viernes, 1 de abril de 2011

La paz y la palabra: la guerra, no

Sí, ya sé  que tenemos que hablar de muchas cosas y que yo había pensado charlar con el poeta del amor, ahora que es primavera. El gran problema es que, después de muchos días pidiendo en todas partes que ayudasen a la población libia y que la protegieran de Gadafi (uno de aquellos reyes malos a quienes escribí mi carta en Reyes), ha empezado una guerra. Perdonen, no entendieron: GUERRA, NO. Yo quería evitar bombardeos sobre aquellas personas; no que las bombas, ahora, fueran nuestras. ¿Es que no había manera de echar al dictador, ir contra el asesino, y devolver a los demás su libertad sin convertirlos en hombres libres muertos?

“La guerra”, Carmen Montalbán

Llámenme simple sí, prefiero serlo, pero este sinsentido casi ni con poesía conseguiré entenderlo.

¿Quieren imágenes de muerte y destrucción?: pues no vean la tele ni lancen misiles, lean unos cuantos versos y húndanse en las imágenes poéticas. “Los cuatro sonetos del Apocalipsis” y otras muchas más poesías de guerra han hecho retratos de bestias feroces; de querellas que surgen como toros; de un invisible avión que moscardonea; de interminable sangre por el campo; del rugir de cañones; de ballestas; de esas otras armas actuales que transforman las venas en mariposas negras y moradas; del ciego sol, la sed y la fatiga; de amaneceres ardientes; de un aire que se convierte en humo; de cuerpos desgarrados ─leña para quemar─; de cocodrilos que nunca más cocodrilearán; de niños muertos…

Ya sé que, esta vez, la guerra no es cosa de uno ni de tres, sino de toda la Comunidad Europea; aún así vayan acabando ¡ojo con ella! Gane quien gane, para muchos libios, después de tanto horror a manos llenas, ya no podrán venir años triunfales… ¿O acaso no son ellos los que importan?


“Los que importan”, Carmen Montalbán

Algún que otro poeta, entre clavel y espada, nos advierte en alguna obra incompleta (interrumpida, acaso, por la guerra) que, aquí y ahora, mientras traza su curva el pez de fuego en Libia, no habrá nadie, absolutamente nadie, que gane nada (salvo petróleo, unas cuántas empresas que nos lo venden cada vez más caro y que ya no lo rebajarán cuando cambien las cosas, como si, para ellas, el precio sea un terreno conquistado).

Algún que otro poeta ─que llegó con un nudo en la garganta y una mirada cosmopoética─ dice que la poesía, gozosamente incrédula, se arma únicamente con palabras y con voces hermosas e inflexibles; dice que sólo ella ─la poesía─ vence lo que parece un imposible. El poeta del que hablo pide, como yo pido, la paz y la palabra y un lápiz y un papel, para acabar la carta del soldado. Porque esa carta, ¿saben?, que empezó perdiendo al remitente, habría hablado de los hombres, pero no de todos. De todos, no, nunca. Eran tres. Eran dos. Era uno… ¿Recuerdan a Lorca haciendo la resta de árboles cortados?

“Era un árbol”, Carmen Montalbán

Sólo tengo un consuelo: sé que esos tres ningunos ya no podrán matar ningunos pájaros.

Por tuyo se da el castillo, poeta, para que eches tu carta; eso sí, es un castillo vacío, materia de testamento: aquí no quedará tampoco destinatario que valga. Cero: así es como termina toda guerra.

*Recorte elaborado con citas de algunos de los poetas enumerados al final de mi entradaQue tenemos que hablar de muchas cosas”.

miércoles, 16 de marzo de 2011

“La forma del agua”, Andrea Camilleri

La forma del agua” es la primera novela de una larga serie (más de veinte obras, entre novelas y libros de relatos) protagonizada por el comisario de policía siciliano Salvo Montalbano (nombre otorgado en homenaje a Manuel Vázquez Montalbán). Su prolífico autor, Andrea Camilleri (Porto Empedocle, Sicilia, 1925), que debutó como novelista en 1978 con “El curso de las cosas”, es, además, guionista, director de teatro y televisión, y profesor de Arte Dramático en la Academia de Roma. Aparte de la serie de Montalbano, Camilleri es autor de otras muchas obras; sirva como ejemplo, “La muerte de Amalia Sacerdote” (Premio RBA de novela negra 2008).


MONTALBANO EN EL CASO DE LA MONTALBÁN


Es… Es… Es…

Un día, de repente, se me cae la estantería encima. Cuando despierto, echando los bofes, no sé el sujeto ni los atributos del verbo ─“es”─ que me oigo pronunciar. Me encuentro debajo de un caos de papeles, respiro hondo, y me centro en la primera persona. Hay que resolver quién “SOY” antes de que mis chichones tengan más identidad que yo. Cuando comprendo que ─para impedir infames conjeturas sobre si SOY ésta o si SOY la otra─ lo mejor que puedo hacer es recurrir a un experto, pienso en el comisario Salvo Montalbano; y no porque tenga la impresión de haber estado soñando con él bajo esta estupenda montaña de libros: también, porque veo su nombre en un papel que no está sobre mí, sino debajo mismo de mis narices.

─¿Quién coño es? ─contestó, al primer tono, todavía adormilado.
─ Esperaba que tú lo adivinaras, no que tomases la parte por el todo.
Lo dije compungida, para que el comisario, que es buena persona, se sintiera obligado a echarme una mano; pero regruñó:
─¿Me arrancas de un sueño estupendo, a las dos de la madrugada, para que te resuelva un acertijo?
─ Acabo de sufrir un accidente. Nada grave. Si me atrevo a molestarte es porque me he olvidado de quién soy y, en cambio, sé muy bien quién eres tú. Te llamas Salvo Montalbano, y tienes un lunar bajo el ojo izquierdo. Eres de Sicilia, comisario de las fuerzas del orden de Vigàta. Tu novia, Livia, vive en Génova. En la escuela estudiabas de carrerilla, no respondías preguntas salteadas; ahora, sin embargo, eres un lince establecido nexos lógicos. Resumiendo, que me vienes que ni pintado. En cuestión de minutos, te fulminará el rayo de la intuición y, ¡zas!, dirás mi nombre. No seré nadie si no lo averiguas.
─ Para no ser nadie, armas mucho escándalo. Mira, por mi cabeza no pasaba ni de lejos pronunciar, hasta mañana, otro nombre que el de Livia, con quien soñaba cuando sonó el teléfono; o, si acaso, el del cadáver que estoy investigando.
─ ¿Luparello?

Oí crujir las vértebras del comisario: debía de haber brincado sobre su colchón.

─ ¡Calma! ─le aconsejé─, o no seré la única que va a necesitar un collarín.
─ ¿Has dicho Luparello? ─gritó, completamente espabilado; y, de golpe, me soltó otro par de recelosas preguntas─. ¿Me has intervenido el teléfono? ¿Qué sabes de una historia tan secreta?
─ Imagino que la habré leído.
─¿En algún informe policial? ¿Eres carabinero, de la fiscalía, de la Policía Judicial? ¿O has hablado con el jefe de la Científica? ¡Ese cotilla no ha perdido el tiempo!
─Esto, más que un informe, es una novela ─dije, hojeando los papeles sobre los que había caído hacía un momento─. Habla de pasión, violencia, y del gran peligro que, para un político, tiene su propio brazo derecho. Se titula “La forma del agua”, y no la firma un policía, sino un escritor: Andrea Camilleri; un italiano de ingenio desbordante, a juzgar por mi impresión, en las notas de los márgenes, amigo de tu medio tocayo español Vázquez Montalbán, que en paz descanse.

Ambos guardamos silencio, en actitud pensativa, hasta que Montalbano les dio un furibundo grito a sus propios pensamientos.

─¿Que Camilleri se ha inmiscuido en mi investigación bajo el disfraz de autor de novela negra? ¿Y qué sabe él del caso Luparello?
─ Yo diría que más que tú. Sabe que, al parecer, tu pez gordo la ha palmado de forma natural, echando un polvo dentro de su coche, en esa especie de burdel al aire libre al que llamáis aprisco, pero que tú no acabas de fiarte de lo del fallo cardíaco.
─¡Jesús! Basta muy poco para que tome cuerpo la sospecha de que eres tú quien sabe demasiado. ¿Qué hacías el domingo, a eso de las diez o diez y media?
─Ya que me lo preguntas, tengo la sensación de que Camilleri me llevó a conocer el lugar de los hechos. El mismo día, a la misma hora, me paseaba de su mano por entre las manadas de rufianes del aprisco: camellos, prostitutas, emigrantes desarraigados y soldados salidos…
─De la Brigada de buenas costumbres no eres: descartado. ¡Menuda insensata! ¿Y no te advirtió nadie del peligro?
─ ¿Qué peligro?
─ Por lo que veo, no miras dónde pisas. Aquí hay mucho gallito controlando el territorio; mucho proxeneta y mucho maleante capaz de ponerle las peras a cuarto al que meta la nariz en sus dominios… Entre tanta mafia, tanto reparto de porcentajes, y tanta licencia en papel timbrado detrás de tantos negocios turbios, puedes acabar jodida. Si te empeñas en seguir paseando por Vigàta como una mina errante, aparte de armar un jaleo que no veas, lo mejor que te puede pasar es quedar empotrada en una estantería. El primer cabrón de tres al cuarto que te vea fisgoneando en sus asuntos te reventará los cojones a patadas, ¿te enteras?
─Los cojones no; eso, seguro. Soy una mujer, ¿no te habías dado cuenta?
─Tengo una curiosidad ─carraspeó Montalbano, incómodo con mi descaro─: ¿No perdiste un collar en el aprisco?
─Frío, frío. No tengo trazas, vista en el espejo, de llevar nunca ninguna joya.
─Aunque no tengo webcam, te creo: tú eres pobre y trabajadora. Aún así, vete a saber por qué, alguien quiere que la pringues, ¿qué te apuestas? ¿Harías el favor de enviarme tus anotaciones para que llegue al fondo del asunto?
─¡Faltaría más, comisario! Van camino de Sicilia.
─ Espero que sirvan para explicar, al menos, cómo te ha enredado Camilleri para que acudas a mí como a un pariente. Hasta yo te estoy tuteando, ¿te das cuenta? ¿Te ha detallado todos mis movimientos? ¿Qué sabes de mí, exactamente?
─ ¿Qué quieres que sepa? Nada. Bueno, sí… Sé que desconfías de aquello que te sirven en bandeja; excepto de una buena comida, por supuesto. Tu gusto es exquisito, también, en otras cosas; pese a tus malos modos mañaneros. Descontándome a mí, nunca le hablas de tú a quien no conozcas. En amor, eres una figura de época. Me resultas un tipo entrañable cuando te ves a ti mismo en clave cómica, pegándoles patadas a las puertas, y te avergüenzas. Tu espíritu es comunista: a las manifestaciones no vas, precisamente, a ayudar a las fuerzas del orden. Vives de tu mísero sueldo, remiendas los fondos de tus pantalones, y pagas tus deudas. Dentro de lo que cabe, eres un hombre honrado; y digo dentro de lo que cabe porque, con tal de esclarecer un caso, montas el numerito que sea. Poniendo trampas, no te cortas. Robas, manipulas, mientes como un bellaco… A la menor de cambio, te haces el imbécil. ¡Qué hijo de puta! De imbécil, nada. Eres muy pero que muy competente. Funcionas a fuerza de corazonadas, impulsado por tu curiosidad gatuna. Por hacerle un favor a cualquier miserable, eres más que capaz de ocultar una prueba; eso sí, siempre con un sentimiento de culpa de lo más cristiano.

La satisfacción de acertar en mis cálculos se vio empañada por tales turbulencias al otro lado de la línea, que temí que me pusiera de vuelta y media.

─ ¡Vaya con la comisaria Montalbán! ─suspiró, en cambio, y añadió en voz alta─: he de admitir que CASI todos tus detalles cuadran; pero, como comprenderás, no estamos aquí para hacernos cumplidos. Volvamos al motivo de tu llamada o nos darán las tantas. ¿Has olvidado quién eres? Te echaré una mano. Es facilísimo: acaban de entregarme tu cuaderno. Te contaré todo esto por escrito; pero, como adelanto, a ojo de buen cubero, te diré que me ves como a un pariente por nuestra semejanza de apellidos. Te llamas Carmen Montalbán. Por lo que deduzco, también tú eres una persona honrada; defensora de los derechos humanos. Vives en Madrid. Con la literatura, te pasa lo que a mí con la comida: no puedes resistirte a lo que es bueno. Si una historia te atrapa, se te pone en marcha un mecanismo mental que, exteriormente, se traduce en un afán de tomar notas; e, interiormente, en unas ganas locas de entrar en acción. Eso es lo que haces: entras en la historia; cada libro es un CASO que, de 15 en 15 días, resuelves en tu blog, por afición. Ayer te tocaba “La forma del agua” (esa especie de viaje siciliano en que me consideras un caso a mí), pero pasaste el día eclipsada con tu admirado Camilleri y la noche aplastada por tus papeles. Según estas notas, “La forma del agua” es el recipiente que le presta forma al agua que contiene: tú. En una palabra: estás como una chota.

─Pero, ¿cómo lo haces para dar en el clavo? ─pregunté, atontada por la sorpresa, tras soltar un relincho de caballo.
─ Soy policía, ¿recuerdas?
─ ¿Entonces, qué? ¿Piensas detenerme?
─ ¿Has hecho algo peor que obligarme a pasar la noche en vela? Si quieres publicar tu entrada, hazlo. Vas un día retrasada: estás tardando. Aplícate pomada en la cabeza, y dirígete al público como una espectadora a quien el prestidigitador ha revelado el truco, pero no se te ocurra soltar el nombre del asesino ni los entresijos del caso; al menos, hasta que yo lo cierre, ¿me explico bien?
─Divinamente, pero el asesino es…
─Si lo dices, sé de alguien que le va a dar un empujoncito a la estantería que te queda en pie ─me avisó Montalbano, muy sinceramente.

… Es… Es… Es…

miércoles, 2 de marzo de 2011

Para lo elemental, odas elementales

Estos días de atrás me perdí entre las sombras de lo COTIDIANO y hablé con el poeta de esas cosas de siempre que teníamos que hablar; esas cosas sin duda inolvidables…

“La ventana del pueblo”, Carmen Montalbán

… y, sin duda, olvidadas.

La oda elemental que les canta el poeta a los chismes anexos a la vida diaria se escribe con la tinta invisible del instante y suena ─como el llanto de lo humilde─ con un eco tan sordo como amargo.

¿Tú crees que la poesía levanta un monumento para las ruedecillas que engranan en el alma de la gente miles de cachivaches rutinarios?
Yo misma me respondo y me contesto: quizás, así, se salven del estigma fatal de la chatarra y no floten sobre aguas del olvido ni mi beato sofá ni los ojos que tiene este libro que leo (que no me ven, me saben).

Así pues, el poeta entona canciones sobre el asfalto y brinda por aquello que mi retrovisor se va dejando atrás, siempre, nostálgico.

“Mi espejo retrovisor”, Carmen Montalbán

El poeta del que hablo ─y que me habla─ también hace retratos de interior de las cosillas que me tienen presa: mi balcón y su cristal, que hasta sin viento repiquetea; mi lápiz, que se deshace aunque se quede quieto, por respeto a la idea; cada una de las piezas con que escribe mi máquina; el cobre que conduce sus locuras; mi cama, que se queja; los besos que florecen en mi almohada; el desván de mi madre, y un reloj, sin el cual no sé dormir siquiera…

Hasta por los fogones se ha colado el poeta, para cantarles a las risas del aceite; al libro de cocina; a rojas medias lunas de sandía; a la cebolla, eterna, y a estas moscas divertidas, raudas, revoltosas, que revolotean sobre mi agonizante cubo de basura… ¡demasiado vivas!


"El desván de mi madre", Carmen Montalbán


¿Qué por qué no se olvida el poeta de estas cosillas simples de las que yo me olvido?: porque hasta mi ropero responde a su canción con ese baile inmóvil con que también mi última chaqueta se quedará colgada una mañana, acaso sin saber que me habré ido.


"Canicas en el patio", Carmen Montalbán

*Recorte elaborado con citas de algunos de los poetas enumerados al final de mi entradaQue tenemos que hablar de muchas cosas”.

martes, 15 de febrero de 2011

“Canciones donde anidar”

"Primeros lectores", Foto: Carmen Montalbán

¿Recordáis que tenemos que hablar de muchas cosas?


Hoy, los poetas me hablarán de INFANCIA; y repito: “poetas”. Entre ellos, por tanto, no contéis al dragón que les quema las plumas a ciertos pajarillos poniendo fechorías en negro sobre blanco. Insisto: ése excluido; vosotros, ni mirarlo. ¿Acaso viene a cuento ese dragón aquí? ¡Ni hablar! No vale tanto.

Volvamos a lo nuestro. Volvamos a los poetas que defienden la risa de las niñas y niños. Aunque yo ya no sé dónde dejé ni infancia, hoy, por fin, gracias a ellos, he podido volver a subirme al lugar en que mi carne es cielo; allá, sobre las ramas altas de otros veranos.

He escuchado, hoy, por fin, gracias a los poetas, esas dos mil canciones que decía mi abuelito ─tradicionales todas─, y que él me cantó a mí cuando era niña-diosa y todavía, por si esto fuera poco, querían hacerme reina... del reino del cariño.

Por aquellos entonces, recuerdo que salía alegre de la escuela, a escuchar villancicos de cualquier día del año. Aún me parece oírlos, gracias a los poetas, como escucho las nanas de mi señora abuela. Su voz de niña ─en mi oído suspirada─ llamaba bien al sueño, pues el sueño venía a responderle, galopando en azules gacelas.

¡Ah, sí!, pero oigo, además, también como ahora mismo, canciones de desvelo que venían, ligeras como vientos, a ver si conseguían que me durase el juego. ¿No seguiré jugando para oírlas? La voz que les recuerdo pintó velocidad sobre mi caballito. ¡Dios mío!, ¡tener caballos, balones y poemas! ¿No es suerte en estos días? Creo que, más que cantares, los oí como ovaciones a mi balón de fútbol. ¡Pues menuda puntera! Aquella voz les dio tino a mis dardos, a mis muñecas, a mis bolindres, a mis pamplinas... Ahora, si tarareo el “¿Dónde están las llaves?” (sin todavía saber por dónde andan), se me abrirá la puerta de un tiempo que me arrulla como el mar; un tiempo que pretende que me encuentre, en el fondo, al lado de las llaves que perdí, todas esas cosillas sigilosas que tanto saben de una, aunque digan que no hablan ni potros de cartón ni bolas de madera.

Sí, la poesía amamanta con sangre de cebolla, y su olor a risa cantarina y a lluvia en el jazmín nos regresa al momento de levantar las alas. Gracias, amigos poetas: respondisteis a todo lo que yo os pregunté tres veces cada día, siendo muy, muy, muy chica ─apenas, hormiguita de desierto─, pero os cuidasteis bien de que nunca supiera ni lo que pasaba ni lo que venía, con tal que el naufragio de la adolescencia me fuera propicio.

*Recorte elaborado con citas de algunos de los poetas enumerados al final de mi entrada “Que tenemos que hablar de muchas cosas

martes, 1 de febrero de 2011

“El corazón de las tinieblas”, Joseph Conrad



“¿Cómo podéis vosotros imaginaros a qué precisa región de los primeros tiempos pueden conducir a un hombre sus pies sin trabas, impulsados por la soledad (soledad absoluta, sin un solo policía), por el silencio (silencio absoluto, donde no se oye la voz consejera de amables vecinos susurrando acerca de la opinión pública)?” Joseph Conrad, “El corazón de las tinieblas”.

Queridos compañeros exploradores del bosque literario, si estáis leyendo estas páginas será, posiblemente, porque os disponéis a embarcar en “El corazón de las tinieblas”, un libro barco que el capitán de las letras Joseph Conrad (Polonia, 1857-Inglaterra, 1924) fletó en el río de la literatura, allá por 1899, con idea de hacer una crítica a la colonización del Congo y, en general, a los excesos de la civilización occidental en tierras primitivas. Por mi parte, escribo este cuaderno de bitácora porque, hará unos meses, cuando me convertí en marinera de agua dulce (¿dulce?), el señor Kurtz ─personaje central─ me pidió que dejase constancia de mi encuentro con él y de las circunstancias que envolvieron aquel viaje. Ocurrió así:



EL MAL DE LA MALEZA
Una tarde a inicios del otoño, estaba yo aburrida, haciendo punto con lana negra y lamentándome de no haber podido salir de vacaciones, cuando me di cuenta de que el ovillo giraba febrilmente sobre “El corazón de las tinieblas”, en una estantería próxima. Fue un hallazgo extraordinario, puesto que creía perdida esa novela que ahora me susurraba “¡Descúbreme!”. Gracias a la excelente película de Coppola, “Apocalypse Now” (aunque, ésta, ambientada en Vietnam), recordaba vagamente la materia: un barco, un río y una misión peligrosa. Miré el libro, perdida en el asombro. Era mi oportunidad de partir, en un momento, rumbo a lo desconocido; de modo que lo abrí, con la hebra todavía enrollada al dedo, como quien abre una puerta de emergencia.

Los móviles que nos empujan a una aventura pueden ser muy variados; a Marlow (capitán de barco inglés, protagonista) y a Conrad (que se vale de él para convertir en ficción su historia personal) les empujaba la esplendorosa pasión de explorar los espacios vírgenes de la tierra. No hay lugar más tentador que el que los cartógrafos dejan en blanco, de modo que cogí el libro ávidamente; agité la hebra sobre él, como si señalase un lugar en un mapa, y pensé, “¡Allá voy!”
Para mí, ya habría sido bastante aventura con que un marinero intrépido me contase un episodio importante de su vida en la cubierta de un barco, a la luz de las estrellas. Diréis que soy una persona de lo más impropia para ir hasta el fin del mundo (la misión de las mujeres era quedarse esperando); sin embargo, me embarqué. Hice bien, ¿verdad que sí? Sí...i-i-i-i, Conrad es un maestro de la descripción, que es lo que yo necesitaba para descubrir aquella tierra anárquica: palabras justas, sí, pero también el lujo de detalles y de dudas de quienes hablan desde el corazón y desde la experiencia. Su prosa es tan expresiva, que aún puedo oír cómo su voz va y viene por los meandros de la memoria; y, cuando los sentimientos ahogan sus palabras, cómo se detiene a dar su opinión (a través de Marlow). A mí me hacía pensar en un abuelo que me estuviese contando sus batallas con el rostro encendido y gestos viscerales, en ese momento en que ya no hay quien le calle.

Pero la voz del autor polaco (que escribía en lengua inglesa) no era la única que hacía que vibrasen en mis manos las agujas de hacer punto. En mi salón también se oían sus personajes, en planos distintos. Porque en esta novela-barco hay otro barco ─un yate─; otro río que el literario ─el Támesis─, y otra cubierta en la que otro marinero (narrador que, como yo, cuenta lo que le han contado) relata la crónica que Marlow (principal narrador) les hace a sus marineros de otro viaje anterior (el que os estoy contando a vosotros), al mando de otro barco ─un pequeño vapor─, por otro río ─el Congo─, para relevar a un agente comercial del interior enfermo, el señor Kurtz (que, según le contarían a Marlow voces de muy distinta procedencia, tenía a todos embrujados con su voz y su elocuencia)…

Como veis, me eché la madeja al hombro y me rendí al hechizo de la historia de Marlow, el gran caballero errante del mar que me acompañó a ver qué se estaba tejiendo en la selva. El libro se cerró sobre mí igual que el mar se cierra sobre un buzo; perdí el hilo de todo lo exterior, y emprendí la travesía a lo largo de una costa rectilínea que anunciaba (con cañonazos a la maleza) que, en adelante, no habría regla capaz de trazar nuestra ruta simbólica (de la Estación Central a la Interior). También los efectos luminosos (de la puesta de sol de un estuario apacible a la iluminación espectral de la luna africana) predecían que acabaríamos en un lugar más negro que mi ovillo de lana.

“No estés demasiado segura de que vas a volver”, me avisó Marlow. “Puedes ahogarte en el oleaje antes de llegar al río o, si llegamos, quedar para siempre atrapada en las enredaderas de la selva. ¿Miedo? Otro de los peligros que corremos es el miedo que nos tienen los nativos. Venimos de otro mundo, como demonios flácidos, a robarles el marfil, la salud, la libertad… Nuestro vapor les parece un demonio de rabo terrible, aunque esté más cascado que La Reina de África. Insisto: si no te alejas cuanto antes de este cascarón de nuez, te expones a que pinchen tu cabeza en una estaca”.

Eso me advirtió Marlow, y yo me veo en la obligación de advertíroslo a vosotros. El ambiente es terriblemente agresivo. No solo hay que vigilar a los nativos: también a los europeos que han venido a establecer estaciones comerciales. Buena cuadrilla. Aunque dicen formar parte de una empresa filantrópica, han venido a hacer dinero. No tienen osadía ni audacia ni valor, pero ¡ay de quien ponga en peligro sus porcentajes!

Por tanto, si seguís adelante en lo de vuestro encuentro con la selva, insisto: ¿Sabéis lo que estáis haciendo? Tened en cuenta que llegaréis al más remoto lugar navegable. La incomprensión de lo que veáis os angustiará. Os asustaréis hasta del silencio; un silencio que os hará sospechar que estáis sordos. Os encontraréis terriblemente solos frente a una Naturaleza que os tomará por intrusos y tratará de manteneros alejados. Se necesita un esfuerzo evidente de intrepidez, mucha precaución, una salud de hierro y una fuerza infinita de carácter para aguantar este tipo de vida: remontar un río que, en ocasiones, habrá que ir adivinando; alimentar la caldera; vigilar la sonda, y vendar los escapes del tembloroso vapor de hojalata en un lugar en que, en vez de farmacias y ferreterías, hay feroces ojos blancos brillando entre la maleza y caníbales chapoteando a vuestro alrededor. A veces, los barcos vuelcan, y ya sabéis cómo funciona lo de ser vagabundo en tierra prehistórica: poblados deseosos de hacer con vosotros su carnicería; poco que comer; demasiado calor; mosquitos que apuñalan; una bruma que estalla en alaridos, y una infinidad de enfermedades nuevas.

A mí, como veis, no me han enterrado. La manera en que Conrad estructuró la aventura (una caja dentro de otra) me invitaba a seguir en el río, cada vez más adentro y cada vez más ansiosa por encontrarme con el señor Kurtz (cuestión de oír hablar de él esporádicamente, supongo)... Aunque hasta ahora sólo era una sombra, tenía fascinados a todos por ahí arriba. Yo, la verdad, no confiaba en que fuera un genio universal; más bien, debía de tener ─como la selva─ apariencias espléndidas y múltiples. Su talento era un enigma que cada cual resolvía a su manera. Para los jefes de las tribus el señor Kurtz era una deidad; para la “Sociedad Internacional para la Supresión de Costumbres Salvajes”, un exterminador, y así sucesivamente. Para los comerciantes, un agente de primera; para los altruistas, un emisario de la compasión; para los buscadores de tesoros, una montaña de marfil; para los soñadores, poesía pura; para su prometida, un montón de promesas… ¿Por qué no podían resistirse al encanto de un tipo que, a mí, me parecía mezquino, infantil y atormentado? “¡Al cuerno con Kurtz!”, escribí en mi cuaderno. “Hasta donde a mí se me alcanza, es un pillo violento, decidido a comerse al mundo vivo. Ególatra. Saqueador. Hechicero. Asesino cuando se le antoja. Terrorista que, con sus atrocidades, sólo busca que le recuerden y reconozcan su talento”.
Curiosa aquella sensación que me sobrevino días después, durante nuestro encuentro, de que el mal no está en la maleza, sino escondido ─afortunadamente─ en los enmarañados laberintos de nuestra tenebrosa jungla interna, ¿entendéis esto? Yo lo comprendí cuando él se acercó a mí y me preguntó si era el protagonista de lo que escribía. Escondí mi cuaderno y exclamé, casi en trance: “¡Caramba! ¡Es usted un encantador de serpientes!”. Le observaba pensativa, como si la hierba que nos rodeaba se hubiera convertido, de repente, en pasto para el pensamiento; un pasto más peligroso que la verdadera hierba. “¡Qué personaje tan fascinante! ─parpadeé─. Soñaré con usted durante años”. El señor Kurtz me escrutó con aquel aire suyo de conocimiento oculto, y susurró: “Es su obligación hacer saber en el lugar adecuado que, en vez de corazón, tengo un tambor de la selva”.

De repente, lo vi todo claro: Kurtz simbolizaba la fusión de las tinieblas de la selva con la oscuridad interior del ser humano. Su corazón era la última caja que mencioné, y sólo contenía lo que antes la había envuelto: lo más oscuro y horrendo del entorno. El jefe la Estación Interior se había adentrado en un paraje donde la tierra húmeda se corrompe y germina, y se había corrompido él. Os lo digo: muy triste. Porque, no, quizás nadie se entere del mal que hagamos tras una cortina de árboles, pero, palabra de honor, el horror que causemos, se nos quedará dentro. Ése era el tema: la prueba de carácter a que nos somete el aislamiento. Como sugería el grumete de “King Kong”, el verdadero riesgo no se corre fuera, sino en lo más hondo del aventurero. Según Marlow no hay peligro mayor: a las tinieblas hay que enfrentarse a ciegas.

Como ciega salí yo de “El corazón de las tinieblas”; deslumbrada por la niebla luminosa que deja en el corazón. Regresé desde la selva hasta la noche londinense en la que comencé mi travesía y, de ahí, a la noche de Madrid… Bueno, ya, a la mañana: leyendo, me había olvidado del sueño. Las agujas estaban quietas en mi mano, como si las hubiera paralizado un rayo. La bufanda, que se me deslizó por el hombro y se enroscó en mi regazo, me dio tal susto, que la arrojé al suelo. Cuando me levanté para pisotearla, sentí el vértigo de los marinos tras una larga travesía. Ese pie ya estaba en mi salón, pero el otro flotaba en el aire, aún sobre el umbral de lo invisible. Semanas después, cuando consolé a mi imaginación, recordé la promesa que le hice a Kurtz; recuperé el cuaderno de bitácora, y garabateé con mi letra insegura, al dictado de Conrad, estas tres apretadas páginas... Ignoro si os serán útiles; pero, ¿qué podéis esperar de una mujer que la emprende a puntapiés con su bufanda? Convenceros de que leáis el libro sería ir más allá de mi poder de intromisión; solamente os diré que, si no lo hacéis, os perderéis todo lo que yo he aprendido en la corriente mágica de sus frases. Si, por el contrario, os decidís por embarcar (es vuestro inestimable privilegio), de nada sirve que os diga que pocos vuelven intactos del interior de sí mismos. Aquí os dejo leña para la caldera. Cuidaros bien de no arañar el fondo y procurad que el “horror” no sea vuestra última palabra.

sábado, 15 de enero de 2011

Lo último (y lo primero) en lectura: el LIBRO

Hace unos días, estuve curioseando en la biblioteca del CEIP San Miguel, de Pedrezuela, una localidad situada al norte de la Comunidad de Madrid. Supongo que curiosear es lo primero que debes hacer en una biblioteca; lo segundo, descubrir cuál de sus libros es el que te está llamando.

De aquella incursión mía por las estanterías (virtuales) de las que hablo, una de las cosas que yo descubrí fue el interés del colegio San Miguel para acercar a los niños y niñas a la literatura y para animarles a leer. En el
blog de su biblioteca, junto a otros contenidos vistosos, divertidos y orientadores, encontré el libro en particular que me estaba llamando a mí aquella mañana (ya lo comentaré) y otro libro más, el LIBRO en general, que los contiene a todos (y que comento hoy).

El LIBRO en general apareció de pronto en el interior del vídeo “¿Conoces el BOOK?”, un proyecto de la librería online Popular Libros, junto a creadores independientes, para promover la literatura en la red a través de la Web Leer está de moda.

Aunque la idea de este vídeo no es nueva (está inspirada, al parecer, en un texto original de R.J. Heathorn escrito en 1962), sí es nueva para mí. Cuando la descubrí en aquella biblioteca, me sorprendió por su ocurrencia y su sentido del humor, puesto que presenta al LIBRO como una revolucionaria innovación tecnológica (dispositivo de conocimiento bio-óptico organizado) precursora de una nueva ola de entretenimiento.

“¿Conoces el BOOK?” muestra las ventajas del LIBRO frente a los soportes digitales valiéndose de la jerga que se usaría para promocionar un avance en el mundo de la Informática (por lo que le da al “producto” su nombre inglés, BOOK). El LIBRO es compacto, portátil, duradero, asequible, entretenido… sin cables, sin circuitos eléctricos, sin batería, sin necesidad de conexión ni de recarga, sin exigencias especiales de espacio, sin restricciones de tiempo, sin quedarse colgado por sobrecargas ni necesitar nunca ser reiniciado…

Dejaré enlaces abajo, para que puedas ver el vídeo; pero, antes, puesto que se trata de leer, transcribo lo referente al FUNCIONAMIENTO del LIBRO, para que puedas leerlo.

Así es como funciona:

  • BOOK está construido con hojas de papel NUMERADAS SECUENCIALMENTE; cada una de las cuales es capaz de almacenar miles de bits de información.
  • Cada página es ESCANEADA ÓPTICAMENTE; registrando la información, directamente, tu cerebro.
  • Una simple SACUDIDA DE DEDO nos lleva a la siguiente página.
  • Las hojas se mantienen unidas mediante un dispositivo de cosido llamado CARPETA, que las mantiene en su orden correcto.
  • Gracias a la tecnología de PAPEL OPACO, los fabricantes pueden usar ambas caras, duplicando la información y reduciendo costes.
  • La mayoría de los BOOKs incluyen una función de ÍNDICE, que señala la localización exacta de cualquier información seleccionada para su inmediata recuperación.
  • El accesorio opcional MARCAPÁGINAS permite abrir el BOOK en el punto exacto en el que fue dejado la sesión previa; incluso, si el BOOK se ha cerrado.
  • Los marcapáginas se ajustan a ESTÁNDARES INTERNACIONALES; de manera que un mismo marcapáginas puede ser usado en BOOK de diferentes fabricantes. A la inversa, diversos marcapáginas pueden ser usados en un mismo BOOK si el usuario desea almacenar diversas búsquedas a la vez.
  • También es posible hacer notas personales junto a las entradas de texto de BOOK mediante una sencilla herramienta de programación: el LAPICERO.
  • El dispositivo MANOS LIBRES, también conocido como atril, permite la correcta colocación de BOOK, para su correcta lectura, sin necesidad de usar las manos. Si necesitas pasar la página, una simple sacudida de dedo es suficiente…
Puedes ver “¿Conoces el BOOK?” en
youtube o en Leer está de moda. Después, si realmente descubres el LIBRO en este vídeo, puedes COMPAGINARLO con el ordenador y leer un rato: no son incompatibles… en corriente alterna. Porque la mayor verdad de esta promoción es que el LIBRO es una experiencia que transforma tu manera de entender el mundo. Cada libro que abras abrirá en tu mente una VENTANA nueva.

martes, 4 de enero de 2011

Carta a los Reyes Malos

Queridos Reyes Malos:

Ya que nunca se os manchan las manos (os las laváis bien), os escribo esta carta (ilustrada con el Post de Luis Gil “Cómo producir barato en la economía global”) con el deseo de que, por lo menos, se os tizne la conciencia por echarles carbón a los niños y amarguras a todo el género humano.

Esto es lo que les pido yo a los Reyes Magos (a los buenos): no que os echen carbón a vosotros, sino que os quiten de las manos el que acaparáis, y el gas natural, y el petróleo, y el dinero, y los regalos, y el respeto de la gente a la que esclavizáis, y el apoyo de todos los dignatarios indignos que se retratan apretándoos con codicia vuestras codiciosas manos… En fin, les pido que no os echen personas, para que sigáis jugando con ellas, sino alguna otra cosa que sí tenga repuesto.

Como dice Serrat, entre vosotros y yo hay algo personal; así pues, como yo no sé cantarlo, y sólo por aclarar un poco las cosas, les pediré a los Reyes Buenos (si hay alguno) que intenten distinguirse de los Reyes de vuestra ralea; es decir, de los que esclavizáis a los niños, os enriquecéis a costa de unos pueblos que no os han elegido libremente (aunque, a veces, por obra y gracia de ciertos estados, más o menos unidos, lo parezca), matáis de hambre a vuestra gente (que resulta que nos es vuestra) y, mintiendo con una pasmosa naturalidad, les robáis a los hombres y a las mujeres el pan, la sal y el humano derecho de seguir siendo humanos.

Que no se moleste nadie, pero les pediré a los Reyes Magos que hagan magia, a ver si os echan de comer aparte; logran que os deis cuenta de que aquí no hay Dios que os necesite, y consiguen que este mundo que vosotros creéis que es vuestro se os escape entre los dedos, como arena… y os destierre. Sois tantos y tan ricos que, dondequiera que sea que os vayáis a cagar, os lo pasaréis de miedo viendo a ver quién la tiene más grande.

[“Cómo producir barato en la economía global”, Luis Gil]

Y, ahora, os dejo para escribir mi carta. Mientras tanto, vuestros pajes os podrán ir leyendo esta otra carta abierta, en la que el escritor Fernando Gamboa (Barcelona, 1970) habla del dictador de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang. Os gustará: al parecer, es uno de los vuestros.