lunes, 1 de diciembre de 2008

“1.280 almas”, Jim Thompson

1280 almas” es considerada una de las mejores novelas policíacas de todos los tiempos; y su autor, Jim Thompson (Anadarko, Oklahoma, 1906 - Huntington Beach, California, 1977), uno de los más grandes novelistas del género negro (al lado de Dashiell Hammett y Raymond Chandler).


El protagonista, Nick Corey, es el jefe de policía de Potts County, un municipio sureño de 1280 habitantes. Nick se hace pasar por tonto pero, en realidad, es desalmado, cínico y muy inteligente. Su objetivo es seguir siendo comisario. Ante la proximidad de las elecciones, decide “limpiar” el pueblo de quienes ponen su puesto en peligro.

Jim Thompson escribió también “Noche salvaje”, “Libertad condicional”, “Los timadores” (adaptada al cine por Stephen Frears), “La huida” (Sam Peckinpah), “El asesino dentro de mí”, “Ciudad violenta”, “Una chica de buen ver”, “Los transgresores”, “Tierra sucia” (o “Una cabaña en el sur”), “La sangre de los King”, “Texas”, “Al sur del paraíso”, “Una mujer endemoniada”, “Los alcohólicos”, “El criminal”, “Un cuchillo en la mirada”, etc.

Como guionista cinematográfico, realizó el guión de “Atraco perfecto” (Stanley Kubrick) y colaboró en “Senderos de gloria”.
_________________________________________________________________________LA JUSTICIA DE NICK COREY─No te atrevas a camelarme, Nick Corey ─le digo al protagonista, en cuanto abro el libro.

Porque Nick Corey se mete en un amorío antes de saber lo que está pasando. Tiene tías como para quitárselas de encima a hostias. Es su cruz, por ser tan buen partido. Es el jefe de policía de Potts County. Gana al año casi dos mil dólares, sin mencionar los pellizcos que saca de paso.

Yo pienso bien de las personas, mientras puedo, pero os diré algo de Nick: si ese cabrón hijo puta apareciera por mi habitación, lo estrellaría contra la pared y lo sacaría a guantazos. Pero está en una novela, un buen sitio para no andarse con ceremonias. Lo que quiero decir, ¡qué narices!, es que una cosa es la persona y otra el personaje. Si hablamos de ficción, no hay nadie como Nick. Así que voy, y me digo: “Carmen, Carmen Montalbán, no te importe que se rasque las pelotas mientras siga estando sólo en el papel, y lee”.

En las primeras páginas, no parece mala gente. Se mete en la cama con la colcha vuelta, para no ensuciarla con las botas. En público, se comporta tan amablemente como se pueda comportar un tipo. Siempre lo veréis dispuesto a hacer un favor, por poco dinero. No es entrometido: sólo detiene a la gente cuando no hay más remedio ─y si el malhechor es un don nadie─. Se pregunta qué mierda debe hacer; y, aunque no encontraría su cabeza ni colgándole un cencerro, acaba dando en el clavo.

Pero, ¡la leche jodía!, aunque Nick no parezca brillante, tiene luces suficientes como para darse cuenta de que la gente no está satisfecha con él, como comisario. Eso es lo que le tiene preocupado. Porque ser comisario es lo único que ha hecho en su vida. Anda desquiciado sólo de pensar que, tras las elecciones, podría dejar de serlo. Esa es la razón de que no pegue ojo; sólo 8 ó 9 horas y alguna que otra siesta después de comer. Pero qué digo comer. Tan preocupado está, que ni rebaña el plato. Un desayuno puede consistir, a penas, en unos huevos con jamón, menudillos con salsa, siete u ocho bizcochos, una tarrina de melocotón con nata y unas pocas tazas de café.

─Bien ─digo en voz alta─, quieres seguir siendo la mayor autoridad jurídica de Potts County… Entonces, ¿a qué esperas, pedazo de adoquín, para hacer tu trabajo? Que me condenen si, en lo que llevo leído, te he visto hacer algo por ganarte el sueldo.

─Vivir para ver ─se burla─. Una tía que lee. Mi padre también era de ésos.

─No escurras el bulto. ¿Qué programa tienes?

Nick nunca ha tenido programa, como tampoco ha tenido nunca convicciones fuertes. ¿Pero creéis que le va a ganar el otro? Eso ni lo penséis. Bastará con levantar unos cuantos rumorcillos… Y, en cuanto a los demás contribuyentes… habrá que hacer algo sonado. Me temo que va a haber jaleo.

Cada noche, cuando abro el libro y me pregunto qué es lo que hará hoy el bueno de Nick, se me ponen los ojos como platos. Nick es cosa seria. Al revés que su oponente, él sí violaría a una niña de color, robaría la dentadura de oro de su abuela, mataría a su padre a palos, robaría sus ahorros a una viuda, y echaría a su mujer a los cerdos.

En cuanto a mí, quiero escapar de él y no puedo. No me extraña, mira por dónde, porque lo estoy pasando en grande. Pierdo el culo por que le pillen, pero leo. Rabio de ganas. Me he zampado medio libro.

¿Que dos macarras le ponen motes, le gastan bromas y le empujan al agua por premeditada casualidad, sin guardarle respeto? Pues el cuco de Nick hará algo. Algo tajante. Posiblemente, cepillárselos; por casualidad premeditada. ¿Que hay que cargarle los muertos a otro? Bien merecido se lo tendrá. Ya sabéis cómo es Nick cuando la toma con alguien. Por seguir siendo comisario, ocasiona mil estropicios. Es una carnicería acojonante. ¡Cómo me gustaría que hubiera conmigo alguno de Pottsville que me hiciera de testigo! ¿Quedará algún alma por allí?

Así que, ya, a la noche, estoy tan en vilo, que me siento en la cama, más bien, sobre la rabadilla. Abro el libro y se lo digo. Le digo:

─Nick, no me das miedo, aunque puede que sea mejor que me lo des… Eres un asesino, aparte de un jodido cobarde.

Él no dice que yo sea una mentirosa, porque no sería educado. Lo único que dice es:

─Joder, vaya forma de estar en la cama con una mujer. Ya somos casi íntimos, ¿no se te ocurre otra cosa que discutir sobre asesinatos?

Camino ya del punto culminante, la situación es condenadamente lamentable. Jim Thompson me tiene en ascuas, ya me entendéis. Su historieta es realmente sabrosa. Ladeo el culo de vez en cuando, para estar cómoda, y leo toda la santa noche; tan frenéticamente como puedo leer. Llego a la última hoja entre pedorreos de truenos y la hostia de relámpagos; luego, me dejo caer sobre los almohadones y descanso, que buena falta me hace.

Estoy la mar de impresionada. Batiría palmas si tuviera fuerzas, pero apenas puedo mover un dedo. Me quedo tumbada un rato, sin hacer nada en particular, tan solo calentándome los cascos. Un tío como Nick matando a otros, ¿os lo imagináis? Yo todavía estoy en ello cuando oigo un gallo tonto y unos pasos precavidos. A estas horas, nadie honrado. Efectivamente, es Nick. Y se acerca de puntillas. Me ha pillado con el libro. Que me cuelguen si no tiemblo.

─Sólo estaba viendo las estampas ─me disculpo. Luego le pregunto qué hostias hace aquí─. Habíamos hecho el trato de que no aparecieras. Vamos, joder, ahueca. Tramposo, miserable, desgraciado, marrullero, podrido, cabrón, bastardo. Hijo de…


─Creo que será mejor que te domines, querida, o acabarás por decir algo feo.

Si me lo propongo, le planto cara a un lince, pero Nick ha cambiado. Ahora imparte justicia divina. El espíritu lo habita. O sea, que no le funciona el tarro. Va a ser peor de lo que imaginaba. Si sé lo que me conviene, no debería ponerle de vuelta y media.

─¿Piensas que voy a permitir que un chulo putas gane las elecciones y siga haciendo cabronadas, valiéndose de chanchullos, bebiendo güisqui, jodiendo con tías y yendo a la iglesia como si fuera un tipo respetable? Estás pero que muy equivocado.

Los ojos de Nick sufren un calambre. Dios mío, ¿para qué habré hablado? He meado fuera del tiesto. Tonta de mí. Antes de que me dé cuenta, habrá sacado el pistolón y me habrá destrozado la boca respondona. Nick no es de los que quedan empatados. Me mandará al infierno sin pestañear. Con las elecciones a la vuelta de la esquina, creo que está poco menos que obligado.

─¿Te vas o no? ─pregunto, petrificada─. No le diré nada a nadie.

Me cago en la leche, Nick me palmea la espalda. Supongo que ha tomado ya una decisión acerca de mí. Sus ojos rezuman fuego. Pero no le daré ninguna oportunidad. Me pondré farruca. Pediré socorro. Chillaré como un becerro en una tormenta de granizo. Armaré un alboroto de mil diablos. A lo mejor, si lloriqueo…

─Buenas noches, gentil dama ─me dice, como diciendo: “Donde las dan, las toman”.

Lanzo una sonrisa patética. Sé que voy a palmarla. Ya me estaba esperando algo así. Nick me lo confirma bien confirmado. Me deja tan vacía como una flauta; por casualidad premeditada. Con una de las balas entre los ojos, le veo asomarse a ver las estrellas. ¡Sensible el tipo! En el aire flota el olor de la tierra limpia. Salvo mis tripas, todo es hermoso.

─No hay otro como tú, Nick Corey ─jadeo─. Bueno, espero que no...

Nick me mira un rato. Recrearse contemplando a la gente en apuros es parte de su trabajo. Luego me da una palmada en el culo, por costumbre, y se aleja con sus tribulaciones, tan cabizbajo como un simple mortal.
─¡Hala!, sigue restándole almas al mundo. Dios sabe que tienes motivos de sobra. No dejes a nadie que ponga en peligro tu puesto de comisario.

1 comentario:

otraprofe?? dijo...

¡¡Tu texto es genial!! Ya me apetece leerlo.
Saludos.