viernes, 16 de marzo de 2012

Carmen Montalbán en San Fernando de Henares

El viernes pasado estuve de visita en el CEIP “El Jarama”, de San Fernando de Henares (Madrid). Los chicos y chicas de sexto de Primaria, que habían leído mi novela “Estás en la luna”, me invitaron a sus aulas para que charlase con ellos sobre mis experiencias literarias.
Pasé una mañana deliciosa, pues estaban muy contentos de recibir a la autora de un libro que habían leído y muy interesados por los pasos que di para escribirlo..
Daniel y Lucía, los profesores de las dos clases en las que intervine, me mostraron el colegio (preciosamente decorado con los trabajos artísticos de los escolares) y me hablaron de algo que luego descubrí yo: el amor por la lectura que demuestra todo el alumnado.
Enseguida pude comprobar que los chicos y chicas de sexto se habían documentado a conciencia; que conocían mi página Web y mi blog de maravilla y, lo que es mejor, que no habían leído “Estás en la luna” por imposición, sino por gusto. Hablé con ellos acerca de la memoria que transmitimos con nuestra presencia de viva voz, del alzheimer, de la relación de los niños con sus abuelos, de los pueblos sin tierra y sin identidad; del equipaje interior  (esos tesoros que guardamos en los baúles del alma y que nos enriquecen aunque seamos pobres), y de las penas y glorias del oficio de escribir...
También a mí me gustó escucharles. Se sentían tan cómodos hablando de libros conmigo como yo con ellos; tanto, que presentí que tenía frente a mí a grandes promotores de la lectura. El entusiasmo se contagia. 
Daniel Flórez, el jefe de estudios, es un maestro vocacional y un apasionado de la literatura. En la pared de su aula, exhibe “Los diez derechos del lector”, de Daniel Pennac (con las ilustraciones de Quentin Blake: (el derecho a no leer; a saltarse páginas; a no terminar un libro; a releer; a leer cualquier cosa; a leer lo que me gusta; a leer en cualquier parte; a picotear; a leer en voz alta y a guardar silencio).
Daniel no quiere que sus alumnos lean por obligación, sino por placer. Está claro que lo ha logrado. Que se vaya preparando para leer manuscritos; pues, con la pasión de leer viene, en muchas ocasiones, la pasión de escribir. Estoy casi segura de que, si sus alumnos siguen sacando de la lectura tantas satisfacciones, muchos se convertirán, en un futuro próximo, en buenos escritores. Algunos, ya están en ello.
En todo momento, mientras duró mi visita a las clases de sexto A y sexto B, había un mar de manos frente a mí; manos que se alzaban a oleadas de curiosidad para preguntarme ─y descubrirme─ aspectos de los personajes de mi libro y para comprender cuestiones prácticas a la hora de convertir una historia en una novela. Al final, me despidieron con regalos: murales en los que expresaban lo que habían aprendido en los desiertos de “Estás en la luna”, y hablaban de las situaciones más emocionantes del viaje que habían hecho conmigo por los caminos de la narración. Son murales hermosos e imaginativos, por lo que les doy las gracias desde aquí; pero les agradezco, sobre todo, el interés que demuestran por la literatura, al que intento corresponder con esta entrada en mi blog, que les dedico:

A vosotros, chicos y chicas de sexto de Primaria del CEIP “El Jarama”, de San Fernando de Henares (Madrid); porque, en vuestra compañía, me he sentido afortunada de ser escritora. Con todo mi cariño y mi respeto.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Currículum animado de Alejandro Suárez Antonovitch

Estos días, he dejado mi despacho para volver a Manticodela, el blog  de Alejandro Suárez Antonovitch (Gijón, 1984), de quien ya he hablado aquí (Alejandro Suárez Antonovitch: el dibujo que narra).
Despacho 2”, por Alejandro Suárez Antonovitch

Alejandro es dibujante, músico, ilustrador, especialista en 3D… Pero, ¿qué hago, enumerando? No hay necesidad de que repita la lista de las artes que domina: él mismo ha creado recientemente un currículum animado muy descriptivo en el que usted podrá ver lo que hace y, lo que es más importante, de qué manera. Ya sabe, un botón de muestra. Abajo dejo el enlace, por si necesita que alguien ilustre su vida o le ponga a su película una buena cabecera y unos creativos títulos de crédito. Visítelo. Es muy bueno. Una obrita maestra.

En la página de inicio de su blog: www.manticodela.wordpress.com.

viernes, 2 de marzo de 2012

“El perro que comía silencio”, Isabel Mellado

Nací hace ocho o diez perros, cuatro gatos y tres periquitos. Mi cumpleaños ha caído en domingo; que es, justo, cuando mi espejo tiene el día libre. Aprovechando que era fin de mes, me marché a las rebajas. “No voy a dejarme derrotar por la edad”, dije para mí, “o acabaré volviéndome tan masoquista, que un día lloraré de oreja a oreja”. Antes de que el reloj me extirpase la tarde entera, me fui a oler las sensaciones de la nueva temporada y, quizás, a apadrinar un libro. En seguida, le hice ojitos a un librillo de cuentos de Isabel Mellado. Un posible comprador lo ojeaba tan absorto, que sentí que me estaba perdiendo algo. Se lo arranqué de las manos, lo confieso. Sus páginas, hechas de carne de espejo, formaban un marco perfecto para mirarme. La primera hoja me devolvió la mirada, como si intentase desvelar el secreto de la mía. Después, como era de esperar, el libro me apadrinó a mí. Desde entonces, soy un precioso ramo de relatos y me gusta titularme “El perro que comía silencio”.

“En el origen”. Foto: Carmen Montalbán
En fin, que me llevé un chucho callejero a casa ─que, por cierto, estaba hecha un chiquero─ y, en vez de guardián, se hizo el amo. Mientras él ocupaba el sofá, le eché un vistazo al primer relato, que se llama “El perro que comía silencio”, igual que el libro entero. Un paso más allá de su primera corteza de silencio, ya no podía ver mis piernas. Estaba siendo engullida por el libro sin que el perro intentase evitarlo. De modo que no tuve más remedio que partir de viaje en este tren de cuentos, a alcanzar cercanías insospechadas.   
No me preguntes de qué trata cada uno, pero me parece que el conjunto habla del silencio; del que nos devora y del que devoramos cuando el alma y el espíritu se expresan a través del sueño, del arte, de la literatura, de la música, del pensamiento…
El libro está dividido en tres partes, llenas todas ellas de historias alegres, frescas, disparatadas y breves.
I) En Mi primera muerte, visito el laberinto personal en el que habita mi minotauro. El silencio es, aquí, la palabra desnuda y, antes de que yo pueda comérmelo, lo ha digerido la literatura, junto con todo aquello que nos guardamos cuando obliga el ombligo y que nos hace engordar por dentro. O morir… Porque, en fin, ya se sabe, vivir acorta la vida, y una empieza a morir cuando se viste el primer corazón de cuero negro.
II) En La música y el resto, el libro crece para que le quepa más música dentro y puedan salir a pastar los sonidos. También aquí hay mucho silencioen mi menor: el del trance musical, el anterior al concierto, el del creador, el del auditorio obnubilado… La música los devora y, de paso, hace bailar las esquinas paralíticas de mi alma al ritmo avasallante de un violín tan afortunado como un trébol de cuatro cuerdas. En estos relatos, el tiempo se mide en acordes y la luz respira en síncopas. Cuando el mundo empiece a sonar feo, sírvase la nota que desee, son todas de una ternura irrefutable.
III) En Huesos, el silencio acaba convertido en esqueleto de las cosas esenciales. No tengo tiempo de enumerarlas ahora: porque, en este bloque, el reloj no hace tictac, sino Kaput. Sólo diré que son huesos que hay que roer a conciencia y que la dejan a una deshuesada. Estos aforismos y microrrelatos se leen a toda velocidad… se leían; pero se quedan esculpidos en la mente, por lo que dan para más de una vez.


“Música en los huesos”. Foto: Carmen Montalbán
Cada cuento me deja una mueca; cada mueca, un ahora distinto. La autora, Isabel Mellado, me los hace vivir con el tobogán de su lengua elocuente, un tono sincero, un descaro virtuoso, y un estilo sin frases de marketing. Yo diría que es algo estrafalaria (a veces, me agarra por el pescuezo y me zarandea, para que se me caiga el filtro amortigua-mundo), pero Isabel narra con la veracidad de los sueños más veraces y sus palabras, que crujen como granos de café recién tostado, resultan encantadoras. Para mí, es imposible no entrar en su órbita. Su literatura alcanza la fuerza de una mano abierta a la hora de mostrar mundos sumergidos. ¿Que cómo lo consigue?: con tres o cuatro verbos de cuidado; un puñado de nombres encendidos como antorchas, y unas frases voraces que, en seguida, devoran el silencio; a ver si, así, yo dejo de estar sorda.

A lo que iba: que encendí el libro y leí la vela. Todo se llenó de formas, de posibilidades, de reflejos… Sentía sobre mí una avalancha de primeras cosas: pensamientos que se dilatan; rugidos luminosos, olores inmensos, colores que domestican a los objetos, y sílabas que brincan de un lado a otro, liberadas de sus leyes de tránsito… Empecé a preguntarme si esto era sueño o página. Supe inmediatamente que se trataba de surrealismo, y no porque yo fuese suspicaz, sino porque Isabel (que crea ficciones exuberantes sin la censura de la razón) me había hecho ciudadana de lo onírico. Mirando a ver si estaba delirando, le perdí pronto la perspectiva al asunto y algo se desató en mí. ¿Cómo no? Aquí, puedo probar todos los sentimientos que desee tomarme. Puedo ser todo lo que no soy; y puedo ser, también, todo lo contrario. Puedo encarnar a la piel del día; al ojo del huracán; a la enigmática Mona Lisa, o a un violonchelo que canta bocanadas de arpegios mañaneros. Puedo ejercer de gato de salón o pasar por un sueño de mujer que se convierte en rana si la besas… En fin, que esto empezó a ser real y mi habitación, si acaso, un espejismo. Ya sabes: si en un sueño das un beso, entiendes de pronto el porqué de los labios; por eso me encuentro tan a gusto aquí.  

Por eso me encontraba tan a gusto aquí. Mi lectura ha terminado, pero aún guardo su lumbre y su misterio. Yo ya presentía que, como todo cuerpo extraño, sería expulsada de estos cuentos tarde o temprano. Estoy frente a mi espejo, que hoy trabaja: a mis salidas del arte, se empeña en que parezca más persona. Cierro el libro silbando, igual que un globo cuando lo dejan libre. Es el aire que he respirado en él. Decir que me ha gustado sería como decir que me gustan los pulmones. La voz de musgo de Isabel Mellado sigue mellando mi oído cuando descubro que ya es muy tarde. Mi reloj se lame los bigotes frente a las sardinas dormidas del plato. Yo no las necesito: hoy, sólo me alimenta un silencio antioxidante que me ha quitado peso, años y patetismo. No he adelgazado, pero tengo los huesos bien afuera y el alma me chorrea por los dedos. El perro que comía silencio” me ha dejado llena de higos frescos. Tampoco siento envidia porque las coles duerman. Yo he soñado. Y sin tener que contar putas ovejas. Hace cinco días que buceo en el sueño número 4734265870XL de Isabel Mellado. Es un sueño bonito en que las catedrales tienen cúpulas verdes de cáscara de sandía y las conchas de las playas son besos de antepasados.


“Tréboles de cuatro cuerdas”. Foto. Carmen Montalbán

Ahora voy a dormir, a ver si cicatrizo. Me dejo la música puesta; me pongo encima mi nave interplanetaria de guata barata, apoyo la cabeza entre las consonantes esparcidas, y declaro este día terminado. Debo hacer algo pronto, para que la noche caiga y yo pueda robarle del bolsillo algún sueño. Así que, nada: Saludos, sol. Mañana nos veremos. ¿Y en qué andará el mundo a todo esto?
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El perro que comía silencio” (páginas de espuma, 2011), que hoy comento con sus propias palabras, es el primer libro de la violinista Isabel Mellado (Chile, 1967)

martes, 7 de febrero de 2012

Cómo “cortar el agua” ( “hacer cabrillas”, “saltar la rana”…)

Me perdonarán mis seguidores que haya dispuesto de tan poco tiempo últimamente para dedicarle a este blog. Estos días, he tenido demasiadas lecturas de trabajo; lo que no quiere decir que  no hayan sido, también, lecturas de placer, al contrario: pero aquí no hay lugar para hablar de mis incursiones en textos inéditos, puesto que ustedes no pueden leerlos todavía, y se trata de compartir experiencias literarias.
Lo triste es que, durante una temporada, voy a seguir disponiendo de escasos ratos libres para hablar de libros (o de páginas Web o de fotografía o de lo que sea); porque, además de mis tareas en casa (¡Por Dios!, ¡cómo absorben!), estoy escribiendo algunas cosillas mías que tenía pendientes. Es más difícil que escribir acerca de lo que escriben otros y requiere mucha más dedicación, lo que me tiene en guerra con el reloj, intentando sentarme al ordenador a diario, aunque sólo sea momento.
Con la vista tan cansada y tan poca diversión (alguna que otra partidita de mus, en noches alternas), se me ha ocurrido lo gratificante que sería para mí (y para mis ojos) salir a buscar una charca y una piedra y ponerme a cortar el agua. Es un juego muy relajante que me suele retar desde muy niña. Seguro que esa experiencia sí podemos compartirla. ¿O no se han preguntado alguna vez cuántos saltos le harán dar a una piedra que hayan lanzado a un río, a un lago o a una charca?
Si no han jugado nunca a hacer cabrillas (también así se conoce el juego), les recomiendo que lo prueben: es un vicio muy sano y muy sencillo: cuestión de práctica. Para ilustrar su técnica, les adjunto la fotografía y el comentario que presenté a FOTCIENCIA 9, en donde hablo de los factores que hay que tener en cuenta a la hora del lanzamiento.

“Fuerza y movimiento en el salto de la rana”. Foto: Carmen Montalbán

Hacer rebotar una piedra sobre la superficie de un río no depende únicamente de nuestra fuerza; también, de nuestra habilidad para combinar los siguientes factores:

1) Ángulo de tiro: el óptimo es de 20º. Si es mayor de 45º, la piedra se hundirá sin haber saltado.
2) Posición de la piedra al chocar contra la superficie: una ligera inclinación hará que el agua empuje su extremo inferior y la voltee sobre su eje vertical, propulsándola hacia arriba.
3) Velocidad de giro: obtendremos mejores resultados si lanzamos la lasca girando sobre su eje horizontal, como una nave espacial (movimiento giratorio).
4) Velocidad del lanzamiento: cuanto mayor sea, más distancia recorrerá el “proyectil” entre salto y salto, y más veces rebotará antes de que las fuerzas pasivas absorban su energía y lo frenen (rozamiento / tensión superficial) y la gravedad lo atraiga al fondo.
5) Forma de la piedra: la forma aplanada obstaculiza su penetración en el agua y favorece su desplazamiento por el aire.
6) Masa de la piedra: más masa implica más inercia (tendencia a seguir avanzando), pero también más dificultades de manejo y más fuerza por nuestra parte.

miércoles, 4 de enero de 2012

Filtro de Macrofitas en Flotación (FMF)


Lavar el agua”. Foto: Carmen Montalbán
Se llama “fitorremediación” al aprovechamiento de las plantas para eliminar contaminantes del medioambiente. Así, para regenerar aguas residuales, potabilizar ríos contaminados y restablecer el equilibrio de los ecosistemas húmedos, la ciencia utiliza plantas acuáticas ─macrofitas emergentes─ que absorben los materiales pesados, segregan ácidos que matan a las bacterias patógenas del agua, e inyectan en el fango un oxígeno que lo degrada, eliminando los residuos orgánicos. Pero el procedimiento que empieza a extenderse no consiste en plantar macrofitas en los fondos húmedos, sino en ensamblarlas en una estructura flotante que, suspendiendo las raíces sobre el agua, incrementa el poder depurador de la planta. Es como esas alfombras que se tejen ensartando hebras de lana en una rejilla de esparto, sólo que las hebras son juncos aquí y la rejilla está hecha de “geomembranas” (tubos impermeables) que pueden unirse a otras como un mecano para hacer el flotante tapiz vegetal tan grande como sea necesario. Se trata de un filtro vivo y barato (lo mantiene un jardinero) que no produce residuos, ruido ni mal olor y le da al paisaje que descontamina un aspecto de parque natural.

Lavar el agua” es una de las dos fotografías con que participé en el certamen de FOTCIENCIA 9. El Filtro de Macrofitas en Flotación (FMF)  proyecto desarrollado por la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) obtuvo una mención de honor en Kyoto 2003 como una de las mejores propuestas para purificar el agua. Tomé esta imagen en el vivero de macrofitas de AQUAFHITEX (Puebla de Alcocer, Badajoz) que, además de instalar el FMF en los lugares que lo reclamen, lidera un proyecto de cooperación internacional que intenta potabilizar las aguas del río Níger, en colaboración con la ONG Movimiento por la Paz de Extremadura y la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional para el Desarrollo.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Los tesoros de FOTCIENCIA

¡Enhorabuena a los ganadores de FOTCIENCIA 2011! FOTCIENCIA es un certamen de fotografía científica convocado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). El objetivo del premio es acercar la ciencia y la tecnología a los ciudadanos a través de imágenes acompañadas de sus explicaciones.
Estos días, en tanto se producía el fallo del jurado, he andado navegando por la galería de imágenes de los concursantes, empapándome de ciencia. Las fotografías de la categoría MICRO (de objetos menores a un milímetro) han sido tomadas, en su mayoría, por científicos profesionales; con instrumentos de micrografía (óptica o electrónica) que no están al alcance de cualquiera o mediante técnicas de difracción que tampoco dominamos los profanos. En la modalidad general, sin embargo, es más común que seamos los ciudadanos de a pie quienes damos el paso de acercarnos a la ciencia para hacerle un retrato (visual y escrito). Si podemos ver con nuestros propios ojos el objeto que miramos, no es preciso dominar otra cosa que la cámara para obtener fotografías que ilustren hechos científicos. Participé, por supuesto, con dos fotografías: Lavar el agua y Fuerza y movimiento en el salto de la rana”. Necesito muy pocas vueltas de tuerca para ponerme a funcionar en algo que implique pensar un poco, redactar un texto y hacer fotografías. Encontrar un motivo no es complicado: enfoques lo que enfoques ─una medusa o una escalera de caracol─, la ciencia también aparece en la foto, sólo hay que traerla al primer plano.

Estructuras invisibles”. Primer premio de la Categoría General FOTCIENCIA 9. Carlos Cuenca Solana
Descubrir qué nos movió a fotografiar un animal puede inspirar un texto de biología. Por su aspecto amenazador; por su aparente fragilidad; porque vuela; porque nada; porque se arrastra; porque se transforma; porque advierte; porque envenena… Y lo mismo ocurre con las plantas y con los paisajes. Todos los ambientes que hayamos mirado pueden ilustrar alguna explicación de las ciencias de la tierra y del espacio. El Ártico es un ejemplo del calentamiento global; los volcanes, de la liberación de energía; los cañones y  los glaciares, de la erosión y la huella del tiempo; las estaciones eólicas y las placas solares, de las energías renovables…
Gran acierto de FOTCIENCIA: sin ambas categorías no se produciría una osmosis perfecta entre la ciencia y el ciudadano. En la ciencia, igual que en la música, viene muy bien incluir viejos éxitos para que el público preste más atención a los temas nuevos. Ahora, ya, sí les toca a los profesionales de la investigación científica dar el paso de acercarnos sus avances. Ahora, los artistas de la categoría MICRO analizan sus muestras con resonancia magnética nuclear o introducen el objetivo bajo la radiación de una lámpara ultravioleta y me muestran lo casi nunca visto: el interior de la materia. De repente, puedo darme un paseo por las entrañas del plancton, las bacterias, virus, parásitos, hongos, cristales, compuestos orgánicos, moléculas, células, elementos químicos… Se me abren las puertas de sus laboratorios, y las brumas se disipan. Una avanzadaza tecnología se pone a disposición de mi limitado sistema visual. A veces, ni siquiera necesito luz; cuento con microscopios de fuerza atómica que generan ante mis ojos miopes imágenes tridimensionales de partículas que casi puedo acariciar.
La proximidad hipnotiza; es como engancharnos a la historia de un personaje literario cuando el autor nos coloca en su punto de vista. Aquí estoy, dentro de la escala nanométrica; viviendo una aventura fascinante. Entré en la primera imagen y ya no hubo vuelta atrás: tuve que seguir mirando. Me sentía descubridora de un Lilliput inexplorado; Alicia en un Nano-país de las maravillas, lleno de lo que parecían islas desiertas; montañas nevadas; naves espaciales; selvas bananeras; estrellas radiantes; palacios de Gaudí o laberintos poblados de monstruos… Toda una hazaña. Pasaba de una foto a otra preguntándome qué suelo estaba pisando. ¿Un compuesto orgánico; un cristal; un cascarón de nuez, una gota de sangre, un metal oxidado? En plena odisea, me acordé del día en que le pusieron gafas a uno de mis hijos. El niño anduvo rodando de la mañana a la noche. Es como si el bordillo se hubiera convertido, de repente, en algo abstracto o fluctuante que él hubiera dejado de reconocer. Cuando le ayudé a levantarse por enésima vez y le pregunté qué le estaba pasando, me respondió: “Es que, hoy, el suelo está mucho más cerca”.
En fin, que también yo tenía que aprender a mirar el mundo bajo esta otra óptica y, para eso, necesitaba las explicaciones de los textos: el manual de instrucciones de mis “gafas” nuevas. Son esos textos los que tienden puentes entre la tecnología y quienes la usan. Lo digo con orgullo de escritora: las imágenes de este certamen no podrían atracar nunca en las entrañas del conocimiento si no llevasen el mapa del tesoro de la ciencia. Aquí quería llegar yo, a este precioso cofre de información en que descubro que lo que tomé por un grano de arroz es el polen de una orquídea; que iba a chupar una pila creyendo que era un helado; que no vengo de una caverna, sino de un estigma; que aquel caballito de mar era, en realidad, una neurona; que no he surcado el Amazonas, sino el cerebro; que este corazón era una piedra y aquel monstruo la larva de un insecto.

Bolas de helado”. Primer premio de la categoría Micro Fotciencia 9. María Carbajo Sánchez
¡Cómo habría disfrutado Julio Verne! Le habría fascinado la nanotecnología, una ciencia reciente cuyos logros revierten en todos los campos de la investigación. Se ocupa de reestructurar la materia a una escala diez mil veces menor que el grosor del cabello humano. Esta ciencia copia estructuras de la naturaleza y las “domestica” para obtener materiales similares a los existentes, pero con propiedades que se pueden controlar y adaptar a nuestras necesidades. Gracias a ella, por ejemplo, los cirujanos cosen nuestras heridas con hilos tan elásticos y resistentes como la seda de la araña. Pero la nanotecnología no sólo es útil dentro del quirófano y del laboratorio: optimiza todas nuestras herramientas. Desarrolla materiales capaces de absorber gases, de cortar metales, perforar rocas; aislar de la electricidad; proteger contra el fuego; impedir la adherencia de nuestros enseres de cocina o prestarles las propiedades ópticas del cristal líquido a nuestros aparatos electrónicos…
Una cosa me ha llamado la atención de este certamen: los científicos emplean todo su ingenio y la tecnología más puntera en desentrañar misterios; no obstante, en muchos de los comentarios con que interpretan el interés científico o tecnológico de los hechos que han observado, nombran a seres mágicos, reflejos mágicos, estrellas mágicas… De verdad, me sorprende. ¿Acaso no nació la ciencia cuando alguien se dio cuenta de que el rayo no venía del cabreo de algún dios? Sí, ya lo sé, es una forma de hablar: recurrimos a los mitos para hacer literatura; pero yo no creo que haya contradicciones entre la belleza de una imagen y el conocimiento (ausencia de misterio) de su significación científica. Saber qué provoca el rayo no logrará que éste deje de impresionarme. La ciencia y la magia se llevan como el agua y el aceite cuando deben convivir en textos de menos de mil caracteres. En tan pocas líneas, ya es bastante con que nos quepa todo lo que hay que decir de la materia y de sus equilibrios inestables; de sus simetrías escondidas, de sus proporciones, de su armonía, del color de lo químico, de sus irisaciones, de su luminiscencia…
Me ha llevado días despegar la nariz de estas bellas imágenes. No sólo felicito a los ganadores; le doy mi enhorabuena, también, a FOTCIENCIA. Su enfoque visual y festivo logra que la ciencia y la tecnología se adhieran al objetivo de nuestras cámaras, que las dispersan en una suerte de polinización. Animo a todo el mundo a echarles un vistazo a sus fotografías y a sus textos; hasta entonces, les avanzo mis primeras impresiones: a) que la ciencia y la tecnología establecen, en la actualidad, una estrecha simbiosis de la que todos nos beneficiamos; b) que ambas están cambiando el mundo, pues sus logros se emplean en minimizar nuestra huella ecológica y mejorar nuestra calidad de vida, y c) que, aunque no todos los científicos se expliquen como Carl Sagan, sí hay muchos de ellos que ven la realidad que hay tras el espejismo y la describen de un modo interesante y claro, logrando una conexión “mágica” entre la ciencia y el ciudadano (perdonadme la broma, pero yo soy muy dada a la ficción y, aquí y ahora, me he permitido 8.747 caracteres, contando espacios).

viernes, 25 de noviembre de 2011

Próxima parada: “Hoyos”, de Louis Sachar

Hoyos” (2001) es una novela juvenil que mezcla el humor, la intriga, la aventura y los personajes. Cuenta cómo, un mal día, al salir del colegio, Stanley Yelnats es detenido por robar las deportivas, de Clyde Livingston (un famoso jugador de béisbol), que iban a ser subastadas para un asilo de niños sin hogar. Stanley es inocente; aún así, se resigna a su condena porque la mala suerte persigue a su familia desde que su tatarabuelo no cumpliera una promesa. El chico es “internado” en el Campamento Lago Verde, en un desierto que, antes, había sido un gran lago. Allí, conoce a un grupo de chicos; entre ellos, Zero, que se convierte en su mejor amigo. Juntos, Zero y él, descubrirán la verdad que se esconde en el reformatorio juvenil.
Hace un par de semanas, cuando volví a encontrarme con “Hoyos” en mis estanterías del salón, yo había leído este libro ya dos veces y, por algún disgusto familiar que aquí no viene a cuento (supongo que culpa de mi tatarabuela), no me sentía con ganas de ahondar en ningún libro. “Mi corazón está frío”, pensé. Pero “Hoyos” me dijo: “Eso lo arreglo yo”.

Normalmente, las novelas para jóvenes se ciñen a un hilo argumental sencillo, no vaya a ser que se distraigan los lectores inexpertos. Todos habéis sido novatos alguna vez en esto de la lectura: ya sabéis lo que se siente. “Hoyos”, sin embargo, no es un campamento de señoritas, sino una novela con todas las de la ley (es decir, una historia de historias). A su autor, Louis Sachar, no le da miedo introducir varias tramas secundarias en la principal; narraciones de episodios ocurridos muchos años antes de que naciera el chico protagonista; todas ellas, tan redondas (introducción, nudo y desenlace) que parecen cuentos. La profundidad que este desarrollo temporal le da a la obra hace que “Hoyos” sea una de esas novelas juveniles de las que puedes disfrutar a cualquier edad, aun cuando ya seas un lector experto. Porque, quizás, ir leyendo a la vez varias historias exija un poquito de concentración, pero, aquí, es el autor quien realiza el esfuerzo de intercalarlas alrededor de la principal, para que no perdamos el sentido general de la novela.

Ojalá estructurase yo con tanta maestría. ¡Ojalá!, ¡ojalá! Louis Sachar ha sabido formar un cordón perfecto; una guía a la que agarrarnos para cruzar este bello laberinto de relatos. Lo bueno es que trenza los hilos argumentales de tal forma que el resultado parece un hilo sencillo. Eso es lo que pensé hace un par de semanas, cuando volví a encontrarme su novela en un rincón de casa y la magia de la sencillez que yo le recordaba actuó sobre mí como un imán gigantesco. Ya no podía hacer nada, salvo enfrentarme al peligro que conlleva toda relectura. Suponía que alumbrar con la razón mis primeras emociones era lo peor que me podía pasar; con todo y eso, abrí la novela por tercera vez; acepté una pipa que vi entre sus páginas por todo almuerzo, y dije: “De acuerdo, Sachar, va a haber una investigación sobre todo lo que ha pasado aquí. No tengo por costumbre analizar los libros, pero estoy tan maravillada con tu estructura, que, esta quincena, por una vez, voy a deshacer tu cordón de TRAMAS para ver cuántos cuentos me cuentas y qué relación hay entre ellos”.

En fin que, en lo más hondo de esas tramas (de las que os habló ayer mi tatarabuela, que se mete en todo), he vuelto a encontrarme, por tercera vez, un tesoro oculto. Sólo ha sido cuestión de tener buena vista, pues el dedo de Sachar es como “el pulgar de Dios”, señalando adonde hay que mirar: al nido de conexiones (muy bien anunciadas) que hay entre nosotros y nuestros antepasados (no sólo entre Stanley IV con el resto de los Yelnats; sino, también entre Zero y Vigilante con todos los suyos).
Finalmente, que el protagonista cumpla la promesa pendiente de su tatarabuelo con el tataranieto de Madame Zeroni, mal que le pese a la tataranieta de Trucha Walker, es toda una revelación. Así es como, ─en el desenlace─ se enlazan en uno solo, sin nudos ni enredos, los cabos de esta preciosa trenza de historias. Finalmente, sí he sacado algo bueno de leer a la vez varios “cuentos” (además de fortalecer los músculos de mi cerebro): un placer inmenso. ¿O no es interesante saber que, antes de que yo naciera, alguien se ahogó en el desierto en el que yo puedo morir de sed? Descubrir cosas como ésa me ha hecho sentir que (aunque no sea la tía más afortunada del mundo) estoy, por una vez, en el libro adecuado. Leer sirve para algo (preguntádselo a Zero).
He terminado esta novela muy cansada: me caeré si se me posa una mosca; sin embargo, estoy tan contenta que hoy no me dormiría ni aullándole a la luna la nana de mi tatarabuela. Mi corazón se estaba endureciendo con esas amarguras que envenenan, pero ha adquirido el sabor dulce de un melocotón en almíbar. Ése es el botín escondido de esta novela que tantas veces me ha sacado de la cama: abrir “Hoyos” rellena vacíos. Ahora tengo una maleta de emociones nuevas; emociones que me salvarán cuando la nada me rodee y me obligue a perseguir espejismos.

Respondiendo a la pregunta de Carmen Nemrac I, eso es lo que he sacado de este libro: ¡literatura!, ¡literatura dulce y fresca! Es lo único capaz de hacer que llueva en los corazones desérticos. Escupíos en las manos y escarbad en el libro, os lo recomiendo. Saldréis del último hoyo con un tesoro; y, eso, sin tener que pisar serpientes de cascabel con los tobillos desnudos.  ¡Ojalá!, ¡ojalá!