta las palabras se me quedan cortas. Es como si yo fuese una plancha de metal en la que tratan de grabar un mapa del globo terráqueo. No tengo horizonte intuitivo para darles forma a mis montañas planas… No soy más que una hoja de dos dimensiones tratando de hacerme una idea del tomo del libro del que formo parte.

No sé si mis conocimientos serán suficientes para suplir tales carencias; aún así, Gómez Pin me convence de que me enfrente a lo que me falta. La realidad física va por un lado y la intuición por otro, pero la imaginación trascendental es previa a la experiencia. Quizás entienda la esfera de Riemann leyendo el libro de “El paraíso”, de “La divina comedia” de Dante, que es una sorprendente premonición literaria de una esfera de cuatro dimensiones. Otra vez, el lenguaje nos salva. Y, si la literatura no es suficiente, tenemos las matemáticas. Podemos formular lo inimaginable.

Está bien ─ya que hablamos del Paraíso─, Eva no se rindió a la ignorancia; conque, adelante. No presupongamos que el espacio sea euclidiano; eso, en todo caso, que lo diga el espacio. Ayudada por el autor, viajo a la abstracción y digo para mí: una montaña es esta mancha y algo más ─la altura─, que debe de ir con ella. Está demostrado. Refresco un poco la geometría que aprendí en la escuela y, alternando entre prudencia y entereza, le sumo a Euclides una dimensión más. Luego, el autor y yo dilatamos el tiempo del hombre que se desplaza. Manipulamos aquí y allá el Principio de inercia y la Ley de adición de velocidades. Viajamos por las ondas. Transmutamos rayos gamma en dualidades de electrón-positrón. Hágase la luz. Perturbamos los sistemas que estudiamos y conocemos sistemas perturbados. Metemos en el mismo saco el tiempo y el espacio, para reunir en el mismo universo a los astronautas que se han separado. Construimos mundos imaginarios forzando el instrumento matemático con números también imaginarios. Todo es relativo. Basta con encontrar las equivalencias. La masa inercial equivale a la masa gravitatoria. La gravedad equivale al movimiento acelerado. El círculo plano es una expresión abstracta o parcial de la esfera, como la esfera euclidiana es una visión abstracta o parcial de la hiperesfera…

No digo que sea fácil. Por muy bien que me lo expliquen, para mí, por ejemplo, el hecho de que dos piedras lleguen al suelo al mismo tiempo, aunque una pese un kilo y otra dos, no dejará nunca de tener su misterio.

…Pero, ¿y si lo entiendo? Otórguese, al menos, que lo medio entiendo. ¡Qué maravilla! Si consigo comprender las fórmulas de la Relatividad, experimentaré la misma emoción que Einstein. ¿Acaso no vale la pena?

He terminado ya de leer el libro, pero sigo pensando. Como Gómez Pin dice, se trata de pensar hasta el último aliento… pensar, al menos, lo que pensar significa.