martes, 18 de mayo de 2010

PARA JAVIER ORTIZ: ELEGÍA – PENDIENTE… DE CEREZAS

Mi querido amigo Javier Ortiz:

El viernes 30 de abril se celebró en San Sebastián un homenaje en tu honor; homenaje que casi coincidía con el aniversario de tu muerte.

De izquierda a derecha, tu querida hija Ane, tu amada Charo, María Jesús Aramburu, Rafaela Romero y Mariano Ferrer. Foto: Carmen Montalbán
El 28 de abril del año pasado te marchaste a empezar otra partida. Me quejé ─¿no te acuerdas?─ de que no hubieses dejado escrita tu elegía como dejaste escrito tu obituario. Pues bien, un año después, me pasa lo mismo. Desde el día de tu homenaje, ando con la locura en la cabeza: si escribo o si no escribo; si recuerdo o no recuerdo. Ya no sé si me explico. Tú me conoces: nunca tengo tiempo para andar con prisas y mis plumas de níquel vuelan muy despacio. Cuando quise darme cuenta, los días se habían ido sin que tú vinieras a azuzar mi agenda, como hacías las vísperas de los cumpleaños. Eso no volverá a ser. Además, estaba esa otra memoria, que apuñala. Tú eres, todavía, una herida abierta; y, yo, a veces, me callo. No quiero repetir lo que está dicho. Sólo que mi silencio, esta vez, era pura elegía y me tenía vencida, sin vencerme. Más fácil habría sido permitir que mi voz saliera al aire libre, pero ese cuerpo tuyo iba por ahí, sin sombra todavía, y te juro que yo no sabía qué hacer. ¿Tenía derecho a asaltar tu insustancial Jamaica con un ímpetu mío en carne y hueso? ¿Hasta dónde me agradecerías el empleo de la nostalgia? ¿Iba a dejarte a gusto recibir una carta, como ésta, sin despedida?, ¿o sería, para ti, como un zarpazo?

¡Cuánta presión, la hostia!


Los amigos de la mesa. De izquierda a derecha, mi admirado escritor Rafael Chirbes, la magistrado Garbiñe Biurrun, la actriz y activista Arantxa Gurmendi, el coordinador de tu Web, Mikel Iturria, el blogger y periodista Ignacio escolar, y el periodista Mariano Ferrer. Foto: Carmen Montalbán
Como ves, aquí estoy. Todo sea por la causa… de contar. Piedra que rueda no crea musgo, como decías tú mismo. Palabra muerta, palabra perdida. ¿Hay que hablar?, pues a ello. ¡El olvido o la vida! Así es. Así fue. Y, si esto es un asalto, lo es a mano amada. Lentamente, me pongo a recordar, pero es para sentirte de este lado; para que tú regreses cuando quieras por el quicio-resquicio de esta canción de amiga. Ahora que estoy poética en mi blog, aprovecho y construyo, en canto y alma, una crónica-elegía que es medio-medio mía, pues manoseo palabras-testimonios de Ángel González, Blas de Otero, Bernardo Atxaga, Jabier Muguruza y Jesús Cutillas, que tanto te gustaban. Te gustan. Te gustaron.
La sala del centro Koldo Mitxelena estaba repleta. El bulto negro de la derecha corresponde al final de una hilera de gente de pie que recorre, a este lado, la sala entera

La mesa redonda organizada detrás de tu figura se celebró en el Centro Koldo Mitxelena y fue conducida por Mariano Ferrer. La sala estaba repleta Yo andaba por el patio de butacas, incordiando con mi cámara a los sentados y a los de a pie; ya sabes lo pesada que me pongo con la idea de volver de mis viajes cargada de historias mejor o peor fotografiadas. Mientras yo iba mirando lo que había, los amigos sentados a la mesa te colgaron coronas y medallas sinceras, merecidas.

Hablaron de los cuarenta años o más que trabajaste en el periodismo, con una voz que era capaz de hacer callar a cualquiera. Hablaron de tu insomne pensamiento; de tus posturas mantenidas; de tus palabras, siempre brillantes; de tus escritos comprometidos; de la honda realidad que descubrías; y de las anchas sílabas de tus verdades. Hablaron de tu juventud; de tus utopías; de tu vida, esa vida que la vida le quitó; de los filetes que cazabas con anzuelo y de otros muchos resabios.


Charo y Ane escuchando a Angel Unzu (guitarra) y Jabier Muguruza (voz y acordeón) Foto: Carmen Montalbán
Todos habían empezado tristones, imagina. Venían como sin pulso y sin aliento, porque ya, sobre ti, nada es ahora. Hasta que miraron el retrato tuyo que había detrás de ellos y delante del público ─nosotros─; esa fotografía en la que sonríes (de lejos) con no sé qué luz (de dentro). Relucías, risueño, como si tuvieras un mirlo burlón debajo de la piel. Al final, hablando de tu sentido del humor, también salieron a la luz tus chistes malos. Hubo unas carcajadas, ¡cómo no! O una sola, crecida. De repente, nos sentimos tan felices con tus gracias, que no parecía grave ni que te hubieras muerto.


La alegría de la huerta, como diría Muguruza. Entre él y tú, Rafael Chirbes, Garbiñe Biurrun, Arantxa Gurmendi y Mikel Iturria. Foto: Carmen Montalbán
Acompañado por la guitarra de Angel Unzu ─y por su propio acordeón─, Jabier Muguruza interpretó dos breves canciones para tu biografía: “Bizitza, Bizitza da” ─“La vida es la vida”─ y “Maite Zaitut, ez” ─“Te quiero, no”─ (no lo traduzco para ti, sino para mí misma y para los amigos de este blog que no sepan euskera). No entendí la letra (salvo antes, recitada, en la traducción), pero me gustó verme hundida en el mar de esa música de acordes serenos. Y a los demás también. Hubo muchos aplausos.
“Mar de música”. Foto: Carmen Montalbán

Luego, cuando Jesús Cutillas nos envió tu voz envuelta en un pañuelo y volvimos a oír en el aire tus implacables labios silenciosos, se nos volvió a ensanchar el desamparo y volvimos a estremecernos.

También te vimos, te sentimos y te bebimos esa noche, en la cafetería donde cenamos.



“Cena en Caravanserai”. Foto: Carmen Montalbán
Al día siguiente, sábado 1 de mayo, más de cincuenta de tus amigos de ahora y de siempre (a los que lanzo un beso desde aquí) subimos al monte Larrun en el tren cremallera. Lo llenamos. Tú habías subido en la época franquista, sólo que ibas a pie, para pasar a Francia. ¡Qué precioso ascenso sobre aquellos valles que exhalaban niebla!


“Tren a Larrun”. Foto: Carmen Montalbán
Cumpliendo tus disposiciones, parte de tus cenizas quedaron ahí aquel increíble día, en la frontera de un espacio sin fronteras; volando sobre el cielo del revés de esos abismos infinitos. La primavera avanzaba, pero el relente daba escalofríos. Eduardo Poncela restregó contra el aire las palabras de “El tiempo de las cerezas”. Te hiciste una foto al lado de la tumba del autor, Jean-Baptiste Clément, ¿te acuerdas? Ya entonces, pensabas que él tenía razón: el tiempo de las cerezas que todos guardamos en el corazón es muy, pero que muy corto. Oírselo recitar a Eduardo nos dejó el color cereza en el borde de los labios y el silencio, como un pendiente, en las orejas. Hubo, también, un txistu que tocaba en lo alto de la montaña, inconsolablemente, a empujones de aquella brisa fugitiva. En ese duro instante, a algunos nos quedó señal de haber llorado, pero el charco del suelo no era un charco de lágrimas; es que Ane, tu hija, te echó vino, barranco abajo, para que también tú brindases con nosotros. Gildas, perdónanos, sólo te dejamos una. Ane la lanzó al vacío en aquel silencio breve que rompería, en seguida, un mirlo burlón. La vida, ya lo sabes, es la vida.


“Polvo y niebla”. Foto: Carmen Montalbán Quisiera darte un beso, un beso que se llora; pero ya te lo dije: hoy, yo, no me despido.

2 comentarios:

Mayte Mendia dijo...

Gracias, Carmen, por el recuento de la jornada o jornadas homenaje. Los que no tuvimos el privilegio de conocer a Javier en persona pero lo seguíamos a través de sus escritos --que es conocerlo bastante, puesto que no era precisamente un escritor que tuviera pelos en la lengua-- también estuvimos ahí aunque haya sido en espíritu. Tu generosa descripción nos hace sentir como si también hubiésemos estado ahí en persona.

raúl dijo...

Querida Carmen, como amigo de Javier y tuyo, me es difícil ser objetivo a la hora de hacer cualquier comentario. Simplemente señalar que me identifico plenamente con lo que dices por haberlo vivido como tú también lo sientes. Fueron unos dias tremendamente emotivos que, como no cabía esperar de otro modo, has sabido plasmar como se merecía. Un beso para tí y un recuerdo cargado de añoranzas por nuestro amigo.