lunes, 6 de enero de 2014

Un telón que no cierra

“Hasta ahora, cada vez que he imaginado tu cara tras escuchar tu nombre en un concierto, he sonreído”, pensé con una mueca tímida, cuando vi el rostro de Jorge Maldonado.

Aquel 21 de diciembre, ocho meses después de que su espejo lo viese por última vez, me reencontré con el reflejo de un gran hombre en la gran pantalla del Teatro del Bosque, donde estaba empezando a celebrarse el Concierto de Navidad del Conservatorio Rodolfo Halffter. Observé su retrato e intenté reflejar su alegría en mis facciones. Lo había hecho siempre sin proponérmelo. Lo malo es que, en esta ocasión, las comisuras de mis labios temblaban con una risilla efímera y quebradiza; tan quebradiza y tan efímera como esa pompa de jabón que es nuestra vida.

Aunque luego la música lo iría animando todo, el silencio inicial no me dejó alegrar, en un principio, la sombra de mis cejas. Ni poniéndole al mundo ojos broma. Se abrió el telón y, como en uno de tantos acertijos chistosos, apareció la sonrisa de Jorge. Anunciaba una película hecha con los recortes de una vida vivida… para siempre jamás…

Yo intenté sonreír, como otras veces, pero una dentellada de mi boca me dijo: “Algo va mal, muy mal: esto no se parece a una sonrisa”. Entre Jorge y el público, en la penumbra, empezó a respirar una orquesta infantil. Las gentiles siluetas de unos cincuenta músicos (niños y niñas) interpretaban la Segunda de “Tres maneras distintas de Caminar”, de Pablo Berlanga. Las aladas almas de sus instrumentos flotaban en el aire con elegancia. Había tanto cariño en los altos andamios de esas notas como delicadeza. Sentidas, contenidas, templadas con un mimo difícil de entender en chicos de su edad… Aquel era el primor con que envolvían el mejor regalo que podían hacerle a Jorge: el acompañamiento de su música. Supongo que la muerte de un amigo –al fondo del escenario– enciende el corazón y lo refrena… ¿O no?

Un silencio. Un aplauso. Y, ya, cuando mi llanto estaba a punto de estallar, Mateo Lorente, el director del Conservatorio, pronunció unas palabras para él. Fueron esas palabras auténticas las que desataron tormentas de lágrimas. Mateo las regaló sin envoltorio; por sorpresa, fuera de programa. Las dijo en un susurro, como si le estuviese doliendo el aliento, pero volaron nítidas y sin vacilación hasta clavarse en nuestros oídos agitados.

Y la cosa es que no se dirigía a nosotros. Habló de Jorge con Jorge mismo; acerca de su infancia truncada, de sus pérdidas, de sus obligaciones tempranas y de los empujones que le dio la existencia. Esto es ser hombre: horror a manos llenas. Mateo citó el destierro de Jorge de Argentina y ese otro –peor aún– destierro de sí mismo. Le agradeció la literatura, la música y las artes que inundaron sus días hasta llenar los nuestros. Evocó muchas cosas: su brillante uso de la palabra; esa madeja que Jorge solía liar con hilos de la realidad y de los pensamientos; el miedo que sentimos cuando nos dice el médico que somos, ¡cómo no!, carne de cementerio  y nos asalta el pánico de no haber hecho bien las cosas… o no todas las que debimos… Si le hubiera podido contestar –supongo–, Jorge habría recordado lo que Borges, Miguel Hernández, Ángel González, Juan Ramón Jiménez y otros muchos poetas piensan sobre el asunto. La muerte es una vida vivida y la vida una muerte que viene. Nos mira desde un espejo sin porvenir; se acerca con pasos mudos; aparece al primer suspiro, y nos convierte en jinetes que nunca llegan a Córdoba.

Suspendidos como marionetas en un denso silencio –ni carraspeos ni tos–, el público, los músicos y yo oíamos a un hombre emocionado hablar con un amigo cuya vida se estaba deslizando en la pantalla. ¡Cuánto penar para morirse uno! Mateo miró la proyección del modo en que se mira al más allá, pero sin ambición de muerte. Tampoco ponía voz de sepultura, aunque era el otro mundo el que parecía vivo. De este lado, todos éramos sombras; almas en pena que no se contentaban con que Jorge las hubiese perdido. Sólo relucía él, el genio de la lámpara. Él sí resplandecía; era como si hubiese colgado su sombrero en una estrella… Incluso quienes no le conocieron se conmovieron en el teatro aquella noche, ante su brillantez. Debían de imaginarle como fue: una de esas bellísimas personas sin las que ponemos al mundo en peligro de convertirse en un estercolero.

“Diste color a la lectura y música al acompañamiento. Son muchos los chicos, como tú les llamabas, que han compartido literatura, horas de charla amigable, de cafés, de escucha, de aprendizaje mutuo…”, dijo Mateo, mirándole directamente.

Y, así, mientras veíamos imágenes para llenar mis álbumes vacíos con las facetas múltiples de Jorge (padre, hijo, esposo, oyente, luchador, lector, animador, artesano, claridad, bruma…), Mateo fue de su corazón a sus asuntos; los de Jorge, los de “los chicos”, los míos, los nuestros… El director del Conservatorio expresó –en tono poético, pero con sencillez y gran ternura– su gratitud hacia el bibliotecario, un compañero del alma que “navegó entre océanos de poesía”.

“Navegó”, pensé yo. Pretérito perfecto. El tiempo de surcar por un poema está perfectamente terminado. Simple pasado. Ayer y siempre ayer, y así hasta ahora. Mañana será nunca y no será mañana… Nunca más. ¡Ojalá que Mateo hubiera dicho “navegaba”!, eso habría significado que aún había esperanzas de volver a hacerlo. Hasta que entendí que aquella película que estábamos viendo era una obra póstuma del tiempo y la memoria, había sido sábado toda la mañana. Ahora, de repente, ya no era ni lunes. Para Jorge, al andar la jornada, la vida había sido aventada de un soplo. Un vendaval sobre aserrín había borrado toda la hermosura del mundo: el silencio, la música, la Navidad, los libros, el compañero que le estaba hablando, y el público en la penumbra…

¿Cómo no iba un pensamiento así a descolgar las comisuras temblorosas de mis labios? ¡Vaya hachazo! Aún teníamos que hablar de tantas cosas… Empecé a charlar sobre los “temas poéticos” en 2010; pero, hasta hoy, nunca debatí acerca de la MUERTE con el poeta. Y, ahora, “Nunca” era “nunca”. O tal vez no. ¡Qué tiempo el tiempo! Tal vez, aún, Jorge pudiera ser mi apuntador, puesto que aún documenta mis recuerdos. No está la cosa para andar con “olvidanzas”. Traer a mi memoria los versos de lija que él me recitó es mi única manera de desamordazarle. Con eso me conformo, ¡qué remedio!; aunque sospecho que, de estar aquí, Jorge tararearía alguna canción última muy distinta a estas en las que yo pienso. Marcaría con cintas negras algún poema póstumo; algún salmo a lo fatal, al ayer; a los límites de ese viaje definitivo que nos deja sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco… y sin nosotros mismos.


 “¿Me atreveré a contar lo que pienso en mi próxima entrada del blog?”, me pregunté, mirando a Jorge en la pantalla. Tal vez debería –como hizo Javier Ortiz, un amigo común de los dos–, dejar escrito mi propio obituario. Tal vez debería terminar lo empezado… Y decir “Te quiero”… Y llegar a Córdoba...

Deseo que mis cenizas sean lanzadas a dos ríos, Guadamía y Guadalemar; ya irán a dar a la mar. Sin prisas. Sin misas. Con muchas canciones. Que suene la música que yo no me llevo. Me voy con lo puesto, pero con lo puesto debajo de la piel: confío en abrigarme desde las entrañas, con algunas notas. Lo quiera yo o no, la batuta se queda. Me temo que lo triste no es desaparecer en medio de un París con aguacero (sin que afuera perduren ni mi sol ni mi sombra); me temo que lo triste es no llevarme conmigo París, una dehesa de encinas, algún bufón de Asturias, algún volcán de México, la soledad, el páramo, la lluvia, los caminos de La Milana, un Viña Alfonsina, un poco de amor impregnado a mis células, una charca de ranas, un vuelo nocturno por la Patagonia y una isla desierta. Mientras unos y otros la vamos poblando, todos perderemos, del lado de acá, estas páginas que el viento desordena; libros de partituras, álbumes de fotos, poemarios y cuadernos que ya nunca abrirán ni Jorge ni mi padre, ni Pepe, ni Javier…
¡Cómo desearía no haber empleado puntos suspensivos!

Perdona mi tristeza, querido lector. No pretendo que te lleves una idea equivocada del concierto. He liado la madeja yo también: me resisto a llamarle “Muerte” a esta película. El discurso de Mateo, aunque lo haya entretejido a una lúgubre red de pensamientos, fue breve, emotivo, precioso… Tras él, siguió la música: bellísima. En sólo unos minutos, yo recobré el aliento y, con él, la esperanza de que Jorge me espere muchos años.

Eché en falta dos joyas que aguardo cada curso: algún concierto para violonchelo (deliciosamente interpretado siempre por Eduardo del Río) y la actuación anual del Ensamble de saxofones que dirige Vicente Sempere. Aun así, fue un encuentro muy bonito; tan alegre como Jorge habría deseado. Dos lágrimas rebeldes quedaron en mis ojos otro rato. Sonreí al colorido de los coros, todavía, entre esplendorosos arcoíris; pero llegué al Mambo de la Banda Sinfónica de Enseñanzas Profesionales con palmadas y sonrisas felices (ahora, sí). Entre la Orquesta Infantil (dirigida por Mª Dolores Encina) y la Banda (dirigida por Alexandre Schnieper) hubo mucha y buena música de los distintos Coros y las Orquestas de Cámara y Sinfónica de Enseñanzas Profesionales, también a cargo de Álex. Aquí dejo el programa.

¿Cómo no iba a animarme? Estupendas adaptaciones de Pablo Berlanga habían puesto timbales en nuestros habituales villancicos. La novedad más sabrosa fueron los arreglos que realizó Manuel Villuendas para adaptar Tres Danzas Populares de Béla Bartók a la Orquesta Infantil. Magníficos. Villuendas es otro de esos genios generosos que apoyan a las Orquestas del Rodolfo Halffter y estrechan lazos entre generaciones en esta gran familia de la música. ¿Sabían que fue uno de los profesores de Violín de Lola, la directora de los pequeños que interpretaron esas Tres danzas en el Concierto de Navidad? Me habría gustado poder asistir yo misma a la Clase Magistral que les había regalado días antes a los chicos, porque Manuel Villuendas ha alternado siempre su carrera violinística con la dirección de orquesta, la enseñanza y la música de cámara. Actualmente dirige la International Youth Orchestra (IYO). ¿No te llena de orgullo que un artista como él proteja, aprecie, enseñe a nuestros músicos?

Hoy, para el día de Reyes, querido lector, quiero que me regales amor al arte. El amor y el arte, como algunas heridas, son telones que no se cierran. Entonces, siempre, acuérdate del poeta (me refiero a cualquier creador: de oficios, de habilidades, de cariño…); porque, aunque su cadáver, ¡ay!, siga muriendo entre otros mil millones de cadáveres, aquí lo que palpita es la belleza que él dejó en nuestra vida.

“Alentadas amapolas”. Foto: Carmen Montalbán

*Aparte de los poetas ya nombrados, me he encomendado a versos de autores citados al final de mi entrada “Que tenemos que hablar de muchas cosas”.

Ver “Los conciertos del curso 2013-2014” 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La Casita… de música

La única orquesta del Conservatorio Rodolfo Halffter que programa conciertos antes de la cita anual de Navidad es la Orquesta de Antiguos Alumnos, dirigida por Juan Manuel Saiz Rodrigo. Lógicamente, esta agrupación no necesita el primer trimestre para preparar sus obras, puesto que sus miembros (profesionales ya, muchos de ellos) tienen más repertorio y experiencia, y sus ensayos no han de atenerse forzosamente al calendario escolar.
La novedad es que, este año (como les anuncié en uno de mis últimos comentarios sobre los conciertos del curso pasado), cuando el 20 y 21 de este mes se celebre el Concierto de Navidad, ya habremos asistido a un gran evento en que, además de la Orquesta de Antiguos Alumnos, participó la de Enseñanzas Elementales.
  La Orquesta de Enseñanzas Elementales en el Centro Cultural Villa de Móstoles. Foto: Carmen Montalbán

Yo asistí. Fue el 5 de octubre, en el Centro Cultural Villa de Móstoles. Juan Manuel Saiz le había sugerido a María Dolores Encina que los músicos graduados que él dirige compartiesen el programa con los niños y las niñas que dirige ella. Me pareció una idea preciosa, pues es esta especie de “apadrinamiento” (entre los que se han ido del Conservatorio –sin desprenderse del todo, afortunadamente– y los que no han hecho más que llegar a la música)  lo que estrecha los lazos de los que hablamos ayer… o el otro día… Los mismos lazos a que aludí al hablar de Jorge Maldonado. Creo que piensan hacerle un pequeño homenaje en el Concierto de Navidad. También en esta ocasión, de la que hablo ahora, Juan Manuel le dedicó unas palabras a nuestro querido bibliotecario y, como ocurre siempre que alguien nombra a Jorge en público, su sonrisa revivió en nuestra boca… y aplaudimos. Luego, en medio de ese clima de recogimiento alegre que deja una amistad tan felizmente compartida, la magia se transformó en sonido.
En fin, que Lola había aceptado el reto, por supuesto. Dirigió a la misma orquesta que tenía antes del verano (sin despedir aún a los que hoy han pasado a Grado Medio ni contar todavía con los recién incorporados a Enseñanzas Elementales, que van a debutar en Navidad). El curso apenas llevaba en marcha unas semanas, así que fue preciso recuperar el pulso de los instrumentos en tiempo récord para acudir a aquel Concierto Solidario.
El acto se había organizado a favor de una Asociación sin ánimo de lucro: Accede a respiro. Accede a respiro intenta mejorar la calidad de vida de pacientes con TEA (Trastornos del Espectro Autista) y, como consecuencia, la de sus familiares (a quienes ayuda a enfrentarse con fuerza a esos trastornos y a las tensiones que dificultan su día a día). Entre los proyectos de la asociación (equinoterapia, actividades al aire libre, taller de psicomotricidad…), la Casa de Juegos programa actividades para el desarrollo personal de adolescentes con este tipo de discapacidad… A pesar de la crisis, La Casita –como también se conoce el proyecto– sobrevive por ahora… o eso creo.
Fue con esos muchachos, integrados entre muchas otras personas de todas las edades, con quienes presencié el concierto solidario aquella tarde. No supe nada de ellos hasta el momento de los aplausos de despedida, cuando Presentación Abellán, la presidenta de Accede a Respiro, les dio las gracias a los músicos de ambas orquestas por conseguir que los chicos de la asociación hubiesen disfrutado tanto de un concierto. Yo quiero creer que todos habitábamos la misma casa, en la que sentíamos algo parecido: que podíamos sentir.
Para la Orquesta de Enseñanzas Elementales, que tocó en la primera parte, había sido un reto; para el público, un regalo. Nos ofrecieron dos piezas preciosas: Caramelo Vals, de Álvaro Gómez Alvarado y Tres Maneras distintas de caminar, de Pablo J. Berlanga Rui-Díaz.
¿Cómo no iban a fascinarme otra vez esos niños? Son de los que crecen con las dificultades. Cuanto más complicado es el desafío, más altura alcanzan sus arcos; más distancia cruzan sus puentes; más dignos, erguidos y disciplinados se ven; más comunican… Supongo que se concentran en su objetivo: sonar como un solo ser en esa dulce canción que canta toda la orquesta; una canción en la que –lo confieso– yo ya empiezo a pensar con añoranza. Mi hijo Andrés, que ha sido durante años uno de sus pianistas, se… “jubiló”, precisamente, en aquel Concierto Solidario. En fin: espero seguir escuchando muchos años a sus compañeros –los   mismos otros–, porque siempre estaré agradecida a la cuna musical con la que él se identifica.
Los mismos otros. Foto: Carmen Montalbán
También la segunda parte fue entrañable e hipnotizó a los chicos de Accede a respiro (y a todos los demás, jóvenes o no) de la misma forma.
La Orquesta de Antiguos Alumnos reabrió la cajita de música y lanzó al aire otras dos maravillas: el estreno mundial de Divertimento para orquesta, nueva obra del prolífico Berlanga,  y el Concierto para piano y orquesta n. 1 Op. 23 de Tchaikovski, interpretado por el solista Enrique Bernaldo de Quirós, que me pareció una preciosidad.
Las obras de Pablo Berlanga son una garantía de que el concierto va a ser un éxito. Son piezas muy atractivas que, de remate, consiguen algo dificilísimo para un creador (lo sé como escritora): parecer fáciles. Quien escucha –o lee– se desliza gozoso de un pasaje a otro; sin preguntarse qué complicaciones habrá tenido que superar el autor para conseguir ese… tacto de seda. Pero esta obra de Berlanga es, además, una de las que más me ha gustado hasta ahora. Recuerdo que empezó sonándome igual que un cuento de hadas y que, después de algunas travesuras (como si un gato bobo persiguiera a un astuto ratón por entre figurillas de cristal), ¡zas!, un contundente solo de trompeta lo llenó todo de contrastes y de ecos españoles que me arrastraron a otra persecución con mayor peligro… y más maravillosa todavía.
Nuevo éxito de Pablo Berlanga y Juan Manuel Saiz
¡Bravo!, Berlanga, ¡bravo!
En cuanto a Enrique Bernaldo de Quirós estuvo tan brillante como el año pasado, la primera vez que le escuché en directo (en Concierto X Aniversario del Teatro del Bosque, cuando interpretó el Concierto para piano y orquesta nº 20 en Rem. Kv 466, de Mozart).  Como ya les dije en aquella ocasión, Enrique es uno de los mejores pianistas españoles de su generación; un artista joven, pero ya tan generoso como sólo saben serlo los muy grandes. Pese a sus incontables premios internacionales sigue siendo solidario con la educación. Actualmente, es profesor Titular en el Conservatorio Superior de las Islas Baleares... Pero yo no estaba hablando únicamente de ese tipo de educación; me refería, más bien, a que hay personas que, sin proponérselo, nos enseñan a sentir la vida de otra forma.
Enrique Bernaldo de Quirós con la Orquesta de Antiguos Alumnos del Rodolfo Halffter
Siempre me fascinará la sutileza con que la buena música consigue, a veces, conectar con nuestras almas sordas. Tampoco me refiero ahora, solamente, a esos chicos con problemas de socialización, comunicación o reciprocidad emocional; hablo de otro tipo de autismo que, en mayor o menor medida, nos va afectando a todos los demás, incluida yo… Hasta que, de pronto, abro la caja de música y conecto conmigo misma. ¿Vieron la película Dos cabalgan juntos? Se me pasó la escena por la mente cuando aplaudí en aquel concierto (ésa en que el joven deja caer la cajita y, al oírla abierta, recupera la infancia que perdió cuando le raptaron los indios). Mi experiencia, claro, no fue un drama: al revés. Sentí la magia de la música sin estridencia alguna; sin dolor ni caída. Una sutil caricia en el oído atravesó mi piel de piedra; hizo temblar mi carne y, ¡zas!, dejé de ser estatua.
5 J.M. Saiz, E.B. Quirós y la Orquesta de Antiguos Alumnos


jueves, 21 de noviembre de 2013

¡CUÁNTA GENTE ESTUPENDA!

En cuanto puse el pie en el Auditorio del Conservatorio Rodolfo Halffter, comprendí que aquel 21 de junio, día de la música, Mozart era lo de menos.

Hoy, antes de amanecer (cuando el verano que empezó aquel día ha acabado por completo y al otoño no le queda demasiado), he estado buscando las fotografías que hice aquella tarde. He pasado ordenándolas toda la madrugada. Mientras las veía, exclamaba en voz alta, sin darme ni cuenta de que estaba sola, las primeras palabras que la alumna –ya ex alumna– de Violín Yaiza Palomar pronunció en aquella Ceremonia de Graduación: “¡Cuánta gente estupenda!”



Decimotercera Promoción de Alumnos. 21 de junio. Concierto nº 3 en Mib Mayor para Trompa y Orquesta. Kv 447., de W.A. Mozart.

Vi el programa en la puerta, recordé que yo ya había escuchado ese Concierto para Trompa, y entré. No pensé en otra cosa que en la fiesta de Graduación (salvo quizás en que, de paso, oiría esa obra de Mozart que tanto había aplaudido en primavera).

Mateo Lorente, el director del Conservatorio, había intentado conjurar la nostalgia hablando del futuro apasionante que esos doce músicos, ya profesionales, podrían esperar (siguieran o no el camino de la música en sus estudios superiores). Por mi parte, hace rato, evocando su fiesta de graduación, he deslizado miradas sonrientes sobre los retratos; sin poder evitar que, entre una foto y otra, aquel brillo de alegría de mis ojos se haya ido confundiendo más y más con el relampagueo de la tristeza.

¿Que por qué razón? No por Mozart, claro; aunque la Sinfónica sonó mucho mejor en primavera, con todos sus músicos. Alexandre Schnieper volvía a dirigirla también ahora y el trompa Roberto Lerma (otro de los alumnos que se graduaron) volvía a ser el solista. Lo malo es que ambos estaban rodeados, en esta ocasión, por gran cantidad de atriles vacíos. Recuerden la fecha. El curso ya había terminado en el Conservatorio, pero en los institutos y universidades seguía habiendo pruebas de selección y acceso que mermaron a la orquesta. Pensé –perdonadme– en una manada de antílopes a la que le hubiesen restado (o raptado) más de la mitad de los miembros. Me gustaron los solos de trompa: tristes y hermosos como el canto de un elefante melancólico. Mientras él cantaba, los que habían venido a acompañarle se veían tan festivos e inquietos como los antílopes de mi metáfora a la orilla de un lago recién descubierto.

En medio de la fiesta y los vacíos (me refiero a los doce vacíos presentidos, los que dejarían pronto los doce graduados), también mi corazón iba de brinco en brinco. Porque estábamos de fiesta, sí; pero de despedida. Doce alumnos se marchaban del Rodolfo Halffter diez cursos después de haber llegado. Teniendo en cuenta la cantidad de alumnos que entran en primero cada año (muchos multiplicados por muchos instrumentos), me sorprendió que sólo doce de ellos –doce en total, repito– hubiesen culminado sus Estudios Profesionales. “El mundo es de los que tienen voluntad” –les felicitó Mateo–, “y vosotros habéis demostrado una voluntad inquebrantable”.

Detrás del director, en nombre de los alumnos, habló Yaiza Palomar (una de esas chicas que yo pondría de ejemplo para explicar lo que es una buena persona). “¡Cuánta gente estupenda!”, suspiró. Su adiós a los estudios de música nos conmovió a todos. “Son muchos los recuerdos que nos llevamos de la que ha sido nuestra segunda casa”, dijo poco antes de romper en llanto.


Observé a Yaiza sobrecogida, como quien presencia el dolor de una hija. Ninguno de mis dos hijos se graduó aquel curso (ni lo harán este, todavía); sin embargo, durante años, mientras los llevaba de la mano a ambos (ya empiezan a llevarme ellos a mí), también he sido testigo del crecimiento artístico y humano de sus compañeros y compañeras. Supongo que me pasa lo que a otras muchas madres de las que pululan por el Conservatorio, un día sí y otro también, durante tanto tiempo. Ampliamos  el clan a fuerza de acudir a los actos de nuestra familia. Todos nos escuchamos en tal o cual audición, concierto o intercambio; en tal o cual orquesta, banda, o grupo de cámara… Dentro y fuera de Móstoles. ¿En cuántas aulas, cafeterías, teatros y pasillos habría visto yo las caras de los doce graduados? ¿Cuántas veces aparecen, más o menos enfocados, en las fotos de mis hijos?

Quizás sea cierto, después de todo, que la música forma manada. El mayor mérito está en la vocación de los tutores. En el Rodolfo Halffter hay más de una docena de estupendos pedagogos; muchos de ellos, buenos músicos, buenísimos; tan apasionados por seguir mejorando ellos mismos, que sacarían un artista de un leño. ¿Y cómo no afiliarse a un clan así?

Pero, además, hay miembros no docentes de la comunidad educativa que le dan cohesión a esta… “familia”: personas como Jorge Maldonado, el bibliotecario, que murió inesperadamente durante el curso pasado. Él no sólo conocía de oídas a los alumnos del Rodolfo Halffter, sino que los llamaba a todos por su nombre. Sabía quién era el tutor de cada cual; quiénes sus padres; qué documentación necesitaban, aunque pidieran otra; qué tal iban en coro, en orquesta, en la vida… Puede que haya en el mundo alguien tan erudito como Jorge (muy pocos); puede que exista alguien igual de generoso y de sociable (tengo varios amigos parecidos)… pero, ¿todo a la vez, y en ese grado? Jorge era un sabio alegre y cariñoso; un sabio que, no obstante, se las arreglaba para que todos y cada uno de los que hablábamos con él nos sintiésemos doctores en el tema elegido. Honoris causa. El honor era un préstamo suyo que intentábamos devolverle a tiempo (salvo que él mismo nos entretuviera). Salíamos de su charla un poco tarde, pues sus ideas se encadenaban una a otra en una red inmensa de meandros, pero sintiendo que nosotros –los demás– éramos sabios… Sabios risueños.

Mateo le recordó en la graduación cuando habló de esos lazos que unen a los artistas (además del sacrificio, el tesón, el esfuerzo y el gusto por el arte). “Jorge siempre estaba con vosotros y con nosotros, acompañando y complementando la labor musical y humana” –dijo, antes de que le interrumpiesen los aplausos. Ocurre siempre que se nombra a Jorge: cada oyente se concentra en él y en su propio aplauso; y eso acaba convertido, por supuesto, en ovación. Concierto para Corazón y palmas de las manos. 

Llevo un rato pensando que es extraño, ¡extrañísimo!, pero Jorge, que estaba en todas las audiciones habidas y por haber, no aparece en ninguna de mis fotos… Debe de ser el único que nunca se cruzó con mi objetivo... En fin, Mateo tenía razón, no hay peligro de olvido. En el último espacio de este álbum les dejaré el vacío que Jorge nos dejó, para que cada cual ponga la imagen que tenga de él (Si me enviáis fotos, dedicadas a Jorge, las pegaré a otro álbum de este blog).


De izquierda a derecha: Mateo Lorente (director del Rodolfo Halffter), Mirina Cortés (Concejal Delegada de Educación, Cultura y Promoción Turística del Ayuntamiento de Móstoles), Alexandre Schnieper (director de la Orquesta Sinfónica Rodolfo Halffter); Yaiza Palomar (ex alumna del Conservatorio); David Arenas (profesor, excelente clarinetista); Daniel López Villalba (Jefe de estudios); Roberto Lerma (ex alumno)

¿Cómo no iban a brincar como gacelas, el día de su graduación, esos doce nuevos profesionales de la música que Jorge, Mateo, Mirina Cortés, profesores varios, compañeros mayores y familias amigas han llevado bajo su ala durante diez cursos? Fue el primer día del verano. Sus  vidas estaban cambiando de estación en aquel preciso instante. Habían acabado un durísimo ciclo e iniciaban otro; un ciclo apasionante y venturoso: eso espero yo también. Alegre de saberlos gente de confianza, Mateo les despidió con una cita de Shakespeare a la que me adhiero: “Desconfiad de los hombres que no tengan música en el alma”.  

Ahora, al leerla en voz alta, oigo mi propia voz más quebradiza e inestable que un atril vacío; así pues, parpadeando, cierro este blog y exclamo: ¡Cuánta gente estupenda!


Yaiza Palomar


miércoles, 13 de noviembre de 2013

AUDICIÓN DE MÚSICA DE CÁMARA

Cuando ya han empezado los conciertos de este año (y muy bien, por cierto, ya les contaré… si el tiempo no lo impide), yo aún encuentro fotos y programas del curso pasado en el Conservatorio Profesional de Música Rodolfo Halffter, de Móstoles (Madrid) que no había mencionado todavía cuando hablé de los conciertos del curso 2012-2013.


 
Hoy recuerdo, por ejemplo, el último recital de la Asignatura de Música de Cámara que organizaron los profesores Eduardo del Río (violonchelo) y David Arenas (clarinete) con los distintos grupos de Cámara que habían formado sus alumnos.
Fue un precioso y caleidoscópico recital con una gran variedad de obras y de intérpretes; empezando por Gabriel Fauré (1845-1924), compositor al que yo apenas había escuchado antes. Su Trío en Re menor, op. 20 (clarinete, Leticia del Monte; violonchelo, Eduardo del Río; piano, Andrés Poncela) me sorprendió muy favorablemente. Sonaba muy vivo y, a la vez, sereno, como aterciopelado.
 
Y, de ahí en adelante, todo siguió añadiendo momentos de disfrute musical.
 
La Sonata en Do Mayor (Diego Sabio y Mario Lucas, piano a cuatro manos) me llevó a Viena, con Mozart. Y lo mismo digo (también con Mozart) de la Sonatina en Sib Mayor, Kv 434b (Lidia Ortega, piano; David Arenas, clarinete); el Divertimento nº 1 en Sib M, kv 439b (David Sánchez, piano; David Arenas, clarinete); el Trío en Do Mayor (Laura Ferrer, flauta; Eduardo del Río, violonchelo; Cristina Ortega, piano)…
Otras obras que escuché aquel día fueron el Dúo Nº 5 en Sib Mayor de Ignaz Pleyel (Julián Fernández y David Arenas, clarinetes); el Trío "Patético" en Re menor de Mikhail Glinka (Daniel Martín, clarinete; Eduardo del Río, violonchelo y Javier López, piano); el Vals de Teresa Carreño (Mª Ángeles Higuera, contrabajo; Eduardo del Río, violonchelo; Lucía Bonilla, piano) y el Cuarteto en Mib Mayor, OP. 69 de Franz Krommer (David Lozano, clarinete; Yaiza Palomar, violín; David Arenas, clarinete; Eduardo del Río, violonchelo)…


De izquierda a derecha: Eduardo del Río, David Arenas y Rafael Blázquez

Recuerdo haberme sentido muy a gusto escuchándoles a todos; aunque, quizás, recibí con especial satisfacción mi reencuentro con la guitarra, que sonó en dos piezas: el Duetto nº 3 en La Mayor de Ferdinando Carulli, (Rafael Blázquez, guitarra y David Arenas, clarinete) y la Serenata op. 50 de Malcolm Arnold (Rafael Blázquez, guitarra y David Sánchez, piano).
 
Aquí les dejo el programa de la audición.